CRÍTICAS Y ESTUDIOS
Y de pronto el amanecer, de Silvio Caiozzi
Por Marcelo Morales C.
18 de mayo de 2018

Silvio Caiozzi es sin duda uno de los cineastas más importantes que ha tenido Chile, con una filmografía donde, tanto en la narración, como en su puesta en escena, logran un equilibrio que culminan en películas con una fuerza cinematográfica que muy pocos han logrado alcanzar y mantener.

Por un lado está la mano pulcra y detallista con la cámara, con una conciencia fuerte de que más allá del guión, el cine se construye con imágenes que están pensadas al milímetro, con un manejo de la luz que hace a Caiozzi un verdadero maestro en este sentido. Y por otro están sus historias, pobladas de personajes oscuros, atormentados, sumidos en un callejón sin salida, cuya decadencia lucha por unos últimos rastros de vida. Una visión influenciada fuertemente por José Donoso, con quien justamente Caiozzi trabajó hombro con hombro en el guión de La luna en el espejo, quizás su mejor película. También escribieron juntos Historia de un roble solo y, tras la muerte de Donoso, Caiozzi adaptó su gran novela Coronación y, por último, el relato que se transformó en Cachimba.

Frente a esta filmografía, Y de pronto el amanecer parece ser un leve desvío en este “donosiano” camino intenso y oscuro, ya que esta nueva cinta porta consigo una luminosidad diferente al centrarse en un personaje que busca la redención enfrentándose a un pasado convulso y del cual escapó bruscamente. Un desafío que este protagonista mira con la clara conciencia de las consecuencias, pero lo hace con la fuerza suficiente para demostrar que el viaje vale la pena.

Mucho en este giro tiene que ver el origen de la película. Esta vez Caiozzi toma algunos relatos del escritor oriundo de Coyhaique Jaime Casas, cuyos personajes fluctúan entre lo fantasmagórico y lo maravilloso, en un lugar ideal para ello como es Chiloé. Ahí justamente en medio, está Pancho Veloso (Julio Jung), un viejo cronista que vuelve luego de más de 40 años a la isla grande, su tierra natal. En un ejercicio de nostalgia, con la idea de escribir una novela definitiva sobre su vida, Veloso se reencuentra con viejos amigos y, sobre todo, con lugares que marcaron su vida, incluyendo, las razones de su huida. Una que poco a poco se va develando.

Pero el camino que plantea Caiozzi es largo (el filme dura poco más de tres horas), y está repleto de historias que se cruzan, de muchos personajes que se dibujan a medias, de líneas que se sueltan de la madeja central, para luego emerger y volver a perderse en medio de varias otras. Se construye así un relato que busca evidenciar esa memoria conflictuada, que a veces divaga, que a veces teme del pasado, que a veces inventa, pero que al final logra seguir avanzando. Ese sentido fantasmagórico y nostálgico es el verdadero núcleo del filme, el que a veces por su ambición narrativa, se vuelve en demasía caótico y confuso, como también con algunos elementos y personajes que quedan demasiado en el aire. Existe también una ansia poética, con la voz en off del protagonista bastante presente, buscando evidenciar que el relato se va dibujando desde su misma conciencia.

De ahí surgen algunos resultados algo cándidos, justamente por esa intención emotiva, pero el filme no alcanza a naufragar porque cuando ahonda en ciertas zonas más oscuras de los personajes, se eleva. Es precisamente ahí, en esa última hora de película, donde emergen escenas donde el personaje principal pierde cierto control sobre el relato, y la cámara toma un protagonismo poderoso, con movimientos liberados de la voz de Veloso, construyendo ahora una omnisciencia visual que busca que hacen adentrarse en un relato que aunque conserva su ostentosidad, toma una pulsión vital que logra finalmente un vínculo emocional mucho más honesto.

Es el sentido cinematográfico de Caiozzi es el que finalmente ahí triunfa, como también su manejo por dibujar los claroscuros de las conciencias de sus personajes. Todo esto en un filme que trasunta mucho la intención de construir un relato de dimensiones épicas, casi un testamento fílmico de su parte.

Como toda gran obra amplia y ambiciosa, Y de pronto el amanecer concluye como un filme que deja la sensación de querer tocar muchas teclas a la vez, con el riesgo de que no todas lleguen a puerto y que queden muchas ideas que se tornan complicados de asir. Están la emergencia vital de la memoria, la búsqueda de lo trascendente y el quiebre histórico del golpe de Estado. Hay imágenes poderosas, otras que se sienten añosas y blandas.

Finalmente, esa búsqueda ambiciosa finalmente sobrevive gracias a personajes bien delineados y actuados en manos de Julio Jung, Nelson Brodt y, sobre todo, Sergio Hernández. De ellos, surgen rasgos de humanidad que, sumados al ojo imperturbable de Caiozzi para dibujar ideas con la cámara, hacen que a la larga el filme termine en pie.