Compañero Presidente, de Miguel Littin
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9 de agosto de 1942
Palmilla, Chile

Alguna vez se pensó que el cine era un vehículo para ciertas ideas y que de éstas dependía la validez de una obra cinematográfica. También se ha buscado en lo contrario, es decir en la forma pura. Ambas posturas extremas han producido monstruos, como diría Goya. Estamos frente a un ejemplo.

Recién instalado en la presidencia del país, Salvador Allende recibe a Règis Debray, famoso intelectual francés que había acompañado la lucha del Che Guevara en Bolivia. Debray, como buen personaje a la moda de la época, fuma mucho cita textos, se declara marxista leninista y simpatiza evidentemente con Allende, a la sazón, un personaje de fama mundial. Chile está en el epicentro de todo, por lo que una película sobre este diálogo parece una opción plausible para el momento.

Pero claro, eso no garantiza el resultado, y el mero registro es una insuficiencia para justificar un largometraje. Como paliativo está la figura del Presidente, sin duda dotado de un carisma espontáneo, que muy bien supo captar poco después Roberto Rossellini. Pero Littin, a diferencia del gran italiano, no tiene ninguna distancia con respecto a los personajes del diálogo, por lo que presupone que cualquier cosa que digan será interesantísima. Y obviamente no es así. Algunos análisis pueden resultar muy válidos como dato histórico, y a la luz de los hechos posteriores, muy iluminantes sobre Allende. Resulta difícil no creer en lo que dice. Pero no basta. El problema se da cuando tenemos que recordar que se trata de una obra cinematográfica. Littin inserta algunos fragmentos de manifestaciones y ceremonias públicas que pueden ser de lo más manido que nos ha dejado la iconografía de la época. Por supuesto que la música acompañante es la que ya sabemos de memoria y el Rostro del Pueblo y del Proletariado han pasado a ser retórica añeja, que ya nada dice porque su abuso la vació de sentido.

Vuelta al diálogo. La cámara se mueve para que se note que se está filmando ahí, en el momento y que todo se está dando en forma irrepetible. Saberlo no añade mucho a la conversación, como tampoco los efectos aleatorios, como ver a algunas mujeres que ven desde lejos la conversación, o al sonidista con su grabadora. Sabemos ya que la espontaneidad no es un valor en sí mismo, pero evidentemente Littin y su grupo no pensaban así cuando filmaban este interminable diálogo político, cuyo destinatario resulta hoy bastante difícil de dilucidar. Parece increíble que algo así se haya mostrado en los cines y se pensara que podría ayudar “al proceso”, cuando más bien parece un castigo para todos aquellos que aun no se daban cuenta de la importancia de lo que se vivía. Una operación similar con el dictador habría sido absolutamente intolerable, pero la figura de Allende no basta para absolver a la película de su ramplonería fílmica, producto del entusiasmo totalmente irreflexivo de una época. Parece una paradoja que un diálogo intelectual así filmado pudiera servir para ganar prosélitos. Aunque tampoco pareciera servir mucho para los que ya estaban convencidos, porque para eso estaba la televisión, que siempre ha servido mejor para los debates.

Hoy Compañero Presidente es un resto arqueológico que, como tal, debe ser preservado para la futura memoria. También para que recordemos que el cine es una cosa, la televisión otra y la discusión política otra más. Mezclarlo todo puede producir menjunjes indigestos que explican las dificultades críticas que hoy podemos tener para evaluar positivamente el cine de la Unidad Popular.