Dos Hermanos (En un lugar de la noche), de Martín Rodríguez
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15 de diciembre 1967

Más de una sorpresa se contiene en esta película debutante, cuyos protagonistas y guionista excedían en fama al cineasta, justamente el que podría ser el más directo responsable de las virtudes de la empresa.

No fue un éxito al momento de su estreno y se puede entender. Nada contiene que pueda ser masivamente atractivo, exceptuando el nombre de sus protagonistas, dos conocidos actores de teleseries, lo que no es ninguna garantía de calidad en pantalla grande.

Si comenzamos a revisar el guión, éste no presenta ninguna novedad apreciable, ni tampoco mucha destreza en el manejo de diálogos y situaciones. Los personajes se quedan a menudo empantanados en largas pausas que nada añaden a la medianía del tono general del relato. Ni los episódicos ni los principales parecen poseer algo más que una dimensión única y explícita, la que tiende a evidenciarse en unos diálogos planos, naturalistas y abundantes, lo que podría ser meritorio si el nivel de las ideas que se manejaran en ellos fueran de aquellos que justifican una entrada al cine. Pero el guionista no es ni Rohmer, ni Allen, ni Mankiewicz, por citar tres prestigiosos filmadores del habla. De este modo es casi imposible retener algo de lo que los personajes dicen y menos intentar colocarlos un escalón siquiera por sobre las habituales anécdotas de nuestro cine.

Afortunadamente todo lo anterior es resultado de una intención deliberada, lo que aligera el relato de unas posibles pretensiones “artísticas”, que habrían resultados insufribles para la sencillez manifiesta de sus ambiciones. Y es aquí donde comienza lo interesante, porque si bien el todo narrativo es solamente lo que vemos en pantalla, esa visión adquiere cierto encanto por su honestidad.

Después de un arranque lento en que los personajes se presentan ya adobados para la melancolía, el viaje que ambos emprenden a buscar el cadáver del padre permite a los intérpretes adquirir una sinceridad menos explícita. Poco a poco salen a relucir sus tensiones, siempre de tono menor, pero conducidas con cuidado para evitar los choques frontales. Y aquí los actores se lucen al lograr dosificar sus manifestaciones más externas, favoreciendo los ricos matices de sus primeros planos. Especialmente Luciano Cruz-Coke exhibe una capacidad expresiva interna totalmente desconocida en sus anteriores trabajos televisivos. Incluso cuando no hace nada el actor emociona por la notable concentración de sus medios expresivos, que se extienden desde su fotogénico rostro a su expresión corporal. Su forma de caminar, su menor estatura con respecto al hermano mayor, sus miradas distraídas, sus brazos sueltos y su forma de emitir unos diálogos apenas comprensibles, hacen de su trabajo uno de los mejores ejemplos de actuación cinematográfica de nuestro cine reciente. Es una pena que después el actor no haya encontrado guiones adecuados para su talento. Incluso su buen desempeño en Se arrienda (de Alberto Fuguet, el guionista de Dos hermanos) se encuentra por debajo de este entrañable y sensible personaje. La escena en que el hermano lo encuentra en la playa y lo trae de vuelta a la casa para arroparlo, es un ejemplo de dosificación emocional masculina que es de lo mejor de la película.

En contraste Francisco López no logra hacernos olvidar completamente que está actuando, aunque sus esfuerzos den algunos resultados convincentes, pero episódicos. La dirección del debutante Martín Rodríguez logra amalgamar bien la disparidad de talentos en aras de las emociones que el relato va desgranando con parsimonia. Hay momentos tan logrados en este aspecto que los ripios habituales del debutante se llegan a pasar por alto, como la casi siempre desdichada música y la monotonía rítmica.

Cine naturalista e intimista, rasgo común en el cine chileno de la reciente generación, que parece nunca avanzar hacia una revelación profunda o significativa, ni hacia una perspectiva de mayor amplitud conceptual. Puede que estas características definan una tendencia estética o simplemente una carencia de ambiciones. En realidad Dos hermanos pretende muy poco, lo que puede ser frustrante a nivel creativo, pero que al afirmarse en su honestidad y en sus intérpretes, logra sorprender e interesar en modo casi constante. Eso no evita el lugar común, lo previsible y lo prescindible, aunque nada de eso comprometa la sólida permanencia de sus emociones a diez años de su estreno. Hay que reconocer que no es poco para los tiempos que corren.