CRÍTICAS Y ESTUDIOS
El Taller: Atrapados en su propia causa
Por Antonella Estevez
12 de agosto de 2018

La película de José Tomas Videla, El Taller, se presenta a sí misma desde dos lugares: el trauma y la violencia. La primera escena muestra a su protagonista en una situación brutal que detonará su accionar por los siguientes años, donde se transformará en un influyente intelectual de las letras y gestor, en las sombras, de violencia política. En las escenas siguientes vemos a uno de los asistentes al taller de este maestro encaminándose a su encuentro mientras en la pantalla leemos titulares que dan cuenta del atentado con bomba molotov sobre un carabinero y la reacción indignada y aterrada de la población. Con esta introducción la película dice bastante sobre su propuesta narrativa y también sobre su mirada política respecto al Chile de hoy.

La acción transcurre durante una noche en que un grupo de seis alumnos se reúnen con el destacado académico David Sanhueza -interpretado por Daniel Muñoz- en los recintos de una universidad para realizar allí una serie de actividades que les permitan encontrar en ellos el poder para escribir y actuar. Rápidamente la película va develando que el profesor es un activista que busca reclutar a estas personas para involucrarlas en acciones de violencia contra el sistema. A lo largo de la narración vamos conociendo los dolores de cada uno de los asistentes y sus razones para ver en la poesía, y en este profesor, una posibilidad de darle sentido a sus existencias.

La construcción visual de la película es eficiente y dinámica, permitiendo al público entrar rápidamente en el conflicto y entender claramente cada una de las acciones. Aunque probablemente eso mismo sea lo menos interesante de la propuesta narrativa de El Taller, ya que recuerda las lógicas de un telefime, en el sentido de que cada plano es útil y esclarecedor y que cada elemento –especialmente la sobre enfática musicalización- están ahí para guiar al espectador por el camino señalado por el guión, sin dejar zonas grises ni espacio para el desarrollo de sus propias reflexiones.

En un momento de nuestra sociedad en que desde el estado la idea de orden prevalece sobre la de justicia, en la que la propiedad privada tiene más valor que la dignidad de las personas y la construcción de memoria sobre las violaciones a los derechos humanos se califica como manipuladora y mentirosa, me inquieta un discurso en que las movilizaciones sociales –hoy único espacio de expresión de la disconformidad de la población respecto a las decisiones del poder- aparezcan como nocivas y extremas. Y aunque es evidente que la lógica del personaje del maestro es cuestionable –la idea de que para erradicar la violencia hay que atacarla con violencia es la base de cualquier extremismo- para mí el problema de El Taller es que vincula esa acción política con el trauma personal y no como resultado de un orden social que ejerce sistemáticamente violencia sobre las personas. Al instalar el origen del extremismo del personaje en su dolor personal, el discurso de la película instala a este villano como un enfermo y le quita a su mirada toda posibilidad de argumento y por lo mismo disminuye la posibilidad de empatía e interés que el espectador podría haber desarrollado con él.

Hay ideas poderosas detrás de esta película, ideas que –me parece- nos hace bien poner sobre la mesa y discutir: el poder de la palabra sobre las armas, la actualidad de la poesía como herramienta de intervención social, la manipulación del poder y otras que, en aras de instalar una narración clara y determinada, terminan siendo simplificadas y pierden el interés de su complejidad y la posibilidad de invitar al espectador a una reflexión menos dirigida y más personal que permita generar una experiencia que lleve al diálogo. Para mí ese es el poder del cine, otorgarnos una experiencia que nos ayuda a mirar las cosas desde otro lado, que nos invite a compartir esa experiencia con otros y ahí, dialogando, es en donde descubrimos que el poder de las palabras es más poderoso que las armas.