CRÍTICAS Y ESTUDIOS
Flow, de Nicolás Molina
Por Claudio Herrera*
8 de septiembre de 2018

* Crítico y creador de Abreaccion.com, sitio de crítica de cine nacional e internacional.


Cuando los intertítulos del prólogo de Flow sustentan el relato en la descripción de dos ríos –el Ganges, de la India septentrional, y el Bio-Bio, que atraviesa la región que denomina– la relación  entre ambos podría parecer antojadiza. Por suerte, no lo es. Ya que no es gratuita la conjetura respecto de la importancia de la hidrografía en la constitución, consolidación y asentamiento de todas las civilizaciones que la tienen de sustento. Bajo esa premisa, lo que vuelve a Flow muy interesante es, de hecho, su capacidad de hablar y mostrar la alteridad, prescindiendo del relato pedagógico y afortunadamente sólo sobrevolando la exploración etnográfica más tradicional.

A partir de un montaje que yuxtapone ambos contextos de manera secuencial –en lo que vendrían siendo pequeños fragmentos que sintetizan los usos culturales de los grupos que habitan ambas cuencas– Flow despliega y destaca un punto de vista que exhibe su singularidad al definirse por cierta posición descentrada del lugar que se interesa en documentar. Una posición implicada sólo en la medida que constituye un lugar determinado desde el cual se filma. En ese sentido, hay un abandono del folklorismo “étnico” que rodea al estudio de algunas costumbres, que aquí da paso a una construcción más bien interesada en los saberes prácticos que se ponen en juego ahí. Recoger piñones, jugar al cricket o embadurnarse con barro arcilloso para pedir limosna son prácticas –formas de conocer– que tienen una función estricta en referencia al contexto en el que aparecen. En este sentido, Nicolás Molina, su director, se vuelve criterioso y complejo al hacernos familiar una vivencia al tiempo que reconoce, en ese mismo ejercicio, una cultura que también se nos vuelve inescrutable. No necesitamos saber todo lo que los indios hacen para notar, en esa práctica, algo que nos acerca y nos aleja de ellos y sus usos.

Ahí quizás emerge otro mérito de la aproximación: cuando cuestiona con su puesta en escena la noción de centro y periferia. Cuando se nos revela la humanidad subyacente en la manera de construir comunidad de cada grupo, o en el momento cuando ambas idiosincrasias se terminan emparentando, aparece una síntesis que revela que el centro –o la idea que rodea esa entelequia– siempre ha estado definido desde el lugar que lo propone. En ese sentido, el único centro quizá sea el río y no lo que sucede con los sujetos –ni menos con algunos de esos  sujetos– en sus orillas. En ese contexto, Flow nunca se olvida de ese lugar azulado e infinito a partir del cual se construye el mundo: porque de hecho lo delimita. Afortunadamente, ese posicionamiento no justifica un énfasis insistente o artificioso de la referencialidad del mar, sino que también se permite filmar toda la singularidad que surge a propósito de ese accidente que es habitar el mundo que el río define para los indios, bengalíes o penquistas. En ese sentido, su propuesta descriptiva y formal se emparenta con lo que pudo haberse visto en lo que, por ejemplo, un documental como Propaganda (2014) puso al servicio de las elecciones presidenciales en 2013.

Por otro lado, la puesta en escena de Molina rescata momentos cotidianos, rutinarios y tal vez incidentales, lo que permite que ahí se nos revele aquello que nos asemeja, con las diferencias evidentes que nos constituyen, a todos con todos. En definitiva y parafraseando una lectura que Tzvetan Todorov hizo alguna vez de Goethe, tratando de hacer énfasis cuanto sea posible en la particularidad; de manera tal de descubrir, en ella, aquello que hay de universal. En ese contexto, Flow se esfuerza por el equilibrio en la representación de sus dos idiosincrasias, pese a que tal vez en algún momento profundice más en su propio punto de referencia que en aquél al que se le busca asemejar. Tal vez sea un criterio personal meramente etnocéntrico, pero la presentación de los habitantes de la cuenca del Bio-Bio en ocasiones suele ser preponderante, en la complejidad de sus costumbres, en relación a sus semejantes indios. Lo anterior, más que falencia, tal vez hable de la imposibilidad de renegar del propio lugar de enunciación.

Fuera de esto, Flow se erige como un esfuerzo documental logrado, depurado, hábilmente montado y con el mérito suficiente para ser capaz de abandonar, durante todo su metraje, ese manoseado imaginario de construcción de la otredad junto con sus peores estratagemas.