Allende mi abuelo Allende: más allá del ícono
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Ganador del premio al Mejor Documental en el Festival de Cannes, la película de Marcia Tambutti Allende –hija de la senadora Isabel Allende Bussi- es un ejercicio de reconstrucción de la memoria de una familia en donde el deber político parece haber dejado poco espacio para el duelo personal. 

Según su propio testimonio, una de las cosas que más dolieron a la viuda de Salvador Allende, Hortencia Bussi,  fue que en el allanamiento a su casa después del golpe de 1973 se robaran los álbumes de fotografías familiares. La reconstrucción de esos álbumes, la búsqueda de imágenes de Salvador Allende en el contexto de la intimidad familiar, por parte de una de sus nietas, es el recurso que guía este documental. La realizadora, criada en el exilio en México, intenta reconstruir la imagen de su abuelo Chicho –como le decían sus cercanos- más allá de la potente presencia del político que ha marcado toda su vida.

En el proceso de conversar con su abuela, su madre, su tía y sus primos la directora se va dando cuenta –al igual que el espectador- de que a pesar de ser los guardianes de la memoria del ex presidente y difundir su valores por el mundo –especialmente en el exilio- la familia Allende ha escogido no hablar del dolor de la pérdida personal que la muerte de su marido, padre y abuelo significó para cada uno de ellos. Un dolor que se vio agudizado cuando en 1977 en Cuba, se suicida Beatriz Allende (Tati) la hija más cercana a la carrera política de Salvador Allende. Muerte y duelo del que tampoco se habla en la familia.

La película tiene el mérito de sentirse muy honesta. Marcia Tambutti expone su propia curiosidad e insistencia, y la frustración que le provoca el silencio inicial de los que la rodean. No sobreprotege la imagen de sus parientes, ni mitifica la de su abuelo. En esta búsqueda también quedan explicitadas algunas sombras del hombre detrás del icono. Pero no es un afán iconoclasta lo que motiva su investigación, sino la inquietud valida y comprensible de cualquier persona por conocer sus raíces. Y allí la construcción visual de la película hace un trabajo que permite que la empatía del espectador, supere la curiosidad voyerista por la intimidad del sujeto célebre y comparta el viaje de memoria al que invita el documental. Porque no hay un énfasis en celebrar la figura pública del ex presidente, al contrario es en oposición a esa figura, aunque no se la niegue, que se hace esta búsqueda.

Este trabajo podría situarse en la línea de los documentales en primera persona que hablan de la dictadura desde los hijos de los protagonistas. Películas notables como El edificio de los chilenos, Mi vida con Carlos o La ciudad de los fotógrafos son todas obras que han permitido al espectador ir más allá del discurso militante sobre el golpe y comprender de una manera más empática lo que significaron en la vida de miles de personas, ese 11 de septiembre de 1973 y sus consecuencias. El poder de este grupo de documentales es que hablan desde la propia vivencia y lo que comparten son experiencias tan profundas que superan –al tiempo que enriquecen- el discurso histórico sobre esos tiempos terribles. Y se agradece que en un país en donde no hemos aún desarrollado una verdad oficial al respecto; en donde tantos casos de violaciones a los derechos humanos quedan aún sin investigar; en donde ni el Estado, ni el Ejercito (como parte de él) se han hecho cargo de sus horrores sean las experiencias humanas las que nos permitan repensar lo que perdimos como país.