CRÍTICAS Y ESTUDIOS
Registro de Existencia: rastros de un pasado desechable
Por Marcelo Morales C.
26 de enero de 2010
El realizador Guillermo González ha forjado ya una obra documental más que interesante a pesar de situarse en los bordes del reconocimiento público, debido a que sus obras son marginalmente exhibidas. A fines del 2009, al menos, se estrenó por un par de semanas Registro de Existencia en el Cine Arte Alameda, en conjunto con el corto-ensayo Remitente, una carta visual de Tiziana Panizza.

Antes, la película había pasado con excelente recepción por FIDOCS 2009 y en el Festival de Cine //B2, donde obtuvo el premio principal.

Es importante valorar el trabajo de González pues busca un camino propio desarrollando una apuesta poco usual dentro del reciente cine documental chileno (quizás los últimos trabajos de la dupla Perut y Osnovikoff buscan lo mismo), al querer imponer siempre por encima de esa habitual y descontrolada fe por las palabras, por esa abundancia discursiva de los protagonistas que evidencia a veces demasiado el propósito de un filme, un lenguaje que se acerque a la esencia cinematográfica: develar a través de la pureza de las imágenes, respetando el tiempo propio de sus planos y movimientos, una cierta realidad que se busca instalar.

Aquella ambición puede que tenga sus traspiés dada su ambición, pero en general reconforta ver un trabajo así que no caiga en personalismos ahogados en sentimientos y expiaciones que nublan finalmente todo propósito dirigido al espectador, resultando más que nada trabajos anecdóticos y, por ende, poco asibles estéticamente hablando. El documental de González habla desde una marginalidad (desde un basural clandestino) y desde una cercanía que se devela y conmueve al ser la historia de un trabajador común que se construye a partir de recuerdos (fotos y documentos) que son encontrados en este basural de la V Región por el artista visual G. Colón. Así, no sólo se habla de la futilidad de la memoria en estos tiempos, sino en lo desechable en que se ha convertido nada menos que una vida.

González instala esta idea a partir de una serie de largos planos que en un contrastado blanco y negro captan el basural como si fuera una ciudad devastada. Ello para luego escuchar la voz de una persona que habla de cómo las grandes compañías electrónicas han ido disminuyendo la calidad de sus aparatos en pos de un mayor consumo gracias a la rápida caducidad de los productos. Es este un personaje misterioso que instala astutamente un nudo que se camufla al instalar luego la mirada desde G. Colón, un artista que ha forjado una obra a partir de construir piezas e instalaciones con basura encontrada en el basural clandestino.

A partir de ahí nace el misterio que le da vida al film: la aparición de documentos y fotos de un tal Hugo Cortés, lo cual obsesiona al artista y lo lleva a querer reconstruir esa vida a partir de estos elementos. Es aquí donde se da el paso de hablar no sólo de lo volátil de nuestro entorno y del pasado dentro de los mecanismos del mercado, sino también de la tragedia que es aplastar todo sentido de trascendencia, el cual ha ido a parar a un lugar en donde las ratas se alimentan de él.

Puede que con esta “papa caliente” surja un entusiasmo que le pasa la cuenta por momentos al documental, haciendo que se extravíe el interés al estirar demasiado los tiempos con el artista G. Colón hablando de él y su trabajo. Pero al desplegar las misteriosas fotos de fiestas y vacaciones de alguien llamado Hugo Cortés (según dicen un par de documentos) con criterio y siempre con un montaje de ritmo sincopado que invita siempre a la autorreflexión, la cinta se da maña para instalar la angustia de ver cómo una historia personal se hunde en el anonimato, o más grave aún, como el cuerpo y la memoria han llegado al mismo nivel de caducidad que un televisor o un equipo radial. En resumen, la vorágine mercantil lo ha consumido todo.

Así, el sentido de trascendencia estaría más en peligro que nunca y que un documental chileno se la juegue por construir tal enfoque no en términos impositivos o dentro de sí mismo ni de manera obvia, sino principalmente en su fe en la relación imagen-espectador (o cine-mirada), tiene ya una valorización más que merecida. Porque, lo más interesante de Registro de Existencia, es que sus a veces enigmáticas imágenes y particular historia siguen operando una vez terminada la película.

Sumando a ello y con el valor agregado de ver la resolución al misterio de Hugo Cortés, Registro de Existencia termina por ser un filme que supera la media del documental actual. Es una película arriesgada en un país en el que el sentido de “memoria” cada vez se familiariza más con recordar anécdotas que con construir una identidad consciente de un pasado que derribe este espíritu de creer enceguecidamente en cualquier futuro que nos pongan por delante. Y su mayor mérito es lograr todo esto con elementos tan sencillos y aparantemente vagos, tanto así, que pueden ir a parar a un basural.