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Pedro Sienna, historia viva del cine chileno
Por Mario Ferrero*
Publicado en Diario La Nación, 20 de Diciembre de 1970, p. 6-7 (suplemento).
D√≠as atr√°s, en Valpara√≠so, los escritores porte√Īos me contaron una an√©cdota muy singular. Ocurri√≥ que durante una comida de camarader√≠a intelectual, en homenaje al retorno a Chile de Esteban de Santa Coloma el fabuloso amigo y recitador espa√Īol, a la hora de los postres su puso de pie un tal Camarro, de nacionalidad mexicana, y las endilg√≥ con un discurso √Īo√Īo, ret√≥rico hasta la saciedad, lleno de melindres y lugares comunes. Como si esto fuera poco y en homenaje a la nostalgia de la patria lejana, anunci√≥ la recitaci√≥n de un poema original, reci√©n escrito, inspirado en el recuerdo de sus m√°s caros afectos mexicanos. Y sin decir ‚Äúagua va‚ÄĚ, recit√≥ al dedillo y muy suelto de cuerpo ‚ÄúEsta vieja herida‚ÄĚ, de Pedro Sienna. Los chilenos se miraban at√≥nitos, ofendidos, hasta que Manuel Astica Fuentes, especie de enciclopedia porte√Īa, puso las cosas en su lugar y relat√≥ que el poema chileno fue escrito en 1915, publicado en ‚ÄúSelva L√≠rica‚ÄĚ dos a√Īos despu√©s y reeditado en numerosas antolog√≠as y compilaciones, todas las cuales fueron citadas con sus autores y fechas precisas de publicaci√≥n. El mexicano, investigador hist√≥rico, indigenista, se excus√≥ diciendo que se trataba de una simple coincidencia de la hermandad americana, del sentimiento com√ļn de una emoci√≥n compartida m√°s all√° de las fronteras convencionales.

La an√©cdota, algo triste, rebela, sin embargo, la popularidad de Pedro Sienna, el eco que ha sabido despertar su poes√≠a en otras latitudes, la respuesta an√≥nima a su extraordinario don de camarader√≠a, generosamente prodigado a trav√©s de una larga y conmovedora bohemia. Poeta, novelista, periodista, actor de teatro, pionero del cine nacional, profesor de arte esc√©nico en m√°s de quince academias de teatro, Pedro Sienna es, ante todo, el grande y querido amigo de tres generaciones de artistas nacionales, el colaborador entusiasta y desinteresado de cuanta locura hermosa anda suelta por el mundo, el investigador impenitente que no termina jam√°s de ceder a sus valiosos materiales. Es √ļtil recordarlo ahora que el artista est√° retirado y que muy pocos recuerdan sus aportes literarios, aquellos cordiales mensajes de ‚ÄúMuecas en la sombra‚ÄĚ.

‚ÄúEl tinglado de la farsa‚ÄĚ o ‚ÄúLa caverna de los murci√©lagos‚ÄĚ, o sus primeras incursiones en el teatro, cuando era un joven y apuesto gal√°n que lo abandon√≥ todo para seguir, con Bernardo Jambrina, la errante far√°ndula de los viejos tablados. De all√≠ nacieron sus obras ‚ÄúLa pagoda azul‚ÄĚ, ‚ÄúUn disparo de rev√≥lver‚ÄĚ, ‚ÄúLas cabelleras grises‚ÄĚ. Y nacieron tambi√©n no menos de cien interpretaciones estelares de las obras de sus amigos o compa√Īeros de generaci√≥n.

El periodista

No recuerdo cu√°ndo vi a Pedro Sienna por primera vez. Puede haber sido en la antigua Academia de Teatro del Ministerio de Educaci√≥n, o en las tertulias period√≠sticas de los grandes rotativos, o en torno a una mesa de la vieja bohemia santiaguina. En todo caso, de esto hace muchos a√Īos. Despu√©s fuimos compa√Īeros de trabajo en ‚ÄúLa Naci√≥n‚ÄĚ, cuando Pedro era jefe del Archivo y yo colaboraba con Nicomedes Guzm√°n en el suplemento literario. Durante esos a√Īos, el poeta fue nuestro pa√Īo de l√°grimas, el animador ejemplar que hac√≠a ilustrar nuestros art√≠culos, buscaba las mejores fotograf√≠as, diagramaba fuera de horario, aconsejaba los grandes t√≠tulos y, al t√©rmino de la jornada, ofrec√≠a el caf√© con malicia de la esforzada noche de los periodistas. Su paciencia y su bondad no ten√≠an l√≠mites, tampoco la tuvo nunca su extraordinaria generosidad intelectual.

