Chile Puede, de Ricardo Larraín
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27 de abril de 1957
Santiago, Chile

A comienzos de los setenta Ruiz aseveraba que en el humor estaba el cincuenta por ciento de las posibilidades de hacer una buena película en Chile. Casi cuarenta años después se ven signos de cumplimiento profético, aunque éste se haya vuelto “un país serio”, lo que es para la risa.

La comedia es exigente y radical, o nos hace reír o la olvidamos cruelmente por haber pretendido lo que no logró. Pero si acierta en su objetivo primordial puede producir fenómenos como El chacotero sentimental o Sexo con amor, las dos películas más taquilleras de nuestra historia cinematográfica. El gran responsable de la segunda lo es también de Chile puede, aunque la dirección sea de Ricardo Larraín, que también sabe lo que es el éxito.

Con tales ingredientes cabría esperar mucho, pero una sabia prudencia aconseja la moderación frente a los misterios del cine. Todos saben que las recetas probadas pueden repetirse hasta el infinito en el mundo culinario, pero que no sucede lo mismo en las otras artes, sometidas en cada ocasión al escrutinio público.

Chile puede no logra encumbrarse a un nivel proporcional a los antecedentes de sus creadores, pero eso no significa que no despegue del suelo. Simplemente se eleva hasta donde los volantines nos causan momentánea satisfacción, pero donde hay muchos otros que han llegado a la misma altura.

La historia es simple y la idea ingenua, lo que requiere tragarse circunstancias hipotéticas e improbables, a visualizar en un relato realista y al mismo tiempo futurista. Con tales ingredientes la amalgama habría sido como para aclamar un prodigio. No se puede impunemente pretender un relato de ciencia-ficción en Chile sin un acabado sistema estilístico, capaz de compatibilizar garabatos criollos con militares norteamericanos hablando como en un chiste de Condorito.

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En Chile puede eso no se da, pero curiosamente la escena culminante es la que está más cerca de lograrlo, justamente porque el disparate alcanza su cenit y la destreza técnica de Larraín organiza un gran espectáculo visual en medio de una fiesta religiosa nortina, un escenario en el que todo puede pasar.

Pero lo anterior en la película, a pesar del esmero empleado, peca de inverosímil. El guión nos lanza a un relato cuyas motivaciones se explican posteriormente, y con fatiga, deteniendo la acción. No se preocupa mayormente en conducirnos a un Chile posible en que alguna de las cosas que vemos puedan realmente suceder. Resultado de ello es que Willy Semler pasa la película totalmente histérico y sin motivación aparente, lo que compromete seriamente el desarrollo posterior del relato. Tampoco se entiende porqué tendría que tener un asesor argentino cuya contribución parece prescindible. La caricatura del hombre medio que busca representar Boris Quercia, tampoco tiene razones compartibles por el público para meterse en una nave espacial. La explicación que de ello se nos da posteriormente es, a todas luces, insuficiente como para compartir simpatía por un tipo que parece más bien un estúpido. Mayor sintonía produce el personaje femenino, una suerte de Yayita, que la actriz Javiera Contador dota de belleza y encanto, además de dar en el justo tono de la comedia realista. Los aplausos debiera llevárselos Bélgica Castro, especialmente por el coraje de afearse para hacer de científico ruso borrachín.

Que la mayor parte de los chistes sean verbales tampoco contribuye a comprarse la confección. Lo mejor en términos visuales corre fugazmente por los condenados de Guantánamo que encapuchados intentan jugar a la pelota. Ahí nos volvemos al cine cuando ya creíamos estar viendo la televisión, pero es sólo un momento.

Las ideas posibles de haber explotado en el guión hubieran permitido justificar la empresa ante un público contemporáneo. Pero todo al limitarse a su propia anécdota reduce las implicancias de la historia a su ameno pasar. Larraín dirige con eficiencia su cámara para mostrarnos lo que se requería, sin sugerir nada más allá de lo que vemos. Pero lo que vemos es de gran calidad técnica. A partir de esta película Chile puede hacer una película de ciencia-ficción sin sentir vergüenza. Tal vez el público no la recordará por mucho tiempo, pero los que se dedican al cine la tendrán como un hito en la historia de nuestro desarrollo tecnológico.

Ya eso es bastante.