CRÍTICAS Y ESTUDIOS
"El Cristo ciego", de Christopher Murray
Por Marcelo Morales C.

Si el cine latinoamericano, al menos desde los “nuevos cines” de la década del 60, tiene rasgos distintivos, uno es su ansia “realista”. Y la palabra es grande, tal como el desafío por conseguir hacer un filme “realista”. Mucho también tiene que ver el porqué se quiere ser realista: ¿para denunciar, para incitar algún cambio, por un afán antropológico, para construir una historia verosímil? Y también está la otra arista: qué medios se usarán para tal propósito. Cualquier paso en falso tira todo el dispositivo al suelo, siendo la mayor derrota llegar a la pornomiseria, aquella idea de que la pobreza latinoamericana se exporta turísticamente al primer mundo sin mayor aspiración que el exotismo. Es un equilibrio complicado, de límites difusos.

Con todo esto sobre los hombros, el cine de Christopher Murray ha optado de alguna forma por estos caminos, sobretodo por la mirada antropológica. Así se ha reflejado en el fructífero proyecto Mafi que ayudó a impulsar, luego en el documental Propaganda y, sobretodo, en la interesante Manuel de Ribera -su primera película co dirigida con Pablo Carrera-, donde se introducía una historia y a un actor profesional (Eugenio Morales) que recorría islas del sur de Chile buscando un terreno heredado. Entre medio, casi de forma documental, la película se topaba con escenas y personajes que afloraban de forma natural y que alimentaban muy bien este viaje. La cámara se posicionaba con un testigo que no interrumpía los tiempos y personalidades de quienes se cruzaban frente a ella. Es algo similar lo que Murray -ahora en solitario- busca construir en El Cristo ciego, aunque ahora en pleno desierto chileno y, además, se impone un desafío mayor desde el punto de vista del guión.

Es mayor porque al lado de la sencillez del personaje de Manuel de Ribera, el protagonista de esta nueva película acarrea un sentido de trascendencia poderosa, nada menos que la idea de que en cada uno hay un Cristo, algo que según él descubrió en la niñez. Ya adulto, y trabajando con su padre como mecánico de autos (un símil contemporáneo del Jesús carpintero), siente que llegó el momento de hacer lo suyo y comienza a recorrer el desértico norte chileno, viajando hacia el encuentro de su primer milagro: la sanación de un viejo conocido.

Es una idea grande, pesada, el que se posiciona entonces sobre el protagonista, encarnado por un eficiente Michael Silva. Además Murray es ambicioso también con la estructura de la película, que se levanta como si fuera un evangelio; con cortas vivencias, encuentros, altercados, con un Silva que cuenta unas parábolas casi siempre sin una resolución clara, fallidas, reflejando lo errático de su viaje.

Parece entonces una idea interesante y que efectivamente llega a buen puerto por instantes, justamente cuando el equilibrio entre ficción y esas “tácticas” realistas se resuelven bien. Ahí surgen escenas para remarcar como esa conversación con una mujer que le confiesa maltratos de su pareja, o con ese ex preso que ahora cuida una pequeña parroquia sin cura. A esto hay que destacar una lograda visualidad que aspira a plasmar una aridez que no sólo está en el paisaje, sino en la desesperanza que parece rodearlo todo y que, justamente, le da sentido a la existencia de un Cristo en una época en donde la salvación solo puede llegar posada en algo extraordinario.

Pero es a partir de esta misma idea que la película comienza a la vez a ahogarse, ya que se torna pesada, impositiva, insistente y plana. Y todo ello es coincidente con la pérdida de protagonismo del entorno de la historia, es decir, de esos personajes que se abren naturalmente a la experiencia. Al soltar ese bastón, Murray opta por posicionar una mirada propia y controlada, pero que no cuaja del todo bien y que se queda corta en su ambición, tornando incluso al personaje algo incomprensible hacia un final que no es correspondiente con la gigantesca carga espiritual sobrellevada, la que además lo transforma bastante poco.

Queda como saldo a favor la insistencia del director en una propuesta "realista" que siempre es arriesgada y, en este caso, además conceptualmente ambiciosa, que está filmada con una excelente mano de Inti Briones en la fotografía y con un valioso sentido de dignidad tanto para el protagonista, como para quienes lo cruzan en su camino. Será probablemente para Murray un viaje por el desierto que quizás fue necesario para madurar una idea autoral a la que hay que estar de todas maneras muy atento.