De la animación en Chile y las posibles consecuencias del Oso y su Oscar
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El 2016 fue el año en que el cine chileno se llevó su primer Oscar gracias a Historia de un Oso. Vale la pena detenerse a analizar cuáles podrían ser los efectos a largo plazo, para el audiovisual chileno de que un premio de esta notoriedad recaiga sobre una producción nacional. 

Pasados varios meses, superada la efervescencia de la sorpresa y la alegría vale la pena preguntarse ¿Algo cambia con que una producción audiovisual chilena haya recibido el premio Oscar? ¿Qué significa que esa producción haya sido una animación? Más que usar una bola de cristal, nos dejaremos llevar por cierto sentido común a partir de cómo funciona la maquinaria audiovisual en Chile y el mundo e intentaremos aquí señalar algunos caminos posibles.

Primero, recordemos que el Premio Oscar es otorgado por una institución –la Academia de Ciencias y Artes de Hollywood- que lleva 88 años en esto y que esta conformada por seis mil de las más importantes personalidades de la industria del cine en Estados Unidos. Lo que, por lo general, la Academia premia son aquellas películas que logran un equilibrio entre dar cuenta del estado del arte cinematográfico en ese momento –tanto en términos de tecnología como de estilo-; logren aportar al avance del lenguaje cinematográfico sin perder masividad y se inserten en la lógica global del negocio cinematográfico. Esto significa que lo que la Academia hace cuando otorga un Oscar es poner una especie de “sello de calidad” en aquellos productos audiovisuales que, según ella, cumplen con los requisitos para mantener la industria en movimiento. 

Lo que se esperaría que pase con la animación chilena, y especialmente con la productora PunkRobot, después de este momento histórico es que se genere una mayor atención a lo que en esta área se produce, desde este lado del mundo. De aquí en adelante cualquier cosa que los realizadores de Historia de un Oso produzcan va a ir acompañado de la frase “De los ganadores del Oscar” y eso abrirá muchas puertas. Se podría esperar también que exista mayor interés desde el extranjero para financiar y co producir las futuras obras de estos talentos ya probados. Aunque esto último no es especialmente novedoso. La animación chilena ya posee una excelente imagen en el exterior y la mayoría de los productos generados, por las más de 25 productoras de animación que existen en Chile, son encargados y comprados desde el extranjero. Ejemplo de esto son las dos obras anteriores de PunkRobot: “Las aventuras de Muelin y Perlita” que fue comprada por la televisión Colombiana y “Flipos” que luego de ser emitido un par de veces en televisión chilena fue adquirido por una televisora brasileña. Ambas obras se encuentran hoy en la plataforma internacional de películas y series por internet, Netflix.

También podría esperarse que el Estado pudiera apoyar con mayor o más sostenido financiamiento este tipo de trabajo audiovisual. Ese apoyo ha sido más bien contradictorio en los últimos años, ya que mientras en 2014 los Fondos Concursables del Consejo de la Cultura y las Artes abrieron una línea específica para animación –lo que tiene hoy en producción cinco largometrajes en este formato, los que se sumarán a los cuatro que han existido en toda la historia del cine chileno- el Consejo Nacional de Televisión, institución que ha sido fundamental para el desarrollo de la animación chilena, no tuvo entre sus ganadores del 2015 ningún proyecto para televisión infantil, mercado principal de la animación. Esto también complica la inversión que hace el mismo Estado en etapas anteriores, como CORFO, ya que éste organismo financia hasta cierto punto el desarrollo del proyecto pero para la continuidad y finalización de éste se requieren nuevos recursos.

Acá también sería importante ver cómo van a reaccionar los canales de televisión nacionales para la co producción y difusión de estos productos. Hasta ahora lo que en términos de animación se genera en Chile es mucho más reconocido fuera que al interior del país. De hecho casi no existen franjas horarias en televisión dedicadas al público infantil que ha tenido que recurrir -si es que les es posible el acceso- a los canales especializados del cable en donde muchas producciones chilenas han encontrado su lugar. También desde la exhibición veremos si –como pasó con Historia de un Oso y Zootropia– se replica con otras distribuidoras de películas la posibilidad de que un corto de animación nacional acompañe el estreno de algún largometraje internacional para todo espectador, que –no olvidemos- siguen siendo las películas que más público llevan al cine. 

Otra cosa que podría suceder con este importante premio es que se multipliquen los caminos profesionales para la animación. La carrera de animación –o similares- se imparte actualmente en nueve instituciones de educación superior, en esta línea la colaboración entre estas instituciones y las productoras de animación podría hacerse cada vez más común como ha sido el caso de PunkRobot con la Universidad de las Américas, de donde el director de “Historia del Oso” -Gabriel Osorio- es académico hace varios años. La demanda de más obras de animación producidas en Chile podría abrir un camino interesante para futuros animadores, aunque siendo responsable con esa idea, y con las presentadas más arriba, no hay que olvidar que “una golondrina no hace verano”, aunque en este caso esa golondrina sea dorada y muy poderosa.