CRÍTICAS Y ESTUDIOS
Il siciliano, de Adriazola, Sepúlveda y Pizarro. Un cine detonador
Por Marcelo Morales C.
11 de julio de 2018

Se ha comparado a Il siciliano de Carolina Adriazola, José Luis Sepúlveda y Claudio Pizarro, con Un hombre aparte, de Bettina Perut e Iván Osnovikoff. Las hermanaría una forma de perfilar sin piedad la decadencia del personaje protagonista, con una forma, estilísticamente hablando, bastante directa o cruda, como hecha sin filtro. Ese desapego con el personaje estaría esquivando una empatía o cercanía que hace cuestionar el valor del registro, como también su valor ético o moral.

Es curioso lo que sucede en este ámbito con el cine documental, al que se le exigen parámetros mucho más estrictos que los que se le achacan a la ficción. ¿No corre la moral cuando una comedia se ríe de alguna discapacidad, o cuando se representa burdamente la pobreza? Claro, el documental con esa idea de que lo que muestra viene directamente de la realidad, debería serle “fiel” a lo que registra, empático. Al momento de su estreno, Un hombre aparte justamente removía estos límites, los cuales cruzaba para graficar brutalmente los demonios del personaje, componiendo imágenes que continuamente jugueteaban con la incomodidad del espectador, buscando más que “figurar”, “configurar”, es decir, que cada secuencia buscara en esa figura decadente un concepto mayor a lo que se ve. Es un trabajo mayor para el espectador y, a la vez, es una forma donde el documental suelta amarras, se vuelve ambicioso al coquetear incluso con la ficción, con un personaje que finalmente no está tan despegado de la cámara, sino que todo lo contrario, está conscientemente ayudando a crear esos significados. Ante esta cercanía tan brutal, el rechazo es posible, como también la fascinación. Hay una pulsión más fuerte. Es justamente esto lo que Il siciliano busca y logra.

Su planteamiento señala finalmente que no pueden haber puntos medios con un personaje como Juan Carlos Avatte, reconocido empresario dedicado a la confección y venta de pelucas, cuya fortuna tuvo un pasado glorioso, sobre todo durante la dictadura. El documental lo muestra viviendo los resabios de aquella gloria, con seguidores que lo glorifican, pero la realidad (o la película) lo muestra finalmente sobre una realidad de cartón. Ahí es donde la película arma momentos surreales, a ratos directamente absurdos, con dobles de Sandro, Camilo Sesto, Julio Iglesias y otros “ídolos” que animan las constantes fiestas de Avatte, ritos dionisíacos donde justamente Avatte busca enmascarar su vejez, su cercanía con la muerte, en resumen, el fin de los buenos tiempos. Su evidente peluca, es todo un símbolo de esta actitud. Ahí también entran las mujeres, la prostitución y una banda de colaboradores, que actúan como en una mala película filmada en Miami. Con todo esto, la idea poco a poco se va fraguando: emerge un relato sobre la decadencia del poder, la de un poder entendido no como el que da una capacidad para transformar o manipular las cosas, sino sólo para la propia glorificación.

En este sentido, Il siciliano es una película que va por una vía un poco distinta a Crónica de un comité, el anterior documental de Carolina Adriazola y José Luis Sepúlveda. Distinto en el sentido de que en esta nueva película no existe una clara intención discursiva o política. El sentido de ella se construye de a poco y abstractamente, hasta llegar a una implosión de todos los elementos en un final perfecto para el relato, liberando sentidos más trascendentales, aunque menos evidentes. Mientras que en Crónica de un comité su propósito nacía del lado de la denuncia (la lucha por la justicia de la muerte de un joven de una población de Santiago), que dada su cercanía con los personajes, iba además, revelando sus dudas y conflictos internos. Pero siempre con el elemento político claramente como centro y guía.

Il siciliano es una película más abierta y maleable, por ende, más arriesgada e inevitablemente más irónica y, a pesar de ciertas críticas, mantiene una cercanía con el personaje, pero una cómplice con sus delirios, volviéndose incluso claustrofóbica. Finalmente esa cercanía va en la búsqueda de que la cámara revele a un rey que está desnudo, pero aunque aún se esfuerza en convencer que viste ropas doradas. Como ya se dijo, el poder en decadencia, configurado gracias a un barroquismo de temporalidades que chocan gracias al desfile de figuras discordantes y absurdas, por sonoridades que se disparan junto a una cámara inquieta e impertinente.

De ahí brota la ambigüedad de la película, también los posibles cuestionamientos éticos, a la vez, también la fascinación que provoca. Adriazola, Sepúlveda y Pizarro con ello están aspirando a que el espectador vea un poco más allá de la superficie, de la anécdota, aunque quizás el precio a ratos sea incómodo. Para ello configuran una película energética, repleta de sentidos posibles, de personajes, de estímulos, de atrevimientos. Se puede decir, en resumen, que es mucho más cinematográfica que sus anteriores películas, en el sentido de que es el fluir de las imágenes las que crean sentidos, sin evidenciar mucho sus propósitos. Ante tal oferta, el resultado depende de cada uno, aunque es imposible que la indiferencia sea una posibilidad.