CRÍTICAS Y ESTUDIOS
La región, de Felipe Palma
Por Rodrigo Alarcón

Ayquina es un pequeño poblado del altiplano chileno, habitado la mayor parte del tiempo por unas 50 personas. Está a poco más de 70 kilómetros de Calama, hacia la frontera con Bolivia y a unos tres mil metros de altura. Es como una localidad perdida en el desierto y de la cual no se tendría mayor noticia, probablemente, si no fuera por lo que ahí sucede cada 7 y 8 de septiembre: la fiesta de la Virgen de Guadalupe de Ayquina. En esos días, la población de multiplica por decenas de miles de personas, al ritmo de las bandas de bronces y los bailes religiosos.

Ayquina y esa fiesta son el eje en torno al cual gira La región, documental de Felipe Palma que se presentó en el marco de la competencia nacional del Festival In-Edit Nescafé. En la película, la localidad funciona como epicentro de una fuerza que se extiende a través de toda la región de Antofagasta y más allá, de la costa a la minería del cobre, de Tocopilla a Diego de Almagro. Desde diferentes puntos de la región, los protagonistas del documental llegan hasta el santuario que guarda la imagen de la Virgen. En camionetas, en buses e incluso a pie, peregrinando por los pedregosos caminos que cruzan el desierto.

Esos paisajes del norte chileno pueden llegar a ser sobrecogedores y ese es un punto sobre el cual La región se detiene con profundidad. La pampa, las montañas, las carreteras a pleno sol, la sequedad, las nubes, las emanaciones y cómo cada uno de esos elementos adquiere nuevos tonos, a lo largo del día y la noche, están representados largamente en pantalla. También los asentamientos humanos: el documental se deleita con tomas aéreas sobre ciudades enclavadas en medio de la aridez, como una nueva mirada sobre nombres que forman parte del cotidiano. También lo hace con la minería de la zona: nunca deja de ser sorprendente el color que toma el cobre al ser fundido, por ejemplo, o el efímero momento en que la tierra vibra antes de una detonación.

Por otra parte, la cámara se interna en diferentes momentos de la fiesta. Están, por supuesto, aquellos estelares. Hay pasajes dedicados a los bailes, a los tinkus, a los fuegos de artificio que explotan sobre la imagen de la Virgen y a la plaza cubierta de colores, músicas estruendosas y danzas. Están también los momentos más reservados, como la preparación de los bailarines, las arengas antes de llegar al poblado, las conversaciones al finalizar la festividad. De ese modo, hay algunos fragmentos particularmente evocadores y también insólitos, como la secuencia de decenas de “osos polares” bailando en la noche, con luces de colores, en pleno altiplano chileno.

Sin embargo, la sensación que deja La región es la de un puzzle a medio armar. Están los paisajes, el fervor religioso, los profundos vínculos que establecen los personajes con la fiesta, la explotación minera y los conflictos que ésta trae aparejados, pero el documental nunca terminar por articular cada uno de esos elementos. Los pasajes en una discoteca de la zona, los fragmentos radiales que hablan de la muerte de Nelson Quichillao, por ejemplo, quedan como piezas desperdigadas y así, en su afán por la observación, el documental zozobra en la dispersión. Una oportunidad desperdiciada.