CRÍTICAS Y ESTUDIOS
Zurita, de Alejandra Carmona
Por Claudio Herrera*
28 de octubre de 2018

* Crítico y creador de Abreaccion.com, sitio de crítica de cine nacional e internacional.


Al inicio del documental Zurita, se nos presenta al poeta que piensa en una obra. Desde Pisagua –región  de Tarapacá– ese desierto donde los cuerpos de obstinan al paso del tiempo. Raúl busca injertarle palabras a la arena del desierto porque considera que esa es una forma de ir ajustando cuentas con los cadáveres a quienes se les postergó ser sujetos de duelo. Pero también con él mismo. Zurita envejece y lo sacude una corporalidad que percibe ajena y acelerada: piensa su cuerpo a destiempo. En ese sentido, parte del trabajo que se recopila en Zurita tiene mucho que ver con la debacle de cómo un sujeto, un poeta tan lúcido como trágico, se las arregla con la perspectiva material de su propio deterioro.

El documental de Alejandra Carmona orbita en torno a estas dos trayectorias: la primera, vinculada al recorrido por la experiencia estética dentro de la obra de Zurita, y la otra, más testigo de su tránsito vital. Aquí vida y obra son seguidas con parsimonia dialogante, alternando de manera paralela la forma como Zurita hilvana una sensibilidad personal puesta al servicio de la obra poética o la instalación; al tiempo que lo va alcanzando un padecimiento inesperado e inextinguible. Raúl exhibe, durante momentos reiterados en el documental, un movimiento estereotipado que le recorre del torso a las extremidades. Presentando, cuando reposa sentado, titubeos rítmicos que exceden su control. Arrecia la enfermedad de Parkinson, condición crónica que el poeta internaliza y asimila a contrapelo de su incombustible plenitud y lucidez creativa. Hay, en ese sentido, un valor en la radiografía que humaniza a un poeta que también ha sido históricamente proclive a pensar poéticamente la fractura de la corporalidad, esa manera que tienen los cuerpos de ser campos de batalla de fuerzas extrañas que los exceden y que a veces también los trastocan.

En ese contexto, el documental tiene el mérito de equilibrar –y en algunos momentos, sintetizar con ingenio– la vida deteriorada de un sujeto muy humano, pero también compensando una voluntad creativa que no se detiene. Como el movimiento permanente que porfía el control voluntario del poeta, las formas a través de las cuales Zurita va pensando su obra poética tampoco se detienen. Al contrario, se ordenan en un permanente ejercicio de reflexión sobre los vaivenes de su propia acción prolífica. Carmona acompaña, introduce su cámara en el espacio cotidiano y también en el espacio creativo, otorgándole la palabra de manera exclusiva a Zurita, quien busca exponer, explicar, ordenar y situar las obras, no sólo profundizando, sino que también introduciendo a quien puede no estar necesariamente cercano al trabajo del poeta, por ejemplo, como parte de Colectivo de Acciones de Arte (CADA) o como expositor en bienales. La directora en ese sentido, también logra recopilar un Zurita para entendidos, pero también a ese poeta que a ratos precisa puertas de entrada, a partir de una puesta en escena que recurre al relato de fragmentos y cuasi-cronológico al servicio de la primera persona. Es un trabajo que logra ubicarse en la bisagra entre lo pedagógico, lo ilustrativo, pero también en la profundización de la alegoría que instala. Siempre respetando el hecho de que también el documental se interesa por el retrato de un sujeto y su propia circunstancia.

Ahí, quizá, la iniciativa individual gana en profundidad lo que pierde en contexto, situando al poeta en relación a su propia trayectoria más que desde sus pares de generación o a la impresión de los otros significativos respecto de la obra de Zurita. Pero tal vez ese detalle nos hable de una decisión de la realizadora, o de propia contundencia de la figura de Zurita: agitador de conciencias pero también contrabandista imperfecto de fragmentos de la guerra y de la calma.