CRÍTICAS Y ESTUDIOS
“El viento sabe que vuelvo a casa” de Jose Luis Torres Leiva
Por Antonella Estévez B.

Ignacio Agüero y José Luis Torres Leiva son dos de los cineastas más amables y generosos que me ha tocado conocer. Y aunque ese dato no debería tener ninguna relevancia a la hora de escribir una columna sobre una película que el primero protagoniza y el segundo dirige en este caso aplica, porque son esas características las que marcan el tono y la narrativa de El viento sabe que vuelvo a casa.

Movilizada por una antigua leyenda de Meulín -una de las muchas islas que rodean Chiloé- que cuenta de un par de enamorados que desaparecen en los bosques de la isla de para vivir su amor fuera de las convenciones que imponía la estricta tradición de que locales y foráneos no se podían juntar, la película sigue a Ignacio Agüero visitando la isla y conversando con sus habitantes en busca de pistas sobre esta antigua historia. El realizador conversa con niños, jóvenes y ancianos, con hombres y mujeres sobre su vida en la isla, las tradiciones, los mitos y el día a día.

Quien ha visto el cine de Ignacio Agüero -uno de los cineasta más premiados de Chile y reconocido por una larga filmografía, entre la que destacan Como me da la gana (1985), Cien niños esperando un tren (1987), Aquí se construye (2000), El diario de Agustín (2008), El otro día (2012), entre otras- sabrá que una de las características de este documentalista es su gran capacidad para escuchar, para generar una relación de confianza con quien sea que tenga frente a la cámara, lo que le permite a ese otro hablar naturalmente y darse a conocer. En esta película él está delante de cámara conversando con los habitantes de Maulín, visitando sus casas y compartiendo con ellos su cotidianeidad. Todo esto es registrado por la cámara amable y cuidadosa de José Luis Torres Leiva -otro cineasta reconocido en Chile y el mundo por su trabajo en películas como El Cielo, la Tierra y la Lluvia (2008) y Ver y escuchar (2014) – que se detiene en la belleza de los paisajes sin caer en la imagen de postal y en la sencillez de las personas, sin paternalismos.

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La mezcla de la calidez de Ignacio Agüero y la sensibilidad de José Luis Torres Leiva permite al espectador viajar con ellos y conmoverse ante estas vidas tan distintas de las que llevamos en las grandes ciudades, de la sabiduría de aquellos que viven más allegados a la naturaleza, de su simplicidad profunda y valiosa que nos recuerdan valores que parece que hemos olvidado y sentidos que son fundamentales. El viento sabe que vuelvo a casa está hecha desde un lugar de respeto y curiosidad por el otro, está hecha con cariño por sus personajes -que tiene como base la evidente admiración de Torres Leiva por Agüero- y con una tremenda capacidad de asombro ante la belleza que tanto el paisaje como las personas tienen para ofrecernos.

Además de la poesía de su título, El viento sabe que vuelvo a casa puede regalarle al espectador un viaje a algunos de los parajes más hermosos de nuestro territorio y el encuentro con estos otros que son tan nuestros y de los que tanto tenemos que aprender.

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