Estimulado por esta noble camarader√≠a, lo visit√© muchas veces en su casa de la calle Carmen, siempre abierta a la simpat√≠a y a la cordial√≠sima amistad. Me recib√≠a en su biblioteca, junto a sus carpetas de recortes y a sus miles de libros. Y all√≠ convers√°bamos durante horas, revisando documentos, recordando amigos desaparecidos. M√°s de una vez, me sirvi√≥ las once en la cocina, en la m√°s √≠ntima confraternidad de la sabia sencillez, lejos del protocolo y la frase engolada de los escritores de cartel. Cuando yo preparaba mi estudio acerca de los ‚ÄúPremios Nacionales de Literatura‚ÄĚ, fui a verlo una vez m√°s, a prop√≥sito de la obra de V√≠ctor Domingo Silva, su amigo del alma y el compa√Īero predilecto de su experiencia teatral. Pero no s√≥lo me ayud√≥ con singular eficacia, sino que me cedi√≥ primeras ediciones, programas amarillos, viejas fotograf√≠as, y hasta ech√≥ un lagrim√≥n de afecto muy hondo al recordar los gestos √≠ntimos, la bizarra vitalidad de V√≠ctor Domingo Silva.

El cine chileno

En cierta ocasi√≥n fui a entrevistarlo para la revista ‚ÄúVistazo‚ÄĚ, la que quer√≠a ofrecer una p√°gina de magazine con aspectos in√©ditos del cine chileno. Lo encontr√© en compa√Ī√≠a de Jorge D√©lano, en la m√°s amena y sabrosa de las charlas, fumando unos puros interminables que llenaban de humo toda la casa. Me parece oportuno reconstituir parte de esa charla, ahora que Miguel Littin ha venido a dar un nuevo impulso y a renovar la esperanza nacional en la reducida familia de los cineastas criollos.

Muy pocos saben que el cine chileno es el m√°s antiguo del continente y uno de los primeros, en el tiempo, que se intentaron a escala mundial. En nuestro pa√≠s, los intentos iniciales datan de mucho antes de que Hollywood reclamara para s√≠ el t√≠tulo de capital del cine mundial. Ya en 1905, exist√≠an en nuestro pa√≠s aficionados que llevaban al celuloide acontecimientos de la vida social, entre los que se recuerdan unas fastuosas bodas de la familia Ossa. En 1910 se form√≥ una peque√Īa sociedad entre don Luis Larra√≠n Lecaros y don Julio Cheney, con el objeto de llevar a la pantalla algunas escenas y acontecimientos de las festividades del Centenario de la Independencia Nacional. En 1914, un a√Īo despu√©s del nacimiento cinematogr√°fico de Chaplin y un a√Īo antes de la primera gran pel√≠cula norteamericana, Jorge D√©lano hac√≠a sus primeros noticiarios en un estudio de la calle San Isidro, con una orfandad de medios que hoy nos parece inveros√≠mil. Eran los tiempos del cine mudo. ‚ÄúPor aquel tiempo se filmaba aprovechando la luz del sol, sin otro elemento que no fuera el entusiasmo‚ÄĚ, nos cuenta Pedro Sienna, uno de los aut√©nticos pioneros del cine nacional. ‚ÄúSe utilizaban los telones corredizos, no hab√≠a proyectores ni exist√≠an los reflejos suplementarios la acentuaci√≥n de la luz se lograba por medio de simple cartones pintados con polvo de aluminio‚ÄĚ.

Sin embargo, con estas condiciones m√°s que primitivas, nuestro pa√≠s vivi√≥ su √©poca de oro en el cine nacional. El a√Īo 17 se producen las dos primeras pel√≠culas chilenas de argumento: La agon√≠a de Arauco, protagonizada por Rosa Ameil, con gui√≥n de Gabriela Buschfuss, y El hombre de acero, cuyo primer gal√°n era Pedro Sienna. El argumento pertenec√≠a a Carlos Cariola y Rafael Frontaura; acompa√Īaban a Sienna en el reparto Isidoro Rey√© y Nemesio Mart√≠nez. La pel√≠cula se estren√≥ en los teatros Uni√≥n Central y Septiembre; luego pas√≥ al Atenas, el que anunciaba el estreno con este curioso cartel: ‚ÄúHoy a las 9.30. √Čxito de la superproducci√≥n nacional El hombre de acero, por los mejores artistas chilenos. Costumbres nacionales, un gran boche en un conventillo de la calle Mapocho, entre una vieja pequenera y Nemesio Mart√≠nez‚ÄĚ.

