Un chileno en España
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Es el título de una película. Se la ha anunciado profusamente. Y uno, por cierto, siente deseos de ir a verla. El protagonista es Manolo González y esto hace que uno sienta más deseos de ir a ver la película. Manolo es la simpatía en círculo. No tienes aristas. Y uno piensa y sabe que reírse es algo bueno, muy bueno. Entonces, uno hace sus cositas y se va al cine: a ver “Un chileno en España”.

Hay maneras de pensar respecto a esto. Joaquín Edwards escribió alguna vez sobre el fenómeno. ¡Excelente libro…! Pero la película es otra cosa. Ni está basada en la obra de Edwards Bello ni está hecha con la calidad suya. El guión es trabajo de equipo. (sic)

Bueno: el asunto está en saber para qué va uno al cine. Conozco damas que gsutan ir al cine para llorar. La mayoría prefiere, sin embargo, algo sólo dramático. Y los varones se dividen en sus preferencias, pero la mayoría gusta de ir al cine para entretenerse. No para endilgarse un problema más, al estilo de las obras de Tennessee Williams, o algún complejísimo problema de Ingemar Bergman.

Se va a ver “Un chileno en España” y lo primero que se observa es la sonrisa debajo del sombrero de José Bohr. Después, la nariz de Manolo González. Enseguida el Club de la Unión, alguna fiesta campestre y vistas y más vistas de España.

En síntesis: la película es lo narrado.

El problema es, ahora, el siguiente: todo esto, ¿entretiene, hace reír, hace meditar, conduce algo…” José Bohr, con su sonrisa debajo del sombrero, explica al inicio que la idea es como tender un puente de plata entre España y Chile, a través de una sola carcajada. Pero no hay una sola carcajada, hay varias, o, mejor aún: varias etapas de lo que debió ser una sola carcajada. O sea, que la película no escapa a la regla general que caracteriza a nuestro cine: parece imposible hacer algo como es debido, pese a la experiencia ya acumulada.

¿Quiere decir esto que “Un chileno en España” es una mala película…? No, en realidad no puede calificarse como lo que hoy daríamos, con justicia, en llamar una película. Es, simplemente, una broma. Y como broma no está del todo mal, si bien uno piensa que pudo estar mucho mejor que Manolo González pudo ser más gracioso y que el argumento pudo tener más desarrollo, menos paja picada y más sustancia.

Se produce cierta desilusión luego de ver “Un chileno en España”. Pero uno se ha reído en varios pasajes. ¿Y acaso una sonrisa, siquiera una, no vale ir a ver una película…?

Artículo publicado originalmente en:
El Diario Ilustrado, Santiago, 4 de noviembre de 1962.