CRÍTICAS Y ESTUDIOS
El viaje, de Nahuel López
Por Rodrigo Alarcón

Rodrigo González es el bajista de Die Ärzte, una banda punk establecida en Berlín hace más de 30 años, que ha editado más de una decena de discos y perfectamente puede tocar ante miles y miles de personas, como se ve, justamente, al inicio de este documental. Sin embargo, González es también el hijo de un matrimonio de chilenos que, tras el golpe de Estado, tuvo que cambiar el puerto de Valparaíso por un exilio en el puerto de Hamburgo, donde se crió como otros tantos niños chilenos del destierro: a medio camino, entre una infancia en lengua extranjera y las peñas donde se escuchaba a Inti Illimani, Quilapayún, Violeta Parra y Víctor Jara.

El viaje, dirigida por Nahuel López, también hijo de un chileno radicado en Alemania, es la historia de un regreso y una búsqueda. Es el regreso de Rodrigo González, que vuelve al país que abandonó cuando tenía solo cinco años, y es su indagación sobre la música del presente y sus lazos con la Nueva Canción Chilena con la que creció. Así, se encuentra con Chinoy, Camila Moreno, Eduardo Carrasco (Quilapayún), Eduardo Yáñez, el charanguista Gastón Ávila y el cantautor Alonso Núñez.

Su primer contacto, no obstante, es Aldo “Macha” Asenjo, líder de Chico Trujillo y La Floripondio, a quien conoció en Europa y que se convierte en uno de los ejes del documental. Es él quien entrega algunos de los pasajes más entrañables del documental, ya sea por su singular carácter, por sus excéntricos anteojos y barba o por sus lazos personales y musicales, que van de la cumbia al punk, del vals al folclor nortino. Un fragmento para atesorar, por ejemplo, es cuando ambos deambulan por una feria de Valparaíso hasta encontrar a “JM”, un veterano integrante de ese colectivo de expertos en cuecas, valses y otros ritmos tradicionales llamado La Isla de la Fantasía, que se luce tocando en pantalla.

Más allá de esos fragmentos específicos, sin embargo, El viaje es una mirada valiosa sobre la música chilena contemporánea, porque -quizás por su origen “extranjero”- adopta puntos de vista poco frecuentes, una distancia especial o, al menos, diferente. Primero, reúne a músicos avezados y jóvenes, mediáticos y desconocidos, santiaguinos y provincianos. Segundo, se detiene en preguntas inusuales, exploratorias, bajo las cuales subyace una interrogante fundamental: qué es lo propio, que es lo esencial de ese cancionero, algo que Eduardo Carrasco responde hacia el final: “La música chilena es una música muy poco local, es como una síntesis de todas las músicas de América Latina”.

El viaje es un título adecuado, asimismo, porque no solo refiere a un recorrido entre Alemania y Chile, sino uno al interior del propio país. Rodrigo González pasa por diversos (y contrapuestos) barrios de Santiago, por San Antonio, por Valparaíso, por el lago Lleu Lleu y por Puerto Aysén, que no se limitan a un mero escenario de la acción. Hay una intencionalidad clara al situar las entrevistas en las bien cuidadas calles de Ñuñoa, los cerros de San Antonio y Valparaíso, los camarines del estadio Nacional o los paisajes patagónicos. Además, la de Nahuel López es una mirada reflexiva y (quizás demasiado) pausada, atenta a detalles que, de tan cotidianos, suelen pasarse por alto -los perros callejeros, las murallas pintadas, las muletillas y garabatos-, como diciendo que cada una de esas cosas son parte también de las canciones que se oyen en la película.