Más que regular: EL AMOR QUE PASA.– (Producción Leopoldo Ramírez.)
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El galán se apaga, la estrella se defiende, el director no suma ni resta…

Aunque retardado dos años en su estreno, el film resulta agradable, porque es sencillo, carece de pretensiones, y busca telones en la naturaleza de esta tierra. Refleja la vida pueblerina y unas pinceladas musicales, como “Mapuche soy”, de Lecaros, se pegan a la retina.

La falla fundamental está en los enfoques. La gente, por lo general, es poco fotogénica. Y más la estrella. Debieron buscarse y cuidarse los ángulos, para así realzar y no desmejorar las imágenes.

Esther Soré se defiende, y gana frente al pasado, porque luce bien, a pesar de la redondez de sus líneas, y canta mejor.

A Jorge Reynó le queda grande el papel. Le falta desenvoltura; parece un pergamino.

Aunque poco definidos los demás personajes, la revelación, sin duda, como primera figura del reparto, es Sylvia Villalaz. Correcto, Plácido Martín. Gracioso, Jorge Sallorenzo.

El director, José Bohr, no logra imprimir bríos a la secuencia.

Repite las posturas y priva de variedad y agilidad a las escenas de conjunto. Se le pasa la mano en las escenas amorosas y excede los límites de la sobriedad.

Artículo publicado originalmente en:
Revista Vea, Santiago, nº415, 26 de marzo de 1947.