CRÍTICAS Y ESTUDIOS
No estoy loca, de Nicolás López
Por Jaime Grijalba
10 de diciembre de 2017

Nicolás López es una de las figuras más polarizantes del ámbito audiovisual chileno, siendo constantemente encomiado por ser el director y productor con mayor éxito económico del país, al mismo tiempo que no recibe el beneplácito de la crítica y de alguna parte de las audiencias que vienen a engrosar sus históricos números. Su carrera también ha tenido estos mismos contrastes, contando con puntos brillantes y oscuros, los cuales se van turnando y a veces aparecen incluso en la misma película. Recordar, por ejemplo, el furor que causó en su momento Promedio Rojo, tanto por la edad del director como por su repercusión internacional, pero no deja de ser una cinta que casi hace una apología a la violación sexual.

Uno de los momentos brillantes, sin duda, fue Sin Filtro, que se transformó de forma inesperada en una de las cintas más vistas de la historia del cine chileno. El éxito devino tanto en la multiplicación de los futuros proyectos de Sobras (su productora), como también en la venta de derechos para remakes en diversos idiomas y países. También se trataba de una de las películas más inocuas de López, claramente dividida en dos partes, estructurada y ordenada en la forma en que presentaba su conflicto, su solución, clímax y desenlace. Había logrado lo que hasta ese momento ninguna película de él había logrado: no ofender tanto.

Siguiendo un derrotero similar y una estrategia comercial de marketing parecida (aunque con muchos más recursos), aparece en escena ahora No Estoy Loca, protagonizada nuevamente por Paz Bascuñán y que busca replicar el éxito a través de una temática similar a su anterior filme, priorizando un público objetivo femenino. El filme nos pone en los pies de Carola, una mujer de 38 años que recibe la noticia que su esposo quiere separarse de ella tras enamorarse y embarazar a su mejor amiga, todo esto el mismo día que un ginecólogo le indica que es infértil. Esto desemboca en un frenesí alcoholizado, el cual termina con ella tirándose de la terraza de su casa. El intento de suicidio falla, claramente, y ella despierta en un centro psiquiátrico del cual no puede salir hasta obtener el alta, algo que ella no cree necesitar, ya que dice no estar loca.

Los momentos de humor que busca la película se basan en los mismos momentos de humor que ocurrían en Sin Filtro, basándose principalmente en los creativos insultos que la protagonista puede lanzar a quienes la han engañado o hecho daño, pero aparte de eso, el resto de los chistes se basan en las “locuras” del resto de los pacientes. La posibilidad de hacer humor sobre gente con trastornos psicológicos existe (y hay una tradición clásica relacionada a lo mismo), pero en estos momentos que vivimos, donde hay cada vez mayor consciencia sobre el sufrimiento y las penurias que pasan personas con bipolaridad, depresión y trastorno borderline, todo termina resultando un tanto insensible y casi cruel, sobre todo a la hora de burlarnos del catatónico, del obsesivo compulsivo o del esquizofrénico.

También la película abusa de la narrativa de superación por la que tiene que pasar la protagonista, y el tiempo en el centro psiquiátrico la hace reflexionar sobre las decisiones que ha tomado en su vida. Hay largas secuencias de conversación entre la paciente y uno de los doctores, en las cuales se dicen frases que parecen extraídas de libros de autoayuda, a veces una tras otra, sucediéndose en una suerte de competencia por cuántas lecciones de vida se pueden decir en tan sólo 15 minutos. Mucho de los diálogos no son diálogos sino mas bien sentencias declaratorias morales: “nunca quise decir esto por miedo a hacerme daño”, “todos estamos locos”, “busca tu propia felicidad”.

El lenguaje visual utilizado resiste literalmente a cualquier tipo de análisis porque no hay nada que analizar, es una cinta plana, sin subtexto emocional o temático, todo filmado en un modo tremendamente teatral, teniendo cero atención a cualquier tipo de blocking de escena que no sea el estrictamente utilitario, abusando entonces del viejo confiable plano-contraplano para las conversaciones, evitando así cualquier innovación o creatividad a la hora de filmar. Hay que admitir que la calidad técnica de las imágenes es superior a la de toda la filmografía Sobras hasta ahora, pero eso no quita que la cinta aún tenga tics visuales provenientes de telenovela, como las tomas hechas con drone mostrando los alrededores del centro siquiátrico, las cuales se extienden por más segundos de los necesarios, llamando atención a su propia existencia más que a su utilidad como elemento tensional o de transición. Esta confusión respecto a la utilidad de los planos demuestra también que hay un descontrol respecto al tono de la trama, lo cual queda en evidencia cuando se pierde el registro de comedia y se indaga en elementos de una seriedad absoluta, entorpeciendo la posible fluidez del relato.

El punto más brillante de la cinta termina siendo la actuación de Antonia Zegers (que también era lo mejor que tenía Sin Filtro), encarnando a una paciente del siquiátrico donde está la protagonista. Su compromiso con el papel, mayor que el de cualquiera de los otros actores, resulta sorprendente, aplicando un método que involucra su rostro, su voz y sus movimientos, los cuales dan cuenta de un estudio real sobre personas con trastorno bipolar. Pareciera, con ella, que la película quisiera desviarse a algo más serio, más respetuoso, a algo sobre el verdadero sufrimiento de una enfermedad mental. Algo lejano al remedo de sufrimiento de la protagonista, que claramente podrá salir del siquiátrico gracias a las frases de auto-superación que le da su doctor, frases que obviamente no le sirven a otro paciente más que a ella, porque es la única que no tiene una enfermedad que es una caricatura.

Es por esto que No Estoy Loca termina siendo un retroceso en el posible crecimiento artístico de Nicolás López, el cual claramente ha decidido por replicar algunas fórmulas o cositasque funcionaron en sus cintas anteriores, evitando tal vez algunos riesgos que podrían hacer de su filmografía algo mucho más interesante, sobre todo al ya tener cierta taquilla asegurada sólo con su nombre y actores asociados. Es tiempo de moverse y arriesgarse, o correr el riesgo de estancarse.