CRÍTICAS Y ESTUDIOS
La isla de los pingüinos: la trascendente lucha adolescente
Por Antonella Estevez
23 de mayo de 2018

Uno podría tener la tentación de pensar que esta película se trata de los movimientos estudiantiles del 2006 y, aunque ese momento de nuestra historia reciente es fundamental para este filme, no es sino el contexto en el que se mueven los personajes. La isla de los pingüinos es un largometraje de ficción que se enfoca en sus personajes y retrata la vida de un grupo de adolescentes imaginarios durante la toma de un colegio también imaginario en un contexto histórico real. Hacer esa distinción es fundamental para entender los objetivos y límites de esta propuesta.

El director Guille Söhrens, fue uno de los miles de estudiantes secundarios que participaron en las movilizaciones del 2006. Esa experiencia le animó a reunirse a los guionistas Javiera Moraga y Javier Muñoz Percherón para escribir esta película sobre el hacerse adulto en un contexto de alta trascendencia social y política, y que se instala en la narración desde la mirada de uno de los personajes: Martín, un chico que viene llegando de Constitución e integrándose a este colegio particular subvencionado y que utiliza la cámara como herramienta de registro y de protección.

A través de la mirada de Martín vamos conociendo al resto de sus compañeros, adolescentes que parecen responder a ciertos estereotipos y al mismo tiempo no, cada uno construido con características únicas y con su propia agenda para participar en las movilizaciones, creando la sensación que no hubiera sido difícil efectivamente encontrarse con uno de estos personajes en las diversas marchas que se desarrollaron en esta época.

Las películas que narran el momento de crisis en que un adolescente se topa violentamente con tener que tomar decisiones de adulto, se han transformado en un interesante género cinematográfico – denominado Comingofage- al que esta película podría sumarse con méritos propios. Ella misma se alimenta de diversas fuentes y se va moviendo por diversas influencias. En un primer momento recuerda a la excelente El estudiante (2011) de Santiago Mitre, por su evidente interés en retratar el brutal mundo de la política estudiantil ligada a la militancia partidista, pero a medida que se va desarrollando nos damos cuenta de que su vocación está más ligada en qué les sucede a los personajes en el contexto de esta movilización, a las relaciones que les van revelando quienes son, que a enfocarse en los juegos del poder. Ahí recuerda más a clásicos como The Breakfast Club (John Hughes, 1985) en donde es el contexto de encierro y el encuentro con los otros, lo que va obligando a los personajes a definirse y a separar lo que dicen que son de lo que realmente son.

El atractivo de La isla de los pingüinos es mezclar esos procesos que son tan fundamentales y definitorios para cada persona con el contexto de una movilización que marcó a toda una generación y transformó al país. La narración constantemente pasa de lo micro a lo macro explicitando lo exigente que fue para todo este grupo de adolescentes tener que hacerse cargo de ideales que sus antecesores habían olvidado. A menudo pasamos por alto que la reorganización social y política, el desarrollo de un discurso coherente, la reacción estratégica a las propuestas desde el poder se mezclaba -en los protagonistas de este movimiento- con los cambios hormonales, los procesos de construcción de identidad propia, los primeros amores y desamores y todo ese inquietante mundo que es la adolescencia. Y si bien es cierto que hacia el final la película parece sobrepasarse y perder parte de su consistencia, se aplaude su valentía en querer generar un filme que nos regale memoria de un momento emocionante y esperanzador de nuestra historia reciente y lo haga desde la frágil y poderosa experiencia de quienes nos movilizaron.