En defensa del cine chileno
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12 de junio de 1931
Santiago, Chile

Ahora que este diario ha iniciado una enérgica campaña contra los cines que exhibiendo películas antiguas e incompletas cobran precios abusivos, creo conveniente hablar algo sobre el cine chileno. Ya está bueno que de una vez por todas y en forma práctica se preste ayuda a esa industria tan vacilante y aporreada, que es el cine nacional.

Como vehículo de entretenimiento y cultura para las masas el cinematógrafo es indiscutiblemente necesario en todos los países que se estimen de cultos y civilizados.

Para que el cine chileno siga adelante necesita de dos factores primordiales: el 1º, que se dicte una ley obligando a los empresarios de los cines a exhibir un número determinado de cintas chilenas mensualmente, esa ley se ha dictado en la Argentina. Y el 2º, una ley que libre a los Estudios Cinematográficos, productoras y distribuidores nacionales de pagar impuestos y patentes. (En México rige esa ley). La Corporación de Fomento de la Producción, que creó don Pedro Aguirre Cerca, ha tenido su actuación en la cinematografía chilena, pero por desgracia, todo lo que ha hecho no ha sido más que arruinar nuestro séptimo arte. Ahí tenemos un ejemplo: “Esperanza”, una cinta ciento por ciento argentina, cuyo costo de 16.000.000 de pesos fue financiado por Corfo. ¿Cuántas cintas chilenas se habrían podido filmar con todo ese capital? ¡Por lo menos ocho! TIPO HOLLYWOOD ES ASI, de nuestro director, Jorge Délano (Coke).

Yo creo, que ahora que la Corfo entregó la Chile Films (otro golpe de muerte que significó para nuestro cine ese Estudio monumental catalogado el mejor de Sud América) al laborioso cineasta Emilio Taulis, sería de desear que se le hiciese un préstamo para poder echar a andar los Estudios. Pues de lo contrario, por muy buenos propósitos que tenga Taulis con respecto al cine nacional, se verá en la amarga necesidad de arrendar la Chile Films a un cinematografistas extranjero.

¿Está destinado a desaparecer el cine chileno? ¡Es de desear que no!

Artículo publicado originalmente en:
La Opinión, Santiago, 28 de septiembre de 1950.