CRÍTICAS Y ESTUDIOS
Perkin, de Roberto Farías
Por Laura González Márquez
8 de septiembre de 2018

Roberto Farías vuelve a incursionar como director, realizando su tercer largometraje. La película nos cuenta dos días de las vidas de un grupo de hombres, trabajadores, representativos de la clase media baja, que intentan sopesar las tardes en la capital. Están de fiesta porque El muñeca (Sebastián Layseca) ha recibido una gratificación por parte de su jefe y decide invitar al grupo a festejar. La película transcurre desde el momento en que comienzan a juntarse, en una plaza, luego en una cervezería, para terminar la noche en una casona residencial de mala muerte. Todo ello se visibiliza con el foco puesto en la psicología de los personajes, en su deambular y en sus quejas sin destino, en una exageración teatral que  bordean incluso lo esquizofrénico. La relación con el trabajo, las mujeres y la pareja, la ciudad y la memoria, se insertan en un submundo de lo cotidiano en que todo está enrarecido por un tedioso malestar, pero apaciguado por el goce alienante y vacío del momento.

En este contexto, la particularidad autoral de Farías intenta recrear situaciones denigrantes y confusas, llenas de ambigüedades y falta de sentido, carcomido por las pulsiones y estados anímicos. Así se genera esta representación de un sector de la sociedad incómoda tanto por su posición actual como por su memoria, y que se traduce en el carácter excéntrico de los personajes. Las peleas, las risas, los encuentros y desencuentros se anclan en una búsqueda un tanto experimental en su puesta en escena, utilizando recursos que deambulan entre lo ensayístico y lo teatral. Con ayuda del alcohol, los personajes transitan entre el miedo, la rabia y la alegría. Y es que en Perkin, El muñeca, el Laucha, el Bigote y el Careloco portan un dolor interno que se refleja en sus temperamentos y que sacan a relucir transformando cada situación en un posible caos.

Desde el tratamiento visual y de locaciones, se opta por el retrato de una cotidianidad con una estética documental de lugares comunes dentro de la capital. El cerro Santa Lucía o el Parque Bustamente como escenarios que familiarizan al espectador con la realidad de los personajes, que a su vez, se transforma fácilmente en un mundo onírico y penetrante determinado por la oscuridad de los mismos.

Con todo esto, la película de Roberto Farías tiene concordancia con sus obras antecesoras, en su búsqueda por el retrato de submundos periféricos a pesar de obedecer al sistema y cumplir sus reglas. Personajes como el protagonista de Quiero entrar (2011) y de Bareta (2013), refieren a una necesidad de penetrar en la psicología de una clase social y política fuera de lugar, en una crisis existencial producto del desamparo de un sistema moderno esclavizante y violento.