CRÍTICAS Y ESTUDIOS
Tres chilenas en Valdivia
Por Pablo Marín C.

Valdivia tiene festival. Y ese festival trajo películas chilenas en importantes cantidades, fenómeno cuya persistencia a través de los años permite más de un ejercicio. Por lo pronto, entrarle a uno de los largos locales de la competencia internacional y a dos que se presentaron en la sección de cintas nacionales (llevándose ambos los reconocimientos principales en esta categoría).

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Partamos por los últimos. El premio gordo en una sección donde todas menos una eran óperas primas, recayó en Mala junta, de la  debutante Claudia Huaiquimilla. Varias cuerdas hay en el trompo de este drama rodado en la comuna de Mariquina, próxima a Valdivia. En el centro está Tano (Andrew Bargsted, el protagonista de Nunca vas a estar solo), un adolescente santiaguino metido a delinquir que, tras una detención policial, tiene como única salida irse a vivir con el papá que hace tiempo dejó de ver (Francisco Pérez Bannen). Y debe hacerlo, además, a una zona boscosa donde seguirá buscando salirse con la suya, pero ahora en compañía de un escolar víctima de bullying y en el contexto de la lucha mapuche con el Estado y con una celulosa. El origen de la directora no es un mero dato en una película a capaz de expresar en imágenes las especificidades de la pertenencia a un pueblo (ojo con el imponente plano de las fogatas nocturnas). Para el resto, se diría que la película doma en general sus variadas subtramas –en particular la relación padre/hijo- y que se anima, con suerte variable, en el espinudo y arduo sendero de las emociones y los afectos. A veces pasada de rosca, otras veces anotándose un pleno.

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En tanto, el segundo largo de Nicolás Videla (Naomi Campbel) es dueño de un “extraño lirismo”, tomando prestada la expresión del crítico argentino Diego Batlle. Bienvenida rara avis de la producción local, el dispositivo de El Diablo es magnífico es el de un diario, que no por nada se basa en los diarios de Manu Guevara (coguionsta y protagonista), trans treintañero que vive hace años en París pero piensa ya en volver a Chile. Mientras se decide, sin embargo, su vida transita por calles y departamentos de la capital francesa, como madame o como monsieur. Con genuino humor por momentos, con drama rayano en la tragedia también, este confesionario/manifiesto puede tener algunos baches en la construcción de su off, pero ni su audacia, si su frescura ni su sinceridad pueden ser cuestionados.

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Finalmente comparece El Cristo ciego, de Christopher Murray, que había generado un interés atendible: el debut en solitario del co-director de Manuel de Ribera y Propaganda había pasado con aplausos por Venecia y ahora correspondía mostrarlo en el país donde la película se hizo, aunque bien lejos de la Tampa del Tamarugal. En esa área geográfica, desolada y desoladora, de seres cuyas supervivencias se sostienen mayoritariamente en la fe (y no en cualquier fe), transita un sucedáneo del Mesías, un milagrero a pesar suyo. Convincentemente encarnado por Michael Silva, el protagónico sufrió la temprana partida de su madre, tras lo cual su padre renunció a la fe. Él, por su parte, tuvo una experiencia mística de infancia que dejó una marca en su mano y una huella en su corazón: siente a Dios dentro suyo y no es el único que lo siente, pues su nombre empiezan a circular, así como sus presuntos poderes de sanación.    

Si uno de ocupa de la literatura fantástica involuntaria, escribió Roger Caillois, puede comenzar con la Biblia. Salí de la sala preguntándome qué tan analogable era eso con lo visto en esta fantasía etnográfica que tiene sus momentos más logrados en las ensoñaciones teatralizantes, dignas del mejor Buñuel, y en su persistencia, acaso paradojal, en instalar a este Cristo a palos en un espacio inmisericordemente realista.