A la sombra del sol, de Silvio Caiozzi y Pablo Perelman
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Cuando apareció esta película no eran buenos tiempos para hacer cine en Chile.

La represión contra la actividad audiovisual estaba comenzando a refinarse y todavía no estaba muy claro hacia dónde se dirigiría la dictadura. Era el año 1974 y el sólo estreno de la película ya parecía un acto desafiante. Visto a la distancia el gesto era claramente político: una historia sobre justicia popular que una comunidad ejerce sobre dos violadores. ¿Quedó clara la metáfora?

En aquel momento no. Se la tomó, prudentemente, como una narración centrada en una cultura particular y sobre un hecho ocurrido casi medio siglo antes. Nada más, Eso no contribuyó a crear polémica, ni al éxito de la película, que pasó sin pena ni gloria. Hoy no es posible verla sin considerar esas restricciones circunstanciales, las que engalanan de coraje a la obra, que se ve con nuevos brillos del que se podrían sacar importantes lecciones, a pesar de algunos evidentes límites.

Surgida de un acontecimiento realmente ocurrido en el pueblo atacameño de Caspana, la película marcaría involuntariamente el fin de una época del cine chileno oficial y estrenado en salas y el comienzo de otro, subterráneo y alternativo, que duraría hasta el retorno de la democracia.

El relato conservado por algunos parientes de los involucrados pasaría a tomar forma de guión cinematográfico en las manos, algo inexpertas, del poeta Waldo Rojas, lo que explica buena parte de los ripios dramáticos de la historia, de por sí altamente potente. La falta de mayor relieve de los protagonistas, un par de fugados de la cárcel de Calama, impide que se desarrolle un verdadero drama que involucre nuestras emociones como espectadores. A pesar de ello, los actores protagónicos, Alejandro Cohen y Luis Alarcón, logran elevar el diseño de sus personajes gracias a su innegable carisma y oficio, permitiendo que la lineal historia tenga algunas matizaciones.

Por otra parte los directores Caoizzi y Perelman eran también debutantes en la dirección y se nota. La carencia de un punto de vista definido con respecto a lo que se narra, hace que las imágenes se vean constantemente tentadas por dos visiones contradictorias. La primera privilegia la belleza plástica del lugar, en lo que obtiene material de primer orden, como la entrada al pueblo o aquella impresionante roca a cuyos pies los protagonistas están atados. Pero por otro lado el buscado realismo documental impone un hieratismo distanciado que no se amalgama bien con los ribetes emocionales presentes en la historia. Resultado de ello es que la película resulta fría y bastante plana, dejando una cierta sensación de innecesaria distancia, cuando el material entre manos era potencialmente muy intenso.

El hecho de que el pueblo tenga una sola bala para efectuar la ejecución de dos individuos, habría hecho las delicias de un guionista profesional. Pero aquí tal situación se da por descontada, como sucede también con el interesante y misterioso personaje de Marcelo Gaete, que simplemente no vuelve a aparecer. Tampoco las víctimas tienen la presencia suficiente como para motivar un hecho de sangre que traerá consecuencias funestas para la comunidad, cuyos valores tradicionales deberán entrar en necesaria colisión con la justicia oficial, otro tema enorme, pero soslayado en la narración, que se contenta con enunciarlo verbalmente. No es que había que exigirle a esta historia que se transformara en nuestra “Fuenteovejuna”, pero el referente es, por otro lado, ineludible para quien tiene sus lecturas escolares al día.

Pero en reemplazo de ello la película ofrece algunas de las mejores imágenes de una comunidad rural vistas nunca en el cine chileno. El ritmo cansino de la geografía, de la arquitectura tradicional, de las costumbres del pueblo, de sus ritos cotidianos, de su luz y de sus colores, hacen de A la sombra del sol  una obra ejemplar en su género. Es difícil abstraerse de tal atmósfera y es en esa veta donde los logros se imponen ampliamente, superando la carencia dramática del guión. Toda una lección de respeto por la antropología de un lugar, que podría dar muchos frutos a quien quisiera explotar la riqueza de nuestra memoria colectiva, hoy tan poco utilizada por nuestro cine. No es difícil imaginar lo que podría aflorar de tal vertiente. Un cine como el iraní ha sabido transformar materiales humildes como este en cumbres reconocidas por todos los públicos. Desgraciadamente aun los cineastas chilenos parecen no tener suficientemente desarrollada la conciencia de nuestra identidad, como para confiar en ella y mostrarnos al mundo.