El Chacotero Sentimental, de Cristián Galaz
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1958
Santiago, Chile

Uno de los problemas de las películas compuestas por relatos es que la disparidad de resultados amenaza las posibles virtudes del total. Ni siquiera los italianos, grandes expertos del formato, lograron salir airosos del desafío, aunque buscaran firmas prestigiosas e ingredientes irresistibles, como lo sigue demostrando Bocaccio 70, de la que sólo Visconti salió airoso, mientras de Sica y Fellini sucumbieron con el peso de sus manierismos. Pero tampoco la unidad autoral puede garantizar el éxito. En Siete veces mujer de Sica y su fiel guionista Zavattini fracasaron siete veces, lo que es demasiado para una sola película. Por eso es que el desafío de El chacotero sentimental era temerario. Si sumamos un cineasta debutante y un origen radial, podemos deducir las aprehensiones del medio ante un tal proyecto. Pero Fondart mediante la empresa se logró, alcanzando una taquilla histórica.

Su notable éxito puede explicarse por la necesidad latente que toda sociedad tiene de reírse de sí misma y por la universalidad de su tema: el deseo. Sin embargo nada de ello sería razón suficiente si no existieran también méritos en la confección cinematográfica, los que tampoco explican todo, pero ayudan. El chacotero sentimental es del tipo de películas que le hace bien a cualquier cinematografía y que a la hora de ser analizadas ya han sido absueltas de todas sus posibles culpas estéticas. Pero aun así se requieren revisiones que coloquen, dentro de lo posible, cada cosa en su lugar. Especialmente cuando la usura del tiempo ya ha comenzado su letal trabajo.

El primer relato narra un clásico y picante adulterio familiar, en el que todo es perfectamente coherente: el guión, los intérpretes y el ritmo de una anécdota banal, pero ingeniosa. Miriam Palacios muestra sus capacidades excelsas para la comedia. Daniel Muñoz y Lorene Prieto otorgan la dosis exacta de picardía y vulgaridad que el relato necesitaba, lo que redunda en hacer de sus escenas sexuales algo tan hilarante como inolvidable. De hecho es difícil resistirse ante la avalancha de anotaciones, tal vez involuntarias, que el relato propina sobre nuestra memoria cultural.

El segundo episodio cambia tan bruscamente de tono que se requería un cineasta con mucho oficio para manejar ese manubrio y Galaz en vez de disminuir la marcha puso el pie en el acelerador, colocando la cámara en lugares caprichosos y dejando que las actrices precipitaran en el exceso buscando un realismo que el drama no requería. Lacrimógeno y carente de sugerencias mayores, este episodio de incesto sólo tiene de recordable la actuación de Ximena Rivas.

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El tercero pudo ser el mejor sino fuera por la débil estructura de un guión que nunca despega y cuando lo logra hacer, no aterriza. La historia de una pareja poblacional carente de espacios para su vida íntima es un clásico de la narración erótica, pero aquí da vueltas siempre sobre el mismo motivo inicial y tiene varios finales falsos y personajes previsibles, lo que en el caso de los protagónicos (Pablo Macaya y Tamara Acosta, ninguno de los cuales es un gran comediante) se vuelve en un lastre difícil para llegar con gracia al postergado final. Ahora que ha sido editado en DVD el episodio faltante de Monicelli en Bocaccio 70, y que narra exactamente la misma historia, la comparación con el modelo italiano puede resultar perjudicial.

El conjunto de la película tiene encanto, oficio y sabor popular, lo que implica ambiciones moderadas a las dimensiones de las capacidades de sus realizadores. Probablemente su mayor lastre sea la dependencia de un cierto realismo naturalista, paradigma ya abusado por el cine nacional y superado en nuestra literatura. Su mayor virtud, en vez, es la identificación que permiten sus amables personajes, algo que no es común en el cine nacional, más inclinado a refocilarse en la fealdad que en la caridad risueña para con nosotros mismos.

Si bien este no es tampoco un gran descubrimiento, es la constatación de que el éxito de El chacotero sentimental tiene sus razones bien fundadas, como lo ha venido a demostrar Cristián Galaz con su siguiente película.