CRÍTICAS Y ESTUDIOS
Cabros de mierda, de Gonzalo Justinano
Por Jaime Grijalba

Desde hace ya varios años que el documental chileno se ha apropiado de la memoria reciente, particularmente del golpe de estado de 1973 y la dictadura de Pinochet, para contar las historias de individuos y de colectivos que trataron de cambiar las cosas, produciendo un grueso corpus de obras que hablan del dolor, del amor, la justicia o la falta de ella, con variados niveles de éxito y de búsqueda audiovisual. Sin ir más allá, tan sólo este año tenemos cintas tan variadas como Guerrero, El color del camaleón y El pacto de Adriana, entre otros.

No se puede decir lo mismo sobre el cine de ficción, el cual parece evitar olímpicamente cualquier evento que no haya ocurrido en las inmediaciones del golpe de estado o cuando ya el país está ad portas de volver a la democracia. O cuando intenta realizar alguna cinta sobre el período más duro de la dictadura, falla estrepitosamente en el sobre-subrayado o en el ridículo absoluto. Y aunque Cabros de mierda no se trata de la panacea que viene a liberarnos de esa sequía de ficciones, si es un proyecto audiovisual que logra articular un relato sencillo y que a la vez cuenta con un sentido social que resulta muy relevante para el estado actual de nuestra sociedad.

Las intenciones de Gonzalo Justiniano quedan claras desde los primeros minutos, cuando los créditos llegan a su nombre y sus labores son descritas como Director/Guionista/Material de Archivo. No sólo se trata de una película en la cual Justiniano funciona como autor, sino que es una con la cual tiene una conexión personal, ya que utiliza material grabado por el realizador durante 1984 en la primera protesta nacional, que forma parte de su documental La Victoria. Por eso, la atención al detalle no sólo es desde la ambientación y el vestuario, sino también en el lenguaje y las relaciones sociales que se pueden ver entre los personajes que pululan en la población La Victoria, que es donde transcurre la historia.

Samuel Thompson (Daniel Contesse) es un joven cura norteamericano que se aloja en la casa de Gladys (NathaliaAragonese), una joven madre que a la vez tiene un papel en la resistencia de la población, pegando carteles, cuidando hijos de prófugos, escondiendo materiales, entre otras ayudas que la vuelven uno de los personajes más combativos que ha visto el cine chileno en mucho tiempo. El joven religioso se ve envuelto en las acciones de Gladys y su familia, todo mientras él registra con fotos y videos lo que le rodea, viéndose así a veces blanco de ambos bandos, de los militares que lo creen involucrado en esconder a “curas rojos”, y de los aliados de Gladys, que lo piensan un “sapo” de la CNI o la DINA.

Hay momentos de la cinta que pueden resultar tal vez demasiado didácticos, como si más que hablar los personajes entre ellos, le estuvieran hablando a una audiencia que no sabe cómo era lo que se vivía por esos años, pero eventualmente esas secuencias terminan saltando, ya que hay otras que logran el mismo cometido sin ese subrayado que puede resultar grosero en la literaridad de lo dicho (“había que romper huevos para hacer la tortilla”, “algo habrá estado haciendo”, entre otros). Eso junto con la necesidad de establecer un marco contemporáneo a la cinta (esta empieza con el cura volviendo a Chile el año 2017 al Museo de la Memoria, donde encuentra sus rollos de fotografía y película), hacen que el ritmo de la misma se torne un tanto pesado, sobre todo dada su extensión de casi dos horas.

Pese a eso, el filme logra bastante, ya que trabaja bien sus personajes principales, dedicando buena parte de su metraje a la relación entre Samuel y Gladys (interpretados de forma más que convincente), la cual eventualmente vuelca en lo romántico. Sin embargo, la cinta no pierda de vista lo urgente que resulta el mostrar algunas situaciones que fueron imposibles de ser registradas en su momento: arrestos masivos, ejecuciones públicas, policías abriendo fuego sobre civiles… Justiniano logra capturar una sensación de paranoia constante, esa suerte de caja de resonancia que era la dictadura, donde todo lo que decías podía volverse en tu contra, y no sabías quién estaba escuchando.