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Modestia aparte: Coke revolucionará las modalidades del cine
Por J.N. Tobalaba
Publicado en Revista Ecrán. Nº721, 14 de noviembre de 1944.
Como en todas las artes modernas, el público deberá poner algo de su parte para la buena comprensión de Hollywood es así. Es obra de un manejador de sueños.

Conversar con Coke no es cosa tan sencilla, sobre todo si se desea saber algo concreto sobre sus planes y realizaciones del momento. Es un hombre nervioso, cuya expresión está salpicada de sugestiones, que son a menudo producto de la improvisación, de la gestación de los proyectos que bullen en su mente. Si alguien le toca un brazo de improviso, se sobresalta, se encienden sus pupilas, interroga su perfil aquilino y se le escapa alguna exclamación de sorpresa inaudita. Un hecho real ha venido a sacarlo de su realidad surrealista. Y no se crea que exagero. Conozco a Coke veinte años, y este conocimiento del hombre de lucha infatigable y del soñador me autoriza para revelarlo tal como es a quienes todavía, y a pesar de su vida de total entrega, no le conocen. La vida intelectual de Jorge Délano ha girado, por vocación irresistible, en torno a los misterios psíquicos en su proyección, por decirlo así, más allá de lo material. Los sueños ocupan para él una situación tan importante como los actos de la vida consciente. Es y ha sido un surrealista, sin esfuerzo y sin que lo lleve a ello un plan estético preconcebido. Es fácil explicarse así el estado nervioso permanente a que hemos hecho referencia. Fuera del orden de los afectos, y dentro de lo puramente especulativo y mentalista, Coke ha realizado proezas que sería necesario explicar con gran acopio de detalles. Pero bastará revelar, para una ligera comprensión de sus andanzas dentro de lo misterioso, que ha realizado excursiones en el plano astral. Cokse se ha desdoblado. Su cuerpo astral, desprendido de su materia que conocemos, ha vagado sobre la ciudad de Santiago una noche cualquiera de hace años y ha visitado a algunos de sus amigos durante el sueño. “Algunos dormían apaciblemente, rodeados de cascarones azules (especie de guardianes del espíritu), otros se retorcían sobroe parrillas incandescentes, de acuerdo con su vida imperfecta”. Es una lástima que su poca práctica o la cesación de ella no le haya permitido ir más lejos, a esos puntos donde ha ido en persona, por ejemplo, a Hollywood. ¡Qué de maravillas nos habría podido contar de los astros cinematográficos!

Sin embargo, esta doble personalidad de Coke le ha permitido, sin desdoblarse, realizar una síntesis del espíritu de Hollywood. En esta empresa harto difícil, cuand no se cuenta con los elementos materiales adecuados, le ha servido más que nada la sagacidad de su pupila de caricaturista, arte que cultiva como pocos, y que es esencialmente sintético, que se coloca, a la vez que en lo real, en lo irreal; que mediante la exageración de unos cuantos rasgos, a veces uno solo, logra extraer desde el fondo del alma a la superficie todo un carácter, toda una vida espiritual. Esto es lo que hace Coke con Hollywood: de un ambiente de intimidad extrae la vida subjetiva. Por eso su película es a ratos real a ratos fantástica. Para ello se vale de la vida en los estudios, de las intimidades de una pensión de artistas, de las pasiones que allí se agitan y de los sueños, y, lo que es más complejo, de su confrontación con los hechos. Su protagonista es sonámbula. Para ella, los micrófonos son orejas, y cada foco, el ojo de un cíclope. El espectador podrá seguir, paso a paso, las reacciones subconscientes de este personaje que llega a Hollywood, precedido de los sueños sobre “lo que para ella es Hollywood”. Pasa sobre las huellas de los pies dejadas sobre baldosas por los artistas más famosos, e inscribe, en sueños, su nombre junto al de Greta Garbo. Un barquinazo del avión en que viaja la deja sentada en el piso de la cabina. Y cuando entra a los estudios y domina, cuando le es ofrecida como sobre una bandeja la oportunidad que ella anhelara, caen en la cuenta (sonambulesca) de que “su” realidad, la soñada, es superior a cuanto tiene postrado a sus pies.

En Hollywood, que es la resultante de una serie de pensamientos que han concurrido de otras tantas partes del mundo, ha sido necesario clasificar a las personas y establecer un orden. Aparte de agruparlos, de acuerdo con sus condiciones temperamentales, dentro de lo objetivo, se les ha clasificado según las diversas fisonomías y las expresiones de sus rostros. Aquél tiene cara de profesor de escuela primaria; éste de notario; el otro, de abogado de aldea, y éste, de conductor de tren. Estas gentes esperan los temas donde les corresponderá hacer el abogado, el notario, el profesor. Un “conductor de tren” ha estado aguardando su oportunidad, y ésta llega después de mucho tiempo de cruel desesperanza. Se va a filmar El Expreso de Shangay. El anuncio lo ha puesto feliz, y cuando al día siguiente sus compañeros de pensión van a avisarle que debe ir a trabajar, lo encuentran muerto.

Alguien, un personaje shakespeariano, poseído del más legítimo empirismo, anuncia que aquello no es la muerte, que la encarnación de ese hombre está en todos los conductores de trenes del mundo, y el espectador asiste a la partida de un tren de la Estación Mapocho, cuyo conductor tiene el mismo rostro de aquel que debía aparecer en El Expreso de Shangay. Y el argumento nos mete en seguida a una realidad bien nuestra.

Es en estos tramos del celuloide de Coke donde el público debe poner mucho de su parte, como ocurre en todas las artes modernas. El cine tiene cuarenta años de existencia. Es el arte en que se invierte mayor fortuna, y es lógico que progrese, que experimente una evolución violenta, que siga el ritmo de todas las obras de creación que van marcando una renovación constante.

Aparte de la novedad de los entretelones de Hollywood, en que el espectador podrá apreciar el ambiente parcial y total que forma la vida de los artistas y empresarios, la película de Coke recurre a trucos admirablementes concebidos y realizados. El ambiente de aquella ciudad cinematográfica está inevitablemente ligado al sonido, es decir, propiamente, al idioma, al inglés. Unos lo pronuncian bien; otros, con acento extranjero. Esto obligaría, al presentar Hollywood, a mantener largos espacios en este idioma incomprendido por la mayoría de nosotros. Pues bien, en esta película se salva este grave inconveniente con la presencia aparentemente arbitraria del “duende traductor”, que maneja la palanca ingles-castellano. Si se está hablando inglés, gira la palanca y quedan todos hablando castellano, y, viceversa, cuando un accidente mueve el dispositivo mágico, tenemos a un huasito de Chincolco hablando inglés. Aun cuando esto resulta divertido, el duende se apresura a restablecer la normalidad, de manera que en forma automática la conversa del huasito sigue en el idioma de Chincolco.

La coctelera de esta película hará tal impresión a los espectadoras, que si son interrogados después de verla, no podrán trasmitir una impresión objetiva, ajustada a una realidad capaz de ser narrada; sin embargo, todos tendrán la impresión de que Hollywood es así.

Articulo publicado originalmente en
Revista Ecrán. Nº721, 14 de noviembre de 1944.
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