«El tío», de Mateo Iribarren
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(2013)
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El tío no es una película biográfica, ni tampoco pretende definir a Jaime Guzmán. Quien llama prejuiciosamente a esta película como infamante e injuriosa (la Fundación Jaime Guzmán y El Mercurio) claramente no ha sabido leer las intenciones de esta película o directamente no la vio. Tampoco, necesariamente, es sólo el retrato de los “exorcismos de los fantasmas” de Ignacio Santa Cruz, el sobrino del asesinado fundador de la UDI, quien obsesivamente busca reencarnarse en él para representarlo en una obra de teatro. Él es quien se cabecea tratando de meterse en su pensamiento, en porqué decía lo que decía, hacía lo que hacía. Él, junto al director Mateo Iribarren y la película, parecen preguntarse: ¿realmente era Dios el que le señalaba el camino y su pensamiento cómplice de la dictadura y sus atropellos? ¿Era la Patria, su sexualidad reprimida, su pensamiento formado en el más radical de los conservadurismos? Todas preguntas sin respuesta, la idea no es definirlo.

Es que esta película, por sobre todo estas cosas, es una búsqueda por retratar el pulso de la creación artística, de cómo en esas lides se entrecruzan constantemente la vida con la ficción. La figura de Jaime Guzmán, y sus consecuencias, es un detonante de esto (y qué detonante), porque, al fin y al cabo, es quien ha definido el cómo Chile debe regirse en estos últimos 30 años. De eso sí que todos en la película están conscientes y sufren o han sufrido por ello.

Pero junto con esto, yendo más al fondo, El tío es una búsqueda por esa respuesta eterna por ver si el arte (y en este el cine que se abre paso a través del teatro) puede arrojar alguna cuota de verdad. La desesperación de los personajes (Iribarren y Santa Cruz), deja entrever que es una búsqueda sin fin y esa angustia (que es quizás la misma que llevó a Guzmán a ser la mano derecha de la dictadura y a armar la Constitución que hasta hoy nos atosiga), es el núcleo del filme.

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Este arrojo y ansias de la película es, sin duda, su aspecto más interesante. Cuando las meditaciones de cómo representar la figura de Guzmán en las tablas se cruzan con escenas donde Santa Cruz se pone el traje y lo caracteriza, la película posee una energía y arrojo que la pone de pie. Como esa escena haciendo clases en la Universidad Católica poco antes de su muerte o la escena final donde la realidad y la ficción se unen notablemente.

Pero también esas ansias la desbocan por caminos donde su verosimilitud y el ejercicio formal tropiezan. Es en la constante figuración de Iribarren (con sus vicios, quiebre amoroso, rabias y tormentos) o en la inestabilidad amorosa de Santa Cruz (algo que nunca deja de aparecer, que no está bien tratado y que no engrosa al personaje), donde la película abusa de una auto condescendencia y se olvida de su motor: Jaime Guzmán.

Hay otras aristas en contra, como sus actuaciones algo impostadas o calculadas que impiden que la docu-ficción se abra paso. Pero sabiendo de estos peros y de un resultado no del todo satisfactorio o redondo, finalmente, esa conciencia cinematográfica por llevarla más allá de lo que dice, por la búsqueda por dibujar sensaciones explorando los límites del lenguaje, la hacen totalmente atendible.