“El verano de los peces voladores”: El asunto de la distancia
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marzo de 1972
Santiago, Chile

Marcela Said se ha hecho un importante lugar en el documental nacional desde la teoría cinematográfica de “filmar al enemigo”. Sus documentales I love Pinochet (2001) y Opus Dei, una cruzada silenciosa (2006) son buena muestra de esto. La realizadora se acerca directamente tanto a pinochetistas como a numerarios y les deja hablar, muestra cómo se relacionan y como construyen su mundo, armando –en el montaje- el discurso de la película y dejando al espectador sacar sus propias conclusiones a partir de la construcción de estas narraciones.

Con su tercera película El Mocito (2010) el ejercicio fue aún más intenso. Filmado junto al francés Jean de Certau, la cinta sigue la contemporaneidad de un hombre que un su adolescencia sirvió como mozo en un centro de tortura de la DINA. Mucho menos discursiva que las dos anteriores, El Mocito es significativamente más inquietante, tanto por la complejidad del personaje, como por la propuesta cinematográfica que se arma alrededor de él.

Una mirada crítica a los procesos políticos y a los conflictos sociales es, sin duda, una característica del cine de Marcela Said, de allí también el interés de ver como traduciría estas inquietudes en una película de ficción. Said escoge centrarse en una familia muy adinerada (una de esas 300 podría pensar uno) que posee un importante terreno en la zona mapuche, en donde van a pasar sus vacaciones de verano. La narración se centra en Magdalena, la hija adolescente de la familia y su mirada respecto a su entorno.

A pesar de que el filme tiene méritos como su envidiable reparto –que incluye a Gregory Cohen, María Izquierdo, Bastián Bodanhöffer, Pedro Cayuqueo y Paola Lattus, entre otros- y una muy cuidada puesta en escena, en donde destaca el exquisito trabajo de fotografía de Inti Briones, la distancia que en sus obras anteriores tan bien sirvió a los relatos de Marcela Said, acá puede llegar a producir indiferencia.

Tanto la narración como la cámara no hacen juicios sobre los personajes, ni su contexto. Los observan, los escuchan, los dejan ser. Lo que en el documental funciona a partir del interés que genera lo mostrado, acá más bien enfría la relación con el espectador que se pregunta constantemente cuál es el conflicto de la película. Y claro, conflicto existe, estamos en la zona mapuche ni más ni menos, pero la ambigüedad de los personajes, su poco compromiso respecto a lo que pasa a su alrededor –tanto los pequeños como las grandes temas- termina transformando la película en una postal, más que en un discurso sobre la tremenda realidad que pretende retratar.