Abuelos, de Carla Ávila
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(2010)
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La directora Carla Valencia es hija de ecuatoriana y chileno. Esto no sólo le entregó dos orígenes y raíces diversas, sino también un pasado familiar totalmente contrapuesto. Por un lado, está su abuelo ecuatoriano, un casi mágico doctor alternativo, que elaboraba medicamentos que sanaban desde una amigdalitis hasta un cáncer cerebral, algo que él mismo sufrió y que lo llevó a pensar que podía alcanzar la vida eterna. Por el otro, está su abuelo chileno, destacado dirigente comunista iquiqueño, que una vez llegado el golpe, es apresado, enviado a Piragua y luego ejecutado vilmente por la Caravana de la Muerte.

Es ese quiebre, esas dos dimensiones, las que el documental presenta y por las que se desarrolla, una donde se enfrenta un lado donde la vida primó más, con otro donde la muerte y el horror lo inundó todo. Frente a esto el planteamiento de Valencia es siempre sencillo estéticamente, con arrojos de imágenes que sugieren cierta poesía y profundidad con una quietud y enfoques de paisajes. También lo es argumentalmente, donde su voz en primera persona varía entre reflexiones y un estilo más de crónica respecto a los aspectos que va descubriendo de cada abuelo, los que se van cruzando y expandiendo a través de los encuentros con sus tíos y padres.

Así, el documental a través de su voz en off es sincero y transparente emotivamente y es quizás lo que más se le agradece. Claramente, aquello resulta por mérito de un montaje que equilibra bastante bien cada historia, entre pesares y anécdotas, provocando que el espectador se sumerja con facilidad en los perfiles de cada abuelo, creando finalmente una cercanía que se dan con bastante naturalidad.

Visualmente, Abuelos es un documental bastante accesible y sencillo. No pretende mucho más de lo que plantea evidentemente, no busca denunciar, lo que se le agradece. Aunque a veces, aquella sencillez y poca pretensión cae, casi por un afán reporteril, en una abundancia de testimonios y entrevistas (con una voz en off que peca de descriptiva) que buscan en demasía hacer creíbles ciertos aspectos de sus abuelos a través de testimonios, haciendo que por momentos la cinta se enturbie narrativamente, descarrilándola del perfil más reflexivo, que es por donde debería ir más un documental en primera persona. Es que de hecho, cuando asume completamente esta posición más reflexiva, el documental logra momentos bastante rescatables, emocionantes y hasta poéticos, cómo cuando Valencia piensa sobre los momentos en que sus abuelos enfrentaron cada uno su muerte: por un lado, con los paisajes selváticos que enfrentaba su abuelo ecuatoriano, por otro, con las ruinas de Pisagua y tétricos dibujos que grafican las muertes y torturas de los presos políticos.

Finalmente, la película sabe manejar muy bien sus penas y luces, no quedando más que reconocerle una gran capacidad por instalar una entrañable y emotiva mirada sobre vidas que ya no existen. Vidas que parecen a simple vista muy ajenas, pero que Abuelos termina con su sinceridad y con sus cuotas de pasión por convencer de su validez e importancia, convirtiéndolas en universales y necesarias para entender pasados orgullosos, también bastante dolorosos, pero en ningún caso olvidables.