El Ídolo, de Pierre Chenal
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5 de diciembre de 1904
Bruselas, Bélgica

Todos los ingredientes de esta película parecieran garantizar el olvido piadoso del tiempo. Pero hay ciertos crímenes que requieren expiación, como intenta demostrarlo el personaje más insólito de esta película: un delincuente de poca monta que busca por todos los medios hacerse atrapar para ser condenado y pagar las culpas que ni siquiera ha cometido. Cualquier coincidencia con la realidad debe considerarse completamente involuntaria.

¿Por qué entonces debiéramos ocupar esta ilustre tribuna para comentar El ídolo?

Las razones son más históricas que cinematográficas, aunque podemos asegurar que un espectador actual no se aburrirá viéndola, aunque sea más por las risas que hoy provoca que por las lágrimas que intentaron obtener sus responsables.

De partida se trata de un ejemplo de melodrama de época, un género muy latinoamericano que no debe despreciarse. Puede que no sea el mejor ejemplo, pero es uno de aquellos en que el estilo es mucho mayor que el relato. Hoy, que el estilo es lo que menos abunda en nuestras pantallas, esta película podría ser una buena materia de estudio en las escuelas de cine.

Podríamos añadir dos de sus ingredientes más destacados. Si se preguntara a un cinéfilo cuál fue la primera película en matar su protagonista a la mitad del relato, seguramente el coro de Psicosis llenaría un estadio. Pues bien, una década antes El ídolo lo hizo con bastante eficacia, con el añadido que la actriz que la interpretaba era una cotizada estrella internacional, Florence Marly, a la sazón esposa de Pierre Chenal, el director. Si preguntáramos sobre la película en que mejor se refleja la relación entre realidad y fantasía cinematográfica, Cantando bajo la lluvia podría ganarle a Ocho y medio. Pues bien, los responsables de la película entendieron mejor que nadie en su época este motivo narrativo fundamental para la postmodernidad. El protagonista es un actor de cine que en la realidad es víctima de una intriga de película, que además es el resultado de los problemas del director Chenal con su vida matrimonial con la bella Marly. ¿Podemos suponer que su voluntad de eliminar el personaje de su esposa proviene del hecho que estaba separándose de ella porque estaba interesado sentimentalmente con la actriz que interpretaba a la hermana de la fallecida protagonista? ¿No será mucho?

La vida real puede ser aun más fantástica. Pierre Chenal fue un cineasta francés de bastante prestigio, pero que en realidad no era francés sino belga, de pasaporte, mientras su verdadero apellido era Cohen, es decir era judío, algo nada conveniente en los años cuarenta. Así se lo hizo entender su bella esposa de nombre muy francés, pero que en realidad se llamaba Hana Smekalova y era checa. Ella lo empujó a abandonar el país en el último barco que zarpó de Marsella antes que se desatara la persecución racial. De este modo se encontró con destino a Buenos Aires, de la que todo ignoraba. Al llegar a su esposa la deportaron a Bolivia y él deprimido se encerró en una habitación de hotel para suicidarse. Hasta ahí llegó un judío argentino para darle trabajo. Filmó Nada menos que todo un hombre, adaptación cinematográfica de la famosa novela de Unamuno y consiguió un gran éxito, encontrar a su esposa y volver a Francia después de la guerra. Desde ahí regresó a Argentina, sumida ya en el peronismo y luego a Chile para filmar dos películas. Aquí se separó de Florence y finalmente se divorció de ella, que terminó en Hollywood con una carrera frustrada por las listas negras del senador MacCarthy, al ser confundida con una cantante rusa. Si bien se aclaró el error nunca pudo hacer despegar su carrera. Chenal por su parte volvió a Francia, donde ya nunca fue lo que había sido y falleció en 1990 en suave olvido.

Volvamos a El ídolo. El guión era de Reinaldo Lomboy, autor de la novela “Ranquil”, que era el proyecto original que debía filmar Chenal, pero los productores estimaron que la película ofendería a los carabineros por lo que el proyecto fue abandonado y se optó por esta historia, que fue drásticamente intervenida por el cineasta, dando como resultado un guión al que ni cien años de historia podrán absolver de sus culpas. No es raro entonces que las actuaciones sean estereotipadas y las situaciones se vuelvan fácilmente risibles. Hay que hacer notar el tono marcadamente misógino del relato, en el que en todo momento se resaltan los defectos femeninos, sin que ninguna de ellas adquiera tampoco la dignidad de villana, lo que ya habría sido algo. “Usted pensará que soy un monstruo” dice ella y él responde: “No, usted es sólo una mujer”. Para el mármol.