Chile, la memoria obstinada, de Patricio Guzmán
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11 de agosto de 1941
Santiago, Chile

Si la mayor virtud de La batalla de Chile corre por el lado del documento y de la inmediatez, más que del análisis y la profundidad, Patricio Guzmán arriesga todas esas virtudes a la hora de proponer una reflexión pausada a más de veinte años de ocurridos los hechos. Hechos que además siguen cargando con el peso de una polémica histórica que no tiene visos de solucionarse todavía.

Bajo el bello título de La memoria obstinada Guzmán expone la mayor amplitud de su registro como documentalista opinante (¿podría haber alguno que no lo fuera?), dejando de lado la estrategia reporteril que le dio fama, para permitirse un emocionado deambular por los meandros del tiempo. Y aquí sí que tiene que demostrar que lo suyo era algo más que la voluntad afortunada de ser testigo de un momento irrepetible. Meterse con el tiempo es demostrar las cualidades en el dominio de un arte que es esencialmente un gesto de la memoria. Esa es la materia prima del gran cine, sea ficción o documental. Guzmán decide explorar los residuos de la memoria colectiva, de la individual y de la suya propia, incluyendo en el diseño de su obra actual la prueba de la vigencia posible de su obra anterior.

La estrategia que aquí sigue es la de revisar lo que La batalla de Chile contenía y buscar en el presente los restos de aquel gran naufragio. Para ello utiliza a personas que alguna vez aparecieron en La batalla para que se reconozcan en lo que fueron y en lo que ahora son, todo lo cual conduce, y no podía ser de otra manera, a una estremecedora inmersión en los dolores, superados y no, de una sociedad que quiso experimentar algo que no fue capaz de administrar, pero que igualmente tuvo su grandeza. Algunos testimonios resultan inolvidables, como el de la lavandera que termina sirviendo a Allende y recuerda esos días como los más maravillosos de su vida, o el proceso de un grupo de vecinos para identificar a una mujer que cuando la encuentran enumera los nombres completos de sus cinco parientes más cercanos, todos detenidos-desaparecidos.

La constante oscilación entre el pasado histórico y el presente le permite a Guzmán jugar estupendamente con el montaje. Un ejemplo notable, entre varios otros, parte de la mano de uno de los ex GAP, que motivó una dramática foto sobre la que después el pintor Balmes realizó un cuadro, que desde el presente él explica como un motivo puramente plástico. Un periplo en el que un hecho real va derivando en estético, un gesto develado por el cine y transformado en símbolo. Algo similar a lo que ha sucedido con el material documental del propio Guzmán, surgido como urgencia política de un momento y derivado con el paso del tiempo en objeto de un análisis más expresivo que contingente.

Tal vez por eso mismo La memoria obstinada resulta tan significativa y conmovedora, justamente porque en su propia estrategia narrativa está incluido el necesario cambio de perspectiva que los nuevos tiempos han traído, sin que esto signifique una condena del presente en aras de las consignas ya sepultadas del pasado. Esto se evidencia con crudeza en el retórico discurso del actor Ernesto Malbrán, indispensable para comprobar que “nosotros los de entonces ya no somos los mismos”, como dijera Neruda.

Si antes los textos acompañantes podían resultar redundantes en Primer Año, aquí Guzmán se sirve de silencios tremendamente elocuentes, como el del padre del desaparecido camarógrafo Jorge Müller, antiguo colaborador del propio Guzmán y responsable de algunos de los vibrantes materiales de La batalla de Chile, o las pausas cargadas de significados de doña Hortensia Bussi solicitando la devolución de sus álbumes familiares. Y es que el tema de la memoria no necesita de estridencias ni de los énfasis de otrora, bastan gestos y silencios. Tiempo envasado, cine puro.

Tal ejemplar contención del conjunto se ve un poco desbordada hacia el final con el llanto incontenible de un grupo de jóvenes después de una proyección de La batalla de Chile, pero que es expresión auténtica de una catarsis necesaria, especialmente para aquellos que no habían nacido cuando todos estos acontecimientos ocurrieron. Es lo que busca un filme como éste: una exploración del pasado desde el presente, no para revivir inútiles rencores, sino que para hacer las cuentas con una historia dramática y poderla colocar en un lugar en que las pasiones ya no la tergiversen más. Aunque nos siga doliendo por toda la eternidad, gracias al cine.