CRÍTICAS Y ESTUDIOS
El color del camaleón, de Andrés Lübbert
Por Marcelo Morales C.

El documental en primera persona ha sido fundamental dentro del cine chileno para escarbar en el trauma histórico que fue (y es) la dictadura. Y no sólo desde un punto de vista testimonial o de denuncia, sino también en aquello que podríamos definir como lo “humano”; porque en los mejores casos, estas películas han sabido explorar como pocas profundos cuestionamientos en torno a la identidad, a las relaciones afectivas y cómo afrontar dolores indefinibles. Y para plasmar estas aristas, no basta con sólo exponer testimonios, sino también, instalar un fuerte sentido poético en las imágenes. Por citar algunos ejemplos notables: En algún lugar del cielo, El edificio de los chilenos, La quemadura, Mi vida con Carlos.

Dentro de este grupo ahora se podría incorporar El color del camaleón, el documental de Andrés Lübbert, realizador de origen belga, pero hijo de Jorge Lübbert, chileno exiliado en Europa. Es justamente las razones del destierro de su padre lo que Andrés busca dilucidar, porque no son comunes. Su padre no fue un furibundo militante, sino que fue dolorosamente usado por la DINA para que trabajara para ellos. Pero es un recuerdo que Jorge ha querido esquivar toda su vida, por lo que el ejercicio de su hijo por confrontarlo con ese pasado es complejo.

Y aquí uno podría plantarse y preguntar: ¿es necesario hacerlo, escarbar en ese dolor que Jorge ha tratado de esquivar? La película poco a poco va justificándose y ese es su mayor logro. Lübbert-hijo no sólo quiere que su padre confiese todo lo que enfrentó buscando así una forma de sanación y de paz consigo mismo, sino que más bien busca esa verdad como una forma de entender a su propio padre y, claro está, a sí mismo. Porque la fractura no es sólo con el pasado, sino también afectiva y personal. Andrés busca conocer en definitiva a su padre, al verdadero ser que se esconde detrás del de un eficiente camarógrafo de guerra que es a lo que se dedica Jorge. Al que se encara grandes conflictos armados en su trabajo, pero que no resuelve sus batallas internas.

¿Cómo lo hace? El color del camaleón se hace grande justamente en los pequeños y sorprendentes instantes en que Jorge se niega a hablar y Andrés lo mira entre compasivo y ansioso. Pequeñas escenitas que rompen con las entrevistas, con las puestas en escena. Es ahí donde la cámara sigue rodando y entregan cuotas de verdad. Instantes que parecen ser un backstage de la “gran historia”, la de la represión, la de las torturas, la del horror de los agentes de la DINA. Sin decirlo, sólo mostrando, las fracturas internas de Jorge se asoman y, con esto, también la sorpresa de Andrés, quien ahora comienza al fin a entender las complicaciones que Jorge vive como padre, el por qué los afectos paternos nunca fueron fluidos.

Es una especie de quizás traición a la propuesta del filme, pero esas mismas traiciones son las que le dan un elemento cinematográfico que la eleva notablemente. Y claro, ahí es cuando la emoción se cuela con honestidad y fuerza, porque Andrés en este viaje también comienza a entenderse a sí mismo. Porque si hay un peso con el que los hijos de las víctimas de la dictadura cargan, es justamente con esa extrañeza respecto a un origen, a una país, y a un pasado que no orgullece a sus padres. Una densa niebla generacional que El color del camaleón, y varios otros documentales en primera persona, han tratado de aclarar con una lucidez que los hace vitales e importantes para el presente y para el futuro, haciendo totalmente ridículos aquellos juicios de que escarbar en el pasado sólo trae problemas. Lo que nos dicen estas películas y sus historias, es que mientras exista la generación de Jorge, mientras exista la de Andrés, nunca será suficiente, menos cuando el mundo cada vez parece un peor lugar para vivir en paz.