FECISO 2011: La Muerte de Pinochet o El agotamiento del sentir
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El sábado 7 de mayo de 2011, con un carismático hip hopero como maestro de ceremonias se dio inicio a la penúltima jornada del 7º Festival de Cine Social y Antisocial. En esta ocasión se dio cita en la plaza ubicada en las calles VI de Línea con Los Naranjos (Población El Castillo de la Pintana). A eso de las 21:30 luego de la poesía de Juan Carreño y la música de Plexus, frente a un telón de 4×6 metros aprox, comenzó el visionado de la esperadísima La Muerte de Pinochet, cuyo estreno comercial en salas es recién para septiembre de este 2011.

Lo primero, que en realidad debería ser la conclusión, es que el retrato de los  personajes me provocó mucha lastima, casi misericordia. Personajes estancados, imposibilitados a superar nada y dispuestos a regurgitar de su cuerpo, ponzoñosamente preñado de dolores legítimos y reflexiones cortas: su amargo desdén apático que se niega a evolucionar.

El documental es sostenido por 4 personajes, cada uno con una cobertura visual en común pero desde sus propias realidades y percepciones respecto a la figura de Pinochet y la importancia, o no, de éste en sus vidas. Por otro lado accedemos a la vertiginosa respuesta de detractores y fanáticos acérrimos al occiso el mismo día de su multivalente deceso. De aquí solo brota saliva a borbotones, tufos contagiosos y desfiguración a raudales, todo esto acentuado por los primerísimos primeros planos de la cobertura. Mas que narrativo, que si lo es, el trabajo se plantea como una gran orgía de sensaciones y atmósferas pulcramente observadas, aliñadas por la siempre presente voz en off de los retratados.

Puede parecer una obviedad, pero La Muerte de Pinochet, tanto como película o como evento es un exhorto, una oportunidad para la evacuación sistemática de tensiones, pasiones y efusiones con desenfreno casi ritual. Es un acto catártico que todo ciudadano de a pie aprovecharía para su propia purificación y de paso para transmitirle al mundo su doliente razón de ser, su identidad, su verdadero corpus ideológico vivamente presente a pesar del triunfo de la muerte (material). Y esto nos lleva a afirmar que razonablemente nadie puede asumir el sin-sentido de su causa, pues seria una negación radical a una existencia construida a partir de las convicciones y proyectos que giraron en función a tal causa.

Hay algo que me resuena sin cesar luego de ver La Muerte de Pinochet, y es, la tremenda distancia que siento frente a los personajes. Y no me refiero a que no me identifiqué con alguno de ellos en su estado de ánimo o sus elucubraciones, en rigor no lo hice, pero más aun la distancia vino a ser de “lógica”. Y es que no encontré por ningún lado una posibilidad de acceder a su funcionamiento mental, a su análisis y a su emotividad visceral. De esta forma puedo asumir que con está lógica es muy difícil que cualquiera no pierda las casillas con tal de preservar, al menos de la boca para afuera, una identidad…por muy degenerada que esta pueda parecer. Ahora, esto se podría comprender por un lado por las vivencias que nos distancian y por la posibilidad de mi generación de acceder a una infinidad de fuentes de información y reflexión, lo que vuelve mucho más intrincado y menos resuelto nuestro poder de convicción y apasionamiento por una causa, pues luego la Historia (con mayúscula) rápidamente se vuelve un acopio de acciones y decisiones delirantes, contradictorias y hasta criminales.

Como epifanía final creo que este cuarteto de energúmenos representan justamente todo lo que ya no queremos (o quiero) ser, o volver a ser como individuos, como sociedad, como entidades pensantes y razonablemente mas maduras y mesuradas que ayer. No hay mas terror que convertirse en lo que uno mas desdeña. Es una aspiración a la que idílicamente no renuncio, a pesar de abrirse también el abanico de los siempre disponibles (nuevos y viejos) vicios y las bajas pasiones que siempre persistirán en el individuo. Vicios que se reinventan en el ser, adoptando formas cada vez mas infames, escurridizas, impunes y complejas.

A excepción de una pareja cincuentona (demasiado) sensible a la mera imagen del dictador y un desarrapado gañán (digno de los retratos arrabalescos de Edwards Bello) pasadísimo de copas que hostigaron constantemente a Bettina Perut y Carolina Adriazola, el público no pifió demasiado durante el visionado y estuvo bastante perceptivo a ver antes que de evacuar alguna odiosidad mal heredada. Tal vez porque el público en su mayoría era sub-25, por lo cual no contaminado (aún) de dolores y triunfos paternales atávicos.

Finalmente creo que lo más poderoso, lo fundamental del documental, es justamente (lo que luego Iván Osnovikoff me contó respecto a la reacción que se tuvo en el BAFICI), que no posea un punto de vista radicalmente “evidente” (partidista o moralizante) respecto a la fauna de reacciones y vivencias que exudan los personajes. Siento que la lógica de cómo está construido el relato es (afortunadamente) coherente a otra (por no decir: nueva) generación que nada tiene que ver con juicios panfletarios y/o partidistas que básicamente repiten como loros los hijos, nietos y/o amigotes de algún bando pretérito. Es un retrato tan amplio en su percepción pero a la vez rebosante de una batería suculenta de ideas que obligan al espectador a reconstruir el relato a partir de su propio acercamiento a la historia (oficial y personal). Es decir un acto de cordura e higiene doctrinal escaso en nuestra mini-filmografía chilena.