Dos películas vitales (de Feciso 13) online
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Hay preguntas sin respuestas, aunque la crítica se empeñe en definiciones. Realismo, marginalidad, a qué género corresponde tal película, qué tipo de documental es. Pero hay filmes que poseen una vitalidad tal que rompen tales esquemas, posadas en una autenticidad que nace de su urgencia de plasmar algo.

En la última edición del Festival de Cine Social y Antisocial (Feciso), realizado entre el 15 y el 18 de octubre, se exhibieron dos cortos que pueden entrar en esta categoría. Consejo de Guerra (de Fabiola Albornoz) y La muerte está en los catres (de Ronnie Fuentes), son dos películas que surgieron de la Escuela Popular de Cine del ciclo del año 2013, un proyecto educativo autogestionado y realizado también por el colectivo que organiza el Feciso. Hay acá una búsqueda de generar un cine realizado de frente al objetivo (del personaje, del entorno, del contexto), derribando una jerarquía artista-objetivo o personaje,  donde incluso este último forma parte del proceso creativo. Una implicancia que, en el caso de ambas películas, produce un efecto remecedor, sin caer en el panfleto, la denuncia, ni en el distanciamiento con el público.

Entre la mezcla ficción-documental de ambas no brota un realismo total, aunque parece serlo, debido a un registro que no sólo muestra a personajes actuando de sí mismo (se podría decir), sino que también vemos a estos totalmente abiertos a este registro. De esta manera, en ambos casos hay una búsqueda de rastrear, justamente, una pulsión vital totalmente despojada de cualquier control o estilo. Pero hay una búsqueda también de lo extraordinario dentro de esa cotidianeidad (o de posibilitarla), que plantan la duda sobre qué tan natural es la puesta en escena. ¿Pero importa tanto esa distinción cuando el resultado logra conmover y disparar múltiples sentidos?

En Consejo de Guerra, esta intención es bastante clara. El filme sigue en paralelo la historia de un joven en las marchas por la igualdad sexual, donde realiza una performance donde recuerda el medio litro de leche por niño que instauró el gobierno de Allende. Con la leche en polvo en su cabeza, la diluye finalmente. Ese hilo de leche que queda en la calle, la compara con el semén y la represión moral y social contra cualquier expresión de la sexualidad. Por otro lado, está la historia de un ex militante del MIR, anciano y enfermo, quien va poco a poco dando cuenta de cómo fue aceptando su homosexualidad. Historias que parten como puntos distantes, para finalmente cruzarse y chocar, de hecho, de manera impactante con un par de escenas finales. Son cuerpos expuestos, golpeados, arriesgados, con una crudeza que sacude.

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En cuanto a La muerte está en los catres (una película que según su realizador aún está en construcción), retrata la historia de una pareja de mujeres que se casan simbólicamente. Ambas viven en una población santiaguina, donde parece ser que los prejuicios sexuales son mucho más blandos que en las clases más acomodadas. De hecho, el corto de Fuentes no hace hincapié en este tema, sino en la propia relación de estas mujeres, que se va engrosando con la exposición de sus preocupaciones y conflictos de pareja. El punto de vista se asienta así más en el retrato, pero entre medio se cuela una historia que posee una naturalidad poco común para un debutante, además de poner en escena una realidad ignorada: cómo se vive la homosexualidad en las clases populares. Una realidad que, incluso, parece estar más allá de los debates políticos actuales, no por la marginalidad social en que quizás vivan, sino, como ya se dijo antes, porque todos los personajes parecen ya tener superados todos esos debates. Es la vida y la experiencia, con sus sombras y luces, que se abren paso.

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Hay en este trabajo, como también en el de Fabiola Albornoz, una complicidad con lo retratado que da cuenta de un compromiso fuerte con sus protagonistas (de hecho, en ambos los personajes a veces se hacen cargo de la cámara). Es ahí donde corre una huella potente de un Chile ocultado, más que marginado, sobre todo en la realización audiovisual. Y es por esto mismo, que en las exhibiciones de ambas películas en el pasado Feciso, los asistentes muchas veces quedaban en duda respecto a si lo que se veía era real o ficcionado. De inmediato, en el transcurso del debate posterior a la exhibición de las películas, la respuesta a esta duda se olvidaba, se diluía entre los cuestionamientos que cada uno provocaba desde el punto de vista social, político y, claro, sexual.

En ambos casos no hay límites, ni catalogaciones, ni pretensiones académicas o excesivamente discursivas. Tampoco ese ritmo y estética complaciente que a veces abundan en los festivales. Acá hay una intención de usar el cine como provocación, como despertador, pero también (y es lo más importante), de construir y capturar una forma o una estética propia que nace del interés común entre realizador y personajes, todo en pos de capturar una poética, una cierta esencia de personas y realidades que al cine chileno les cuesta mirar de frente, o con respeto. Esta es la fuente de la autenticidad y sinceridad de estos trabajos y, claro está, de la fuerte y trascendental vitalidad que ambos tienen. 

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