«El sueño de todos»: un carro de la victoria sin garra
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Algún despistado podrá aventurar que existe alguna relación entre Raza Brava, la ópera prima de Hernán Caffiero, y su reciente estreno El sueño de todos, pues en ambos el fútbol aparece como contexto. Sin embargo, nada más alejado de la intención, lenguaje cinematográfico y riesgos expuestos en Raza Brava que la artificialidad de El sueño de todos, un documental que no es tal, que usa al 3D como cazabobos y que rinde pleitesía a la visión de los auspiciadores del negocio futbolero. La marginalidad que se vibraba en el documental sobre un garrero herido, aquí muta en el autobombo de un proceso del que el metraje no exhibe un ápice de crítica. Las ilusiones de que se repitiera el ingenio y la intimidad de un plantel capturada por el notable documental Ojos rojos, se esfuman a los pocos minutos al constatar que enfrentamos un largo spot de partidos que no ofrecen ninguna variante a la que podría proyectar un resumen dominical de goles. El fútbol, como cualquier otro deporte, sigue siendo un enorme desafío para el audiovisual, donde la cancha se puede equiparar con las dimensiones de la pantalla y el ritmo de las jugadas son campo fértil para las audacias en el montaje. Un reto a la imaginación del que si salió con gloria Olympia (1938) de Leni Riefenstahl pues, más allá de la propaganda al régimen nazi, sigue siendo un ejemplo de innovación y arte en el registro deportivo. Clases de cine a las que parece no haber asistido el director del presente estreno, a pesar de que en ambos casos se trata -con las distancia insalvable entre sí- de documentales deportivos.

La aparatosa producción que contó con decenas de cámaras (detrás de los arcos, a la altura de los jugadores en cancha, cerca de la banca técnica, etc.) pero ningún punto de vista, no supo aprovechar la tecnología para ofrecer insinuantes coreografías futboleras, como aquellas vistas en los documentales setenteros sobre la Naranja Mecánica. Ni siquiera la habilidad del montajista José “Pepe” Pérez, logra salvarnos de la abulia que provoca el relato, en la intentona de emocionar con malabarismos en la edición (movimientos congelados, seguidilla de intentos de gol) durante el partido final. No basta con los recursos del montaje -en que se nota se hizo el mayor esfuerzos- para generar sentimientos en una película concebida desde la indulgencia hacia un proceso deportivo que más allá de su éxito postrero, estuvo plagado de situaciones más que controversiales.

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En ese sentido, se manifiesta una paradoja que desnuda el origen contradictorio de la película, el exceso de recursos en relatores, cámaras, efectos 3D (que convierte a los jugadores en personajes de playstation), minutos de partidos versus la ausencia de una idea central  -más allá del recaudo en boleterías- que movilice a la narración. Desde la candidez cuesta entender por qué no se realizó desarrollo dramático alguno, a pesar de cubrir unas eliminatorias repletas de sabrosos incidentes como el “bautizazo” y/o la renuncia de Borghi como DT de la selección. Una de las respuestas a la incógnita, podría constituir que las marcas asociadas al estreno (ANFP, Coca-Cola, entre otras) colaboraron con el filme en la medida que se mantuviese un enfoque aséptico que no fuese material propicio para la polémica o la detracción. Prueba de esta narración esterilizada es el circuito de imágenes que son el núcleo repetitivo del filme: imágenes del túnel antes de que la Roja salga a la cancha, secuencias del partido desde las numerosas cámaras dispuestas, del túnel vuelta a camarines, conferencia de prensa, y nuevamente el ambiente previo al nuevo partido. De osadías visuales como registrar los partidos desde el fuera de cuadro respecto a la pelota, como se vio en Ojos rojos, ni hablar. Aquí, todo es explícito y ajeno a segundas lecturas, como una megapublicidad en pantalla grande. Entre un ciclo y otro se exhiben, imágenes para contextualizar los encuentros deportivos en el extranjero-tal vez las más llamativas del largometraje- pero que no alcanzan a dimensionar la pasión que genera el fútbol en Sudamérica. Tampoco se enfatiza las bochornosas actitudes de jugadores como Vidal (una santa paloma según el filme), Valdivia y compañía, sino que apenas se marcan como un hito pasando por alto las especulaciones por el supuesto complot de algunos cabecillas del plantel en la caída de Borghi como seleccionador.

El sueño de todos forma parte de esa concepción contemporánea y espuria de que basta con capital para hacer cine, pecunio que aquí no resulta el mayor de los problemas como si le sucede a los cientos de proyectos cinematográficos que se nutren sólo de inventiva y entusiasmo. Pero, no se le puede culpar a Hernán Caffiero por involucrarse en un proyecto sin alma y sometido al total arbitrio de los patrocinadores, pues la tentación del dinero y la posibilidad de llegar a cientos de miles de espectadores puede obnubilar al más puritano de los artistas. Sin embargo, en lo que si se lo puede responsabilizar a Caffiero es de habernos hecho creer que si le interesaba hacer cine y que Raza Brava no era sólo un peldaño para convencer a los magnates del fútbol de que él era capaz de publicitar su negocio.