CRÍTICAS Y ESTUDIOS
Que pena tu familia, de Nicolás López
Por Colectivo Miope

Javier (el eterno adolescente) y Ángela (su ex-mejor amiga de infancia), ya casados, se han convertido en familia. Ni los métodos preservativos ni los abortivos les ha asegurado un idílico coito impune. A todas luces, ninguno goza la venida pero se dan ánimo y sonríen para la foto. El vástago les obliga a darle constancia a sus antiguos rebotes laborales. Sus deprimidas profesiones han tomado nuevos brios, o al menos la de Ángela, emancipada, ahora estrella de tv. Javier hace lo que puede con una precaria agencia que monta. Los tiempos no calzan y la escisión se precipita. Los resentimientos mutuos más odiosos chocan, con la criatura al medio. Se divorcian. Todo se pudre aun más cuando Ángela se vuelve a casar con un sujeto exitoso y maduro.

López ha hecho de la vulgaridad más chocante, colorida y frontal, una verdadera institución en el cine chileno. El ungüento lubricante con el que acondiciona sus narraciones es generador de un placer morboso inmediato, puesto que evita lo que de otra manera sería una tragedia sentimental corriente, sin sabor, cruda, ingrata, y por ello insoportable, es decir, el fracaso de un incipiente proyecto familiar a través de más evidentes y penosas incapacidades de los adultos a cargo. Aquel procedimiento constituye un ánimo eficiente al apelar a las represiones más cotidianas que luego se envasan en una ficción pop, con un humor juvenil ávido de ser respondido hormonalmente. En paralelo, las reiteradas infames opiniones o teorías exteriorizadas recuerdan que la belleza posee un poder anárquico difícil de eludir. El cierre de la trilogía explota, entonces, varios personajes secundarios dignos (Elisa Zulueta, Felipe Avello, Paz Bascuñan, Nicolás Martínez), quienes otorgan al largometraje un aspecto fresco por sus acertadas intervenciones, que, luego, al ejercer presión sobre el protagonista le obligan a enfocarse en su camino y explicitar su real potestad de salvar la desastrosa familia que ahora puede intentar reconstruir si se aplica.

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¿Podría López nutrir con menos de su –casi siempre– repulsivo estilo lo que narra, aquello que en definitiva se sitúa en el terreno de los dramas humanos convencionales? La verdad es que sería absurdo, ocioso, pedirle aquello que no le es connatural si es que nos importa el potencial singularizador que posibilitan las disciplinas narrativas, la capacidad de diferenciarse de lo que se ha contado mil y un veces. Si la vitalidad desaforada llega a trizar, a infectar, a boicotear lo que se propone no por ello deja de poseer sentido e intrincado valor. Un sentido, que, por ese vigor, ese caos organizado, tal vez es difícil de seguir, o de reconocer en uno mismo, y por eso deleznable.

Mucho menos histérico es tomar distancia y asumir que la disposición y el tono aplicado en la trilogía de la pena, constituyen lo que su director ha llegado a sentir, vivir, y/o asumir como una cultura en ciernes significativa. Como relevante, y luego, por ello, permitiéndose transmitirlo como si de una evacuación irrefrenable se tratase, mas no por ello como un orgullo. López, entonces, agropecuariamente hablando es un vendedor de fertilizante. Tal vez su producto huela mal de cerca, tal vez sus componentes sean vomitivos, tal vez más bien degenerados e innobles… pero, como sea, sirven, funcionan, según el uso que uno se esfuerce por darles. Otros cines –que incluso se satirizan dentro de esta película– usufructúan de buena gana y con plena legitimidad de otros abonos orgánicos (los huesos, las cenizas, etc.) con amanerada seriedad, muchas veces para la risa.

Una de las ideas que más prevalece al experimentar la trilogía es la constante tensión que se genera al intentar sincronizar la madurez biológica de los personajes (condicionados a la cópula y la supervivencia autogestionada) con sus respectivas incompetencias de interrelación gestadas en la infancia (ponderar diferencias, llegar a acuerdos, empatizar). Aunque sea obvio asumir que la edad trae consigo exigencias y responsabilidades, éstas siempre serán en función a los compromisos adquiridos y las acciones cometidas. Aquí esa férrea asincronía predispone conflictos ante la incapacidad de hacer consciente las falencias y prevenir los explosivos desaciertos. Tener o distribuir el poder control; un problema que al final del día no sólo atañe a nuestros extremados personajes.

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Lo cierto es que en este cierre (que podría seguir desarrollándose cronológicamente tal como se ha asumido la desvergonzada franquicia; “Que Pena…tus Hijos, Empresa, Jubilación, Reencarnación”, etc.), la crisis, está flanqueada por un temperamento lopeziano que la aborda propiciando su honestidad brutal, que empuja la comprensión o confusión (y con ello, e incluso, la previsión pedagógica) de la separación misma, sus causas y consecuencias. Y es que, incluso, se suscita el meditar cómo entonces ponderar esta dinámica monógama –devenida familia– que tal como funciona arrojará al mundo más Javieres o Ángelas, y que se retrata, por lo tanto, como una máquina corrompida o inicua desde la concepción.

Una energía traslúcida y cortopunzante ha logrado encapsular en tres proyectos emparentados -en apariencia bobos- múltiples razonamientos y manías de una (o más) generación de personas que buscan con afán liberar/consumar sus más elementales acumulaciones, y en menor medida otras materialidades posibles (bienes, carrera, hogar). Los anhelos espirituales o formalistas están implícitos, y no constituyen por ahora el marco interés en este cine de personajes; virtuosa imagen pero también cómoda, de montaje tan funcional que desaparece, musicalización funcional, y contextualizado por las enajenantes redes sociales que adquiere peligrosa omnipresencia y dependencia.