Arcana, de Cristóbal Vicente
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(2006)
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20 de junio de 1975

Cuando la televisión banaliza lo que toca es porque no está haciendo su trabajo. El tema de la vida en las cárceles ha terminado por ser una variante de los realitys en forma de reportajes y series completas de programas. No es que se critique su realización, sino que el escaso nivel de significados que estos programas son capaces de alcanzar. Agotada la veta, lo que ya parece estar sucediendo, los insaciables apetitos de la televisión se posarán en algún otro punto de la inagotable miseria humana. Que de eso hay abundancia para alimentar el espectáculo del coliseo audiovisual.

El cine nació con una voluntad opuesta, buscando maravillarnos con lo cotidiano, en descubrir lo que la mirada común había olvidado. Filmar un documental sobre la cárcel puede tener más de un riesgo, especialmente si el destino de tal obra no pretende ser la pantalla chica, sino que la grande. Que alguien se haya atrevido no deja de ser respetable y merece, al menos, sana curiosidad.

Este documental, propiamente cinematográfico, es un registro más o menos aleatorio de la vida cotidiana en la cárcel de Valparaíso, aquella que le dio nombre a un cerro y mucho que hablar cuando se pretendió demolerla para construir un edificio diseñado por Niemeyer. Una completa jornada calurosa sirve de nexo para una diversidad de escenas bastante neutras en términos de un posible relato, pero poseídas por una estructuración inequívoca como parte de un todo. Se evitan todos los aspectos más truculentos y miserabilistas, en aras de acceder a una atmósfera doméstica que envuelve a los múltiples figurantes, ninguno de los cuales alcanza el mínimo protagonismo. La excepción la constituye el fragmentado monólogo de un hombre maduro, que podría ser la encarnación de las leyes tácitas que rigen el mundo carcelario. Su intervención resulta atractiva por el delirio del personaje, pero queda poco integrado al resto y lo que dice es menos interesante que el cómo lo hace. Hay también una larga secuencia en que los detenidos reciben a sus familiares y sus periódicos y peculiares paseos por el patio, de ida y vuelta.

No hay mucho más reducible a una descripción verbal o escrita. Ahí comienza lo interesante de Arcana. Como toda obra de cine la película no es reducible a palabras, ni a conceptos intelectuales. La cámara, al introducirse entre medio de los detenidos, los que a veces la miran o le hacen gestos, se coloca a la altura de sus filmados y busca entre ellos los meandros de una intimidad cómplice, de ahí el título. Ni opiniones, ni distancias, ni confidencias. Participación, tal vez, pero no solidaria ni tampoco indiferente. Es la colocación a menudo ambigua de la cámara la que otorga a algunas escenas una dosis de fascinación poco definible, pero interesante. Las mejores escenas suelen ser aquellas en que los detenidos interactúan con cierta indiferencia, pero sabiendo que están siendo filmados en todo momento. Que de eso se desprendan grandes contenidos es más que dudable, pero la tensión cinematográfica está bien servida y es lo que basta.

A pesar de las sensibles salidas de tono del principio y del final, que evidencian un intento ingenuo y algo pedante de “hacer cine”, Arcana resiste bien la tentación de ser un objeto estético sobre un tema social candente. Lo evita manteniendo a raya los énfasis formales que el camarógrafo, además montajista y cineasta Cristóbal Vicente, suele tender a crear. Como son los lineales paseos en el patio, los largos pasillos, la melancólica iluminación y el caótico entrecruzarse de voces de los detenidos. Todo está constantemente arriesgando el esteticismo, pero la mayoría de las veces triunfa la prudencia y el respeto por el mundo retratado.

Y ese puede que sea el mérito mayor de este enigmático documento: ser registro irrepetible de un mundo ya definitivamente cambiado. Hoy el edificio está vacío y sería interesante también como motivo de otra indagación. Puede que para ciertas visiones ideológicas y exegetas sociales tal documento no sea suficiente dado el tema que hay detrás, pero el cineasta no tiene que ser un redentor moral, basta que exponga orgánicamente lo que ha visto. Para comenzar es justo lo que un auténtico documental aspira a ser. En el cine al menos.