‚ÄúUn grito en el mar‚ÄĚ

El a√Īo 1924, Pedro Sienna protagoniza Un grito en el mar, que el a√Īo siguiente obtuvo el Primer Premio en la Exposici√≥n Internacional de la Paz. Fueron esta medalla de oro y diploma de honor los que le dieron al cine chileno categor√≠a internacional. Un grito en el mar era una pel√≠cula de aventuras marineras, en la que interven√≠an piratas, esp√≠as y gentes de puerto. ‚ÄúLas principales escenas fueron filmadas en el ‚ÄúLatorre‚ÄĚ y en ‚ÄúLa gaviota‚ÄĚ, goleta langostera que hacia de nave pirata. En la pel√≠cula actu√≥ la polic√≠a mar√≠tima de Valpara√≠so a cargo de Jorge Pr√≥cer, y yo tuve que hacer de director, dise√Īador, guionista y hasta carpintero‚ÄĚ, nos cuenta Pedro Sienna. ‚ÄúLos piratas los obtuve en una casa de juego del puerto. Era gente indisciplinada y patibularia que andaba constantemente a la caza de aventuras. Mientras estuvimos en tierra, preparando el montaje, la cosa anduvo muy bien, pero cuando tuvieron que embarcarse para filmar, comenz√≥ la odisea: se emborrachaban, se ca√≠an al mar, se pasaban el d√≠a en eternas discusiones acerca de la suerte del film. Era para enloquecer un santo‚ÄĚ.

Pocos a√Īos despu√©s, nuestro cine vuelve a hacer noticia internacional. Se trata de La calle del ensue√Īo, de Jorge D√©lano, que obtiene el Primer Premio en la Exposici√≥n de Sevilla el a√Īo 1929. Ambas pel√≠culas son las √ļnicas chilenas que se han exhibido con √©xito en el extranjero. Posteriormente otra pel√≠cula de Coke, Esc√°ndalo, logra cruzar la frontera y triunfar en M√©xico y Argentina. Se trataba de una creaci√≥n de corte pirandelliano, la que cautiv√≥ a muchos por la audacia de la realizaci√≥n.

A prop√≥sito de La calle del ensue√Īo, recuerda Jorge D√©lano: ‚ÄúTen√≠amos que filmar una escena de Las mil y una noches, la que transcurr√≠a durante un sue√Īo de la protagonista. En ella figuraba un pr√≠ncipe √°rabe que interpretaba Guayo de la Cruz. Pues bien, el traje de pr√≠ncipe lo hab√≠a conseguido en el Teatro Municipal, y envi√© al propio Guayo a buscarlo. El actor no encontr√≥ nada mejor que vestirse en el Municipal y venirse disfrazado por la calle, pero la gente lo confundi√≥ con un delegado hind√ļ que ven√≠a a presentar sus credenciales a La Moneda. El hecho es que las Fuerzas Armadas le presentaban armas y todo el mundo se descubr√≠a a su paso. Para colmo de males, el elefante se comi√≥ el argumento‚ÄĚ. Coke aclara: ‚ÄúMe hab√≠an arrendado un elefante en un circo de la Alameda, s√≥lo por dos cuadra, a objeto de filmar la escena fant√°stica del sue√Īo. Est√°bamos filmando cuando el elefante estir√≥ su trompa y se trag√≥ el texto del gui√≥n que yo ten√≠a en la mano. Tuve que suspender la filmaci√≥n y rehacer toda la segunda parte del escrito‚ÄĚ. Eran los avatares l√≥gicos de toda iniciaci√≥n.

√Čpoca febril

Luego de estas p√≠caras experiencias, viene una etapa de febril actividad en la que se producen no menos de treinta pel√≠culas, muchas de ellas de categor√≠a. Bastar√≠a recordar Alma Chilena, producida en Valpara√≠so por Hans Frey; Cuando Chaplin enloqueci√≥ de amor, la primera pel√≠cula c√≥mica con argumento de Pedro J. Malbr√°n; Por la raz√≥n o la fuerza, de Nicanor de la Sotta; Almas perdidas, de Antonio Acevedo Hern√°ndez; Hombres de esta tierra, el primer film de Carlos Borcosque con Silvia Villalaz, Luis Vicentini y Jorge Infante Biggs; Golondrina, Martin Rivas, Luz y sombra, La v√≠bora de azabache, con argumento de Rafael Maluenda, pel√≠cula tan mala que el p√ļblico comenz√≥ a llamarla ‚Äúla v√≠bora en escabeche‚ÄĚ. Y tantas otras que es dif√≠cil olvidar: Mater Dolorosa, que se film√≥ en Concepci√≥n dirigida por Alberto Santana y protagonizada por Arturo B√ľrhle; Canta y no llores coraz√≥n, Bajo dos banderas, dirigida y protagonizada en Antofagasta por Edmundo Fuenzalida Espinoza; La √ļltima trasnochada, protagonizada por Pedro Sienna; Hollywood es as√≠, de Jorge D√©lano, en colaboraci√≥n con el Teatro Experimental; Norte y sur, La encrucijada, El disfraz amarillo.

