Aguas Calientes: afinando la mirada y el instinto
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1980
Santiago, Chile

Con sólo 30 años, el director Cristián Vidal ya cuenta con 9 trabajos a su haber, desde largometrajes de ficción, pasando por cortos, además de documentales. En estos tiempos de fácil acceso tecnológico el número puede parecer no tan impresionante, pero lo es cuando se nota que es un cuerpo de trabajo serio, cuidado técnicamente y con la intención de instalar una mirada artística y no sólo sensacional. Algo que ha ido madurando hasta llegar a destacables trabajos como el documental Estructuras Metálicas, estrenado recientemente en FECISO y que continúa una temática del director sobre talleres de poesía desarrollados en cárceles chilenas.

Aguas Calientes, estrenado el año 2010 en Fidocs, forma parte de este rápido proceso de crecimiento. Un trabajo que pilló de sorpresa al realizador, ya que trata sobre el suceso ocurrido en las cercanías de Machu Picchu, donde miles de turistas quedaron encerrados entre Cusco y las famosas ruinas producto de las crecidas de los ríos a causa de las lluvias.

Con su cámara de fotos, Vidal (un turista más) registró los sucesos, la mayoría inserto dentro de los casi 300 chilenos que se agruparon para organizar las comunicaciones con el exterior, distribuir alimentos y abrigo. Se ve entonces la desesperación que cundió en un momento porque la ayuda no llegaba o por la pobre respuesta de las autoridades peruanas, pero también registra (que es lo que separa al documental de un mero reportaje) la organización y adaptación ante tal situación, que incluso da lugar a paradójicas escenas de tocatas y bailes de cueca (con uno participante con la polera de Colo-Colo).

Todos, sucesos grabados de manera impersonal (aunque hay momentos en que se oye la voz del director, pero ésta nunca dirige la narración), siempre apuntando al grupo, a la angustia y acciones como sensaciones conjuntas, sin personalizar, haciendo que el documental esquive los clásicos vicios televisivos, esos que lleven todo suceso más hacia la anécdota al dramatizarlo todo, al banalizar los procesos.

Aguas Calientes, se posiciona así como un registro valedero en cuanto al mencionado hecho y, además, pone a prueba un principio básico del documental: la capacidad de pararse cinematográficamente con solidez y sobriedad ante un suceso no calculado y digno de ser registrado, algo que si se realiza con delicadeza y una mirada sobria y bien estructurada, puede dar pie a grandes trabajos. En este sentido, quizás el ejemplo canónico (y no sólo chileno) sea La Batalla de Chile de Patricio Guzmán.

Para un director que forja su estilo, este documental no hace más que afianzar tal proceso, además de confirmar la existencia de un buen instinto.