Cofralandes III, de Raúl Ruiz
Personas relacionadas
25 de julio de 1941
Puerto Montt, Chile

Desde hace más de treinta años que el cine de Ruiz se ha dirigido sin inhibiciones hacia el terreno del delirio, de las asociaciones libres, de los juegos intrincados, de los collages. Ruiz no tiene piedad con las convenciones, arroja a su espectador a un laberinto, sin mapa, sin avisos y sin una Ariadna que le permita volver sobre sus pasos. «Arrégleselas solo» pareciera ser su imperativo empujón dentro de su mundo creativo. Sin embargo es una actitud juguetona la que él propone. Laberinto sí, pero sin monstruo devorador, excepto el que nosotros mismos vamos formando con los fragmentos de espejos que Ruiz va dejando desparramados por el camino. De esos fragmentos, de su selección y ordenamiento aleatorio, es que está hecho el arte de Ruiz.

Cofralandes 3, Museos y clubes en la región Antártica es un título que proclama la broma, de hecho todo parece suceder en el Norte Chico, en La Serena y alrededores, a pesar de que hay escenas en Santiago y algunas imágenes se ambientan en Londres. Pero eso no importa mucho, ya que el espectador colocado en la clásica situación de Condorito exigiendo explicaciones, tiene bastante trabajo en armar el desparramo de imágenes propuestas para otorgarles un sentido mínimo que le permita al menos reír, aunque difícilmente se podrá ir más allá de una desconcertada sonrisa. El capítulo 3 de Cofralandes parece esconder más vericuetos que los capítulos anteriores y no todos conducen a parte alguna, más bien el laberinto disfruta con los callejones sin salida y las incongruencias inexplicables, incluso desde una perspectiva más poética. No faltan los guiños a la cultura criolla, como la descripción del Museo del Sandwich que hace Javier Maldonado, habitual intérprete de Ruiz, mientras un coro sanciona todo con unas letanías que parecieran escritas por Nicanor Parra. Pero la secuencia de las colas se agota en sí misma con demasiada facilidad, como si su clave estuviera desfasada de tres décadas. Lo más sugestivo corre por cuenta de los paisajes, la música, la estupenda fotografía y las relaciones inéditas entre interiores y exteriores: desierto y sábanas, clima y sombras, trenes que son descritos como otra cosa, Violeta Parra cantando «Las palabras redobladas», una sucesión de rimas cuyo único fin es más el juego verbal que la significación realista. Justo lo que pretende la serie de Cofralandes: un juego por el placer del mismo.