‚ÄúLas an√©cdotas las produc√≠a la pobreza‚ÄĚ, relata Coke. ‚ÄúEran tales las condiciones de la industria, que viv√≠amos en riesgo permanente. Recuerdo una ocasi√≥n en que film√°bamos Juro no volver a amar, producci√≥n excesivamente rom√°ntica que protagonizaba el entonces capit√°n Ca√Īas Montalvo, que m√°s tarde fue General de la Rep√ļblica. Est√°bamos en el Cerro Santa Luc√≠a, produciendo una escena de amor muy importante. Ca√Īas Montalvo estaba listo para la filmaci√≥n, ya caracterizado y maquillado a la antigua. De pronto sonaron unos disparos en la Alameda y Ca√Īas se ech√≥ a correr hacia abajo, dej√°ndonos con un palmo de narices. Ten√≠a que hacer urgentemente. M√°s tarde supimos que lo que ten√≠a que hacer era tomarse La Moneda, como oficial del movimiento que derroc√≥ a la Junta de Altamirano‚ÄĚ.

Pedro Sienna, por su parte, recuerda an√©cdotas muy curiosas. Al referirse a La √ļltima trasnochada, evoca: ‚ÄúTen√≠amos la c√°mara en una esquina pr√≥xima a la Estaci√≥n Mapocho, desde donde deb√≠amos filmar una escena de hampones ocurrida en un boliche de mala muerte. Como las instrucciones se retrasaban, hab√≠amos interrumpido el tr√°nsito en la calle y est√°bamos rodeados de curiosos. De pronto apareci√≥ un carabinero e intent√≥ detenerme por ‚Äúdesorden en la v√≠a p√ļblica‚ÄĚ. Apel√© al p√ļblico y subi√©ndome sobre un cami√≥n grit√© a voz en cuello: ¬ŅQui√©n soy yo? ¬°Ustedes me conocen! Manuel Rodr√≠guez, respondieron al un√≠sono‚ÄĚ. Es preciso recordar que por aquellos d√≠as se exhib√≠a El h√ļsar de la muerte en varios cines de Santiago y Pedro protagonizaba al genial guerrillero, lo que hab√≠a despertado la simpat√≠a y el afecto populares.

Hasta aquí los recuerdos de aquella entrevista célebre.

Durante un tiempo, no tuve oportunidad de volver a conversar con Pedro Sienna. Nos solíamos ver por la calle, en los estrenos de teatro, en las salas de conferencia. Nos saludábamos desde lejos con la cordialidad que le es habitual.

Hombre sentimental

Pero un d√≠a, Pedro obtiene el Premio Nacional de Teatro. Con tal motivo, asiste como invitado de honor a la Comida de los Inocentes, que a√Īo tras a√Īo ofrece la Asociaci√≥n Chilena de Escritores en homenaje a los colegas que se han destacado durante la temporada.

Pedro est√° en la mesa de honor, silencioso, confundido. Se le ve cansado y un tanto ajeno a la desordenada ceremonia intelectual. Pero he aqu√≠ que Pancho Coloane se levanta para ofrecer la manifestaci√≥n y lo hace en un lenguaje achispado, fraternal, en el que va recordando los viejos amores del actor, su trayectoria period√≠stica, la vida de entretelones, el eterno secreto de las bambalinas. A Pedro se le iluminan los ojos y pronuncia un discurso emocionante que hace llorar a las doncellas, pone celosos a los galanes, despierta la euforia general. Y all√≠ est√° a las tres de la ma√Īana, rodeado de mujeres hermosas, lleno de fuego rom√°ntico, como en los mejores tiempos de su juventud.

Sigue pasando el tiempo. Un d√≠a, cuando ya lo cre√≠amos retirado y nos mantenemos respetuosos de su intimidad, aparece de improviso en las elecciones de la Sociedad de Escritores. Nos saludamos en la puerta con un abrazo, al que Pedro agrega de inmediato: ‚ÄúNo me diga nada compa√Īero. Vengo a votar por ustedes. Me han llamado durante todo el d√≠a amigos de las otras listas, pero yo soy el mismo de siempre y aqu√≠ me tienen‚ÄĚ. Sufraga r√°pidamente con seguridad. Luego nos invita a beber una copa y se inicia la charla, la cordial√≠sima charla, que quisi√©ramos no se interrumpa jam√°s.

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* Transcrito por Pablo Molina Guerrero.

Versión en PDF, gracias a Memoria Chilena

Articulo publicado originalmente en
Diario La Nación, 20 de Diciembre de 1970, p. 6-7 (suplemento).
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