“Aquí no ha pasado nada”: Ese cinco por ciento
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“¿Por qué, por qué los ricos?” se preguntaban Los Prisioneros hace varias décadas atrás. Los niveles de desigualdad económica en Chile son de los más altos de la región y han sido comparados a los de algunos países de la África Subsahariana. Pero cuando hablamos de desigualdad no hablamos sólo de la económica. Ese viejo ideal ciudadano de que “todos los sujetos son iguales ante la ley” es uno que hace rato dejo de ser real en la práctica y, lo peor de todo, es que la inequidad en el acceso a la justicia es algo tan cotidiano que ya ni siquiera nos sorprende.

Basada en el caso de Martín Larraín, Aquí no ha pasado nada propone un retrato de clase, de esa clase privilegiada no sólo por concentrar los recursos del país y las redes de influencia, sino también porque el sistema en que habitamos está armado para sostener esos privilegios.  El director Alejandro Fernández Almendras ya había ahondado en el tema del acceso a la justicia en su película anterior Matar a un hombre (2014) en donde un padre de clase media que -al ver a su familia amenazada por un matón de barrio- decide tomar él la justicia en sus manos ante la indiferencia de las autoridades.

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En Aquí no ha pasado nada el realizador se centra en Vicente Maldonado -interpretado por Agustín Silva-, un joven superficial y apático que se mueve entre las casas de sus conocidos en Zapallar con el acceso que le da no sólo el ingreso de los padres, sino el apellido, el origen, el barrio y el colegio.  Porque en Chile, la clase no tiene solo que ver con la plata, sino con las redes y las influencias, como quedará demostrado más adelante en la película. Acompañamos a Vicente en sus noches de carrete, en el encuentro con sus pares, en conversaciones y coqueteos que lo llevan como pasajero al auto que, finalmente, matará a un transeúnte. El protagonista, alcoholizado y drogado, ni se entera del accidente en el momento y posteriormente se va a demorar un buen rato en darse cuenta de que sus compañeros de parranda han decidido culparlo del atropello. Es en ese momento cuando los, hasta entonces silenciosos, códigos de clase comienzan a hacerse explícitos para demostrar que incluso al interior de esa clase hay gente y otra gente y que, aunque aparezcan en las mismas páginas sociales, están lejos de ser iguales.

Fernández Almendras filma todo esto con eficiencia y fluidez, con una cámara que se mueve como un testigo curioso al interior de las casas y se detiene en los detalles, en los gestos y en las conversaciones. Que observa cómo el personaje y su entorno van enredándose en el caso, sin que realmente les afecte de manera profunda, sin que cambie radicalmente nada entre ellos el hecho de que una persona perdió la vida y otra fue culpada de ese asesinato.  Probablemente el espectador se impacte más de cómo se van desenvolviendo las cosas que los mismos personajes. Y quizá esa es la sensación difícil con la que uno queda al cierre de la película. El director escogió mirar distanciado, dejar que los personajes vayan mostrando sus relaciones, lo superficial de su devenir y lo poco que de verdad les afectan los sucesos. Aquí no ha pasado nada no nos dice nada que no sepamos o supongamos. La potencia de esta película está en el retrato de esos otros tan distintos, tan influyentes, tan ajenos, incluso entre ellos mismos. Y es quizá esa misma otredad la que hace que, más que indignación, sea una cierta resignación la que acompaña al espectador al cierre de la película. Así son las cosas en Chile y aquí no ha pasado nada.