El otro día, de Ignacio Agüero
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7 de marzo de 1952
Santiago, Chile

Finalmente llega a salas el más reciente documental de Ignacio Agüero, premiado en el Festival de Guadalajara y en el de Documentales de Santiago, FIDOCS. Una mirada a la intimidad y la historia personal, que se cruza con otras realidades muy distintas que, al mismo tiempo, habitan y evitan los lugares comunes.

La casa de Ignacio Agüero tiene un pequeño patio donde un gato blanco y negro observa con paciencia e interés a los pájaros que llegan a tomar agua. Hay árboles cuyas hojas algunos días reciben la lluvia y otros días, van indicando el camino del sol hacia su ventana. En uno de esos días luminosos, un rayo de luz llegó a posarse sobre una antigua foto familiar. Esa imagen sirve de excusa para echar a andar las reflexiones del realizador sobre su pasado y el de sus padres, mientras divagamos tranquilamente por esta casa observando los objetos que nos hablan de la historia personal del realizador. Los pensamientos internos se ven interrumpidos por un timbre que suena, alguien en la puerta. Esa interrupción y las que vienen guiarán este relato que fluye entre lo que sucede dentro de la casa y el de las personas que la visitan.

Poco a poco Ignacio Agüero va armando un mapa de los orígenes geográficos y sociales de las personas que llegan a su puerta al preguntarles si puede ir él, y su cámara, a tocar la puerta donde ellos viven. En esos intercambios el realizador va pintando un cuadro sobre las diversas realidades que habitan la ciudad de Santiago y cómo las razones por las que se toca el timbre de una casa en la comuna de Providencia –sean estas para pedir comida, dinero, trabajo, estacionamiento o dejar un encargo- también son explicadas por la realidad del habitar de quien toca esa puerta.

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Lo más bello de este documental es la tranquilidad con que se permite fluir para observar su propio entorno y el ajeno, y la falta de prejuicios con que se acerca a la realidad de los otros. Es evidente por lo que vemos, el tremendo nivel de desigualdad que existe en nuestra capital, pero acá Agüero no cae en los lugares comunes de ese discurso, ni sobre enfatiza visualmente los conmovedores testimonios sobre la precariedad y la pobreza. Esas reflexiones se las deja al espectador.

Es ese sentido de curiosidad, pero al mismo tiempo de respeto ante la dignidad de la experiencia del otro, una característica común del cine de Agüero. Como cuando, sin asombro escuchaba a los pequeños de Cine niños esperando un tren contar como las fuerzas policiales allanaban las poblaciones en plena dictadura y en Como me da la ganano hacia juicios ante el entusiasmo alocado de sus pares que filmaban sin recursos y sin esperanza de estrenar, en los años ochenta.

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El otro día es un documental realmente bello, pero que requiere de un espectador paciente que pueda ser seducido en acompañar al realizador, durante las dos horas de metraje, en este viaje hacia el interior y hacia el exterior. Un espectador que esté dispuesto a ver una película que no entrega los discursos cerrados, sino generosamente una mirada de los lugares que habitamos, los que nos cruzan y los que nos separan.