El Chacal: enjuiciamiento a la sociedad
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El cine -en su doble calidad de industria y expresión artística- es uno de los medios de comunicación de masas más formidable. Por ello puede ser convertido en un instrumento deformador de la realidad social al servicio de quienes desean impedir o desviar su conocimiento. A la inversa, puede llegar a ser un ejemplificador implacable de esa misma realidad, llegando con su lenguaje de imágenes a introducirse en la profundidad de las contradicciones y extrayendo de ellas una visión descarnada y exacta de nuestra problemática.

Tal es el caso del film que realizó Miguel Littin sobre la vida, las andanzas, la regeneración y el fusilamiento (asesinato legal) del hombre conocido como “El Chacal de Nahueltoro”. Por primera vez un largometraje nacional (porque es realizado por chilenos y más que nada porque se basa en lo nuestro), logra plenamente interpretar y ahondar sobre un hecho y desde su ámbito particular generalizarlo a una situación que afecta a los fundamentos de la sociedad.

El argumento es tomado de la vida de un hombre rústico, que no tuvo instrucción escolar y que debió afrontar una existencia miserable y explotada desde su niñez y que al cabo de los años se convierte en asesino, bajo los efectos del alcohol. El hecho realmente produjo conmoción pública e indignación, pero en el curso del proceso se fue viendo más claro y “El Chacal” llegó a ser un hombre que hizo de las celdas y talleres carcelarios de Chillán su primera y última escuela. Aprendió a leer y a escribir, pero esto que en forma tan atrasada le dio la sociedad, sólo le sirvió para poder leer su condena a muerte y firmarla. El entonces Presidente Alessandri negó el indulto.

Littin tomó el tema y lo desarrolló transformándolo en enjuiciamiento -más que a la justicia- a la sociedad culpable definitiva de la aparición de hombres como “El Chacal”.

Pero no es sólo el tratamiento conceptual de la temática lo que destaca a este film muy sobre el resto de las películas realizadas en nuestro país hasta el presente. Se advierte también en Littin y en todo su equipo de autores y técnicos, un afiatado dominio del lenguaje cinematográfico. El film, de un estilo documental en lo formal y realista, en su concepción estética, es el mejor ejemplo de las posibilidades de nuestro cine y de sus realizadores.

Sin lugar a dudas es poco lo que podemos decir de este primer largometraje de Miguel Littin en un comentario ceñido a la parquedad del espacio. Habrá tiempo de seguir analizándolo en otros aspectos.

Artículo publicado originalmente en:
El Siglo, Santiago, 24 de abril de 1970.