“Carne de Perro”: La Miseria del Verdugo
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La película chilena ganadora del Festival de San Sebastián, en la sección Nuevos Realizadores, se estrena finalmente en cartelera, invitando al espectador a un viaje por el infierno personal de un hombre que –sospechamos- fue instrumento de horrores.

Carne de Perro llega a la cartelera comercial luego de un exitoso paso por festivales internacionales en donde cosechó varios premios y buenas críticas. Las razones de estos reconocimientos no son pocas. En su primer largometraje de ficción Fernando Guzzoni -cuya opera prima el documental La Colorina sobre la poetisa Stella Diaz Marín se estrenó en el Festival Des Films Du Monde, Montreal- logra armar una obra potente y precisa, que sin desbordarse en efectos logra inquietar al espectador durante todo su metraje.

En Carne de Perro, Alejandro Goic encarna a un ex militar de la dictadura. Un rol que ya le habíamos visto antes en la serie de televisión “Volver a mí” y en algún corto de escuela, pero que acá alcanza una dimensión profunda y conmovedora en su silencio. Para la creación de personaje que lleva todo el filme, -un personaje complejo, perverso, violento y al mismo tiempo hambriento de afecto- la elección del actor define toda la película. En este caso, además se trata de un actor que fue torturado y exiliado por la dictadura, el que pone su cuerpo a disposición de encarnar al verdugo, lo que le otorga una densidad terrible y creíble al personaje con el que también comparte nombre.

Aunque durante la película vemos a Goic interactuar con otros –otros que aunque aparecen poco minutos son secundarios de lujo como Amparo Noguera, Sergio Hernández y Alfredo Castro, entre otros- y aunque esos diálogos nos ayudan a entender algunos aspectos de su conflicto, es en las escenas en que está solo, en que la interpretación se luce, cuando en planos muy cerrados se logra captar la densidad del infierno que tiene dentro.

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En ningún momento de la película se nos dice que el personaje fue un torturador, no es necesario. El desazón que lo invade desde el inicio de la película, momento en que se entera del suicidio de un ex camarada, se traspasa al espectador a través de esta cámara que sin acosarlo logra captar cada detalle de sus expresiones. El trabajo de la destacada directora de fotografía y camarógrafa, Bárbara Álvarez –responsable también de la cámara en las muy premiadas De jueves a Domingo, La vida de los peces, la uruguaya Whisky y la argentina El custodio, entre otras- le da el tono preciso a esta cinta que logra angustiar y conmover por partes iguales.

La película logra mostrar con eficiencia el proceso de este personaje en busca de una salida, y aunque al final podría leerse como que logra la redención, otra manera de mirarlo es que sólo encontró un lugar en el mundo. Un lugar en donde las cosas adquieren otro sentido, en donde existe el orden y la jerarquía, aunque no necesariamente sea uno que le otorgue libertad anhelada.

Esta invitación entrar en un alma oscura, en donde los discursos sobre la moral son reemplazados en el buen ejercicio cinematográfico por el dolor y el silencio, puede poner al espectador en un lugar realmente incomodo, pero al mismo tiempo guiarlo en una reflexión que va más allá de la historia singular de este personaje y que se instala respecto a todos los humanos que son o han sido engranajes de máquinas perversas que han terminado por aplastarlos.