Aquí se construye
(o Ya no existe el lugar donde nací), de Ignacio Agüero
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7 de marzo de 1952
Santiago, Chile

Puede que no estemos muy dispuestos a pagar el precio del desarrollismo y “amodernamiento” que nos exige la etapa actual. La ciudad es un campo de batalla polvoriento y contaminado, pero también es el lugar privilegiado de las novedades en las que queremos creer como sociedad, pero que no coincide con lo que los individuos desean la mayoría de las veces. Tal tensión parecía particularmente explícita durante el traspaso del siglo en el barrio alto de Santiago.

Ignacio Agüero siguió durante dos años el proceso de demolición de un grupo de casas en la avenida Lyon y la posterior construcción de un enorme edificio de departamentos, con las consecuencias esperables para algunos vecinos. El paso de la escala humana a la monumental y anónima en un barrio hermoso, podría ser la perfecta metáfora de nuestros intentos nacionales de despegue económico y la llegada al mundo desarrollado, tan ansiosamente deseado por la mayoría.

Desde la primera secuencia ya tenemos claro todo esto. La demolición de una casa por acción de una monstruosa grúa posee toda la fuerza visual como para despejar dudas respecto a las intenciones del documental. Manejada con parsimonia y distancia, la cámara parece limitarse al dócil registro del momento, sin enfatizar ni comentar lo que nos muestra. Simplemente las cosas son así. Esta actitud prudente se mantendrá a lo largo de todo el documental para evitar el fácil partidismo que las demoliciones modernas implican. De este modo también las emociones de relato se mantienen a raya. Pero es evidente que la opinión de Agüero existe. Sólo que se controla y por largos fragmentos llega a diluirse cuando seguimos otros cauces de la situación, que si bien pudieran ser atingentes a la situación de la construcción, parecen alejarse del problema central. Esto que añade variaciones al asunto también desparrama el tema hasta hacerlo olvidar.

La historia del biólogo de origen alemán y vecino del nuevo edificio es potencialmente interesante. Su jardín salvaje, repleto de plantas exóticas y animales extraños, de atmósfera hogareña e íntima, se ve paulatinamente invadido de ruidos y polvo y finalmente por la sombra inevitable del edificio. Pero la particularidad del caso no logra trascender su anécdota hacia niveles de significación mayores. El respetuoso registro del personaje y sus largos monólogos con la cámara parecen estar explicando todo lo que necesitamos saber.

Lo mismo sucede con el largo recorrido que un obrero debe hacer para llegar a la obra. No podemos extraer de ello más que la vivencia cotidiana de un trozo de vida obrera. Vidas que coinciden en una gran ciudad hecha de muchas vidas paralelas. Algo que podemos deducir fácilmente, pero que no nos ilumina los ángulos más complejos de un problema social y de las implicancias económicas que dictan todo.

Fiel a su perspectiva, Agüero parece evitar la polémica y las aristas mayores de su tema. Así lo que prometía ser un gran documental sobre el cambio de milenio se limita a dar cuenta de un fenómeno fácilmente visible y por lo tanto necesitado de mayores análisis, o de observaciones agudas sobre la difícil coexistencia entre los individuos que padecen cambios que no buscaron.

Aquí se construye posee las cualidades del género documental en que su autor ha descollado, pero deja la incómoda sensación de no haberse acercado a entender las tensiones implícitas de la urbe. El desparramo estructural, mediante el cual seguimos casualmente a un personaje y a otro, no parece concentrarse en nada, sino que simplemente dar por sentado algo que ocurre y que a unos afecta así y a otros de otro modo. Las posibilidades que en ello veamos retratadas las contradicciones o insuficiencias de nuestra irreflexiva condición urbana, aparecen reducidas a trazos que no buscan construir un mapa de nuestras formas de agrupación.

La disgregación social, la destrucción de la memoria urbana, la segmentación económica y la carencia de una unidad cultural del presente pueden ser grandes temas, pero que la película parece disolver constantemente, como si los compromisos para realizarla hubieran sido tales como para mantener al margen toda implicancia mayor que pudiera incomodar los intereses económicos.

Quedan algunos apuntes vívidos, algunas imágenes de la enorme grúa y la secuencia de la demolición. Pero potencialmente el tema parecía llamado a dar materiales significativamente más profundos.