CRÍTICAS Y ESTUDIOS
Rey, de Niles Atallah
Por Claudio Herrera *

Puede decirse que ser rey implica, a grandes rasgos,  encabezar un reino sobre el cual se ejerce soberanía y rodearse de personas e instituciones que se le subordinan. Pero también suscribir a la convicción de ser un sujeto encomendado –por un designio suprahumano– a llevar a cabo una tarea trascendental: el gobernar como mandato divino. Al protagonista de Rey se le hace difícil ubicar su lugar en el proyecto que encabeza, porque reinar también lo obliga a no perder la capacidad de anteponer el reino a los propios intereses. La dificultad de sostener dicho equilibrio podría ser, entonces, la puerta de entrada hacia el delirio de su personaje principal.

Rey, a ratos, recuerda mucho a toda esa fauna de personajes que padecen su propia estirpe: desde el capitán Ahab y su búsqueda frenética de la ballena blanca hasta el colérico Aguirre y su periplo amazónico, todos esos personajes rememoran al sujeto obcecado y furibundo que lleva al paroxismo el ideal que lo sostiene. Este tópico no deja de ser interesante cuando Niles Atallah lo sitúa, a propósito del rol monárquico, en la empresa de la Conquista. Precisamente porque la tarea expansionista de correr los límites de lo conocido y de adentrarse a conocer al otro, resulta una tarea titánica. Pero también un proyecto que justifica el afán megalomaniaco.

Perfectamente, la Conquista podría ser una modalidad prototípica de la fiebre de uno mismo.

Rey se acerca desde los bordes a dicho proyecto, a través de la narración en cinco capítulos del viaje de su héroe y de la operación formal que documenta su gesta desgraciada. Orélie Antoine de Tounens (Rodrigo Lisboa) es un abogado francés que desembarca en el sur del mundo con el único objetivo de construir, ahí, el reino de la Araucania. Vale decir, una entidad administrativa y soberana que le permita ser coronado como su jerarca. Para llevar a cabo esta tarea debe, en principio, reunirse con el caudillo del lugar. Un cacique con quien intercambió correspondencia, para ofrecerle, en su trato, la posibilidad de resistir a la arremetida inminente del Estado chileno. Son tiempos de hostilidad, asimilación y disputas territoriales manifiestas. Dicha línea narrativa alterna con el desenlace teatralizado de su proyecto: al ser descubierto por el Estado chileno, su felonía le significa un juicio que desemboca en el exilio forzoso.

Desde esta dimensión, Rey se acerca desde la Conquista chilena al fenómeno de la colonialidad, su cosmovisión y los límites que la definen: Orélie es el extranjero de un país imperial que viaja al Nuevo Mundo a dialogar con quienes lo gobiernan para proponerles un pacto que les permita, a ambos, defender sus intereses de quienes quieren gobernarlos. Siempre y cuando, al final, él termine haciéndolo. Ahorrándoles, a todos, todo derramamiento de sangre.

La Historia tiene múltiples versiones y acercamientos a este fenómeno, la ficción chilena quizá no tanto. Es ahí cuando Rey acierta al reescribir su propia versión del Imperialismo, dando cuenta de lo contradictorio que resulta desentrañar la complejidad epistémica que ahí yace.

Por otro lado, el dispositivo formal que Atallah construye impresiona en su lenguaje y complejidad. Le llevó siete años un rodaje que recupera archivos del cine silente y de filmación en Súper 8 o 35 milímetros. Además, el material es posteriormente enterrado para dar cuenta de manera material de los efectos de degradación y descomposición de una historia que, hasta él, descansaba bajo tierra. En este sentido, la exhumación a la que Atallah somete al material a posteriori alegoriza la narración de un personaje que se arma de fragmentos pero que también interpela al proceso mismo de construcción narrativa e histórica. Todo esto es tamizado por la incorporación de collages visuales y una dimensión experimental que literaliza la itinerancia de un Orélie moribundo y delirante.

La propuesta formal en la que se sostiene Rey es ambiciosa respecto del modo en que puede hacerse narrable una construcción audiovisual del delirio, pero también en cómo se elabora la Historia y qué se pierde en el ejercicio por decodificarla (o profanarla). En este contexto, la megalomanía conquistadora no deja de ser también extensiva a la envergadura de su apuesta: atributo incuestionable si se atiende a la consistencia personal del realizador con la reflexión que propone, debilidad narrativa si se busca inteligibilidad causal. El juego a ratos desconcierta, pero resulta y sorprende. Sin embargo, deja en el aire una pregunta por la justificación de todo aquello: sobre la ambición, el barroquismo y el desvarío ¿Se lograría lo mismo con menos? No es malo preguntárselo. 


* * Crítico y fundador del sitio Abreaccion.com.