Comentarios de cine: “Valparaíso, mi amor”
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Aldo Francia quiso rendir homenaje a Valparaíso y para eso no ubicó su cámara en los sitios turísticos ni compuso una historia boba y faltas para la exportación. Prefirió sondear el Valparaíso que conocen como a su vida millares de sus habitantes: el de los cerros pobres, el de la vida áspera y sin horizontes. Sus protagonistas no estudiaron un guión para representarlo después de trabajosos ensayos. El film posee un estilo documental y todo parece espontáneo. El lenguaje es el mismo que brota de los coloquios del pueblo, sin correcciones en perfecto chileno. Y había intentado con éxito tal cosa Raúl Ruiz, en sus “Tres Tristes Tigres”. En “Valparaíso”… la experiencia encaja bien porque se trata de presentar sin maquillaje de ningún tipo la realidad del subdesarrollo, las condiciones de vida infamantes de porteños típicos, los mismos que sirven a veces para tener frivolidades y lugares comunes a los autores de divertimentos.

El film no solo es honesto y verídico. De todo ese cuadro abigarrado y dinámico de los ascensores, los bares, las casas de latas destartaladas, las escaleras, las calles estrechas, la cárcel, los mercados se desprende una profunda adhesión a los dolores y frustraciones del pueblo. El pobre obrero cesante que debe robar para sostener a su familia: la mujer abnegada que por puro amor y fidelidad a su hombre se hace cargo de una familia: los niños abandonados a su suerte que son atrapados por la delincuencia o la prostitución, la estúpida burocracia de la justicia; todo ello está planteado con elocuencia en “Valparaíso, mi amor”. Como fondo no hay sinfonías ni banda sonora pretenciosa: una voz aguardentosa, destemplada canta una canción sentimental y a menudo los ruidos de la vida directa apagan toda música.

Se le podría objetar a la película de Aldo Francia cierta falta de coherencia. Pero ésta es deliberada y en beneficio del carácter testimonial y de denuncia que anima toda la película.

La calidad técnica es de primer orden. Y se destaca una fotografía que hace resaltar sin preciosismo los detalles necesarios para acentuar la intención del film. Todos ellos están en la fisonomía proletaria de Valparaíso.

Llama a atención la eficacia de los actores infantiles, alumnos de un hogar de menores que sostiene el Cuerpo de Carabineros del puerto. También la actriz Sara Astica revela una vena dramática y una autenticidad poco frecuente en el cine chileno.

Las concesiones caritativas que se le hacen al cine nacional no cuentan para “Valparaíso, mi amor”. Es una película adulta y meritoria por sus intenciones fundamentales y por su realización.

BUENA

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Artículo publicado originalmente en:
El Siglo, Santiago, 26 de abril de 1970.