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Critica de cine: UN HOMBRE DE LA CALLE
Por Miguel Munizaga Iribarren
Publicado en Diario Ilustrado, 28 de Julio de 1942.

ARGUMENTO

Con “Un hombre de la calle” , producción de los Estudios V.D.B.-Vivadode Liguoro y Beier-nace al fin para nuestra cinematografía, la película con nombre y calidad de tal, la obra con alardes técnicos, envergadura, interpretación y que ha conseguido con un argumento sin mayores pretensiones, un espectáculo agradable, cómico y sentimental a la vez.

“Un hombre de la calle”, idea original! Del protagonista Lucho Córdoba, llevada al guión por el ágil periodista Enrique Rodríguez Johnson, capta la existencia azarosa de un vagabundo que pese a sus harapos, tiene su dignidad y su independencia, persona típico, simpático por demás en fuerza del calor humano que lo anima y de un fondo, siempre alcansable, de generosidad y ternura.

El libretista no ha olvidado que nuestra fílmica está en los albores, por eso que la intriga es fácil, ingenua por momentos, y que todo no va mas allá de un animado cuadro de costumbres. Este cuadro lo avalúa una interpretación soberbia, lo sostiene la grata nota musical de Fernando Lecaros y lo agiganta la dirección, a todas luces magnífica.

DIRECCIÓN

Eugenio de liguoro después de cuatro años de permanencia en Chile y de haber obtenido una nota paisajista en “El hechizo del trigal”, otra desigual y dispareja en “Entre gallos y medianoche”, una meritoria y plena de promesas en “Verdejo gasta un millón”, alcanza la perdurable, la definitiva en “Un hombre de la calle”.

De Liguoro, al igual que un milagro, ha convertido un asunto simple, en una no interrumpida sucesión de panos felices que muestran notables esfumaciones y una fotografía limpia e inobjetable.

Parapetado en su cámara, le has dado el necesario movimiento. No es esta la eterna cámara estática de todas las películas chilenas. Esa cámara anquilosada, tímida e irresoluta. Es la cámara audaz que tan pronto sigue al intérprete por un camino sembrado de hojas otoñales cuando olvidando estos recursos sentimentales, capta un terremoto donde la técnica llega a lo perfecto.

Los ángulos de taquilla de la película, han forzado a de Liguoro a concesiones que seguramente no veremos en sus producciones del futuro. Son afortunadamente muy pocas. Desde luego, esa conga que bailan los asistentes a la boite, de un marcado mal gusto. También el ambiente mismo de la boite es a ratos convencional. Los extras salvo una que otra excepción, no fueron seleccionados.

Pero de Liguoro es, por sobre todo, un artista. Ahora en un Estudio levantado con su tenaz esfuerzo y el de sus socios y colaboradores. Ricardo Vivado y Ewald Beier, los ingenieros de sonido de la película, sin otra ayuda que la propia fe y el entusiasmo da la justa medida de lo que es capaz. Aquí no hay notas rimbombantes, ni frases de propaganda, ni discursos, ni música que se lleva el viento. Hay una película. Una película con múltiple belleza y muy escasos defectos, una película que no nade de un capricho o de un entusiasmo y sí, del poder creador de Eugenio de Liguoro, que tiene en sus manos las claves de la cinematografía grande de esa que se escribe con mayúscula.

Los merodeadores de la ajena gloria, los despechados, los que fracasaron, los que tienen siempre en la palabra una crítica irrazonable, buscarán la justificación de sus afanes en el detalle nimio, en el aspecto baladi; pero los que conocemos la batalla del celuloide, lucha cruel y sangrienta, saludamos en Eugenio de Liguoro el hasta hoy primero y único triunfador de la cinematografía chilena.

INTERPRETACION

Tarea difícil para cualquier director en nuestro país, conducir frente a la cámara a Lucho Córdoba, tarea que fue fácil, a causa de la fe de Liguoro y la obediencia de Córdoba, que se olvió en los estudios V.D.B. de esa legítima gloria que le ha creado un público fiel y numeroso que lo estimula, con su presencia y con su aplauso.

No admiramos cumplidamente el género de Córdoba. No nos place esta comicidad detonante que fulgura en el Teatro Imperio, comicidad que va de la caricatura a lo grotesco. Pero respetamos ese auditorio que forman miles de espectadores de todas las clases sociales de Santiago que al sostener a Córdoba es el único que triunfa y permanece.

¿Ha perdido o ganado Córdoba al enfrentarse con la cámara? ¿Derrotará el hombre de películas al hombre de tablas? Preguntas son estas que contestará el futuro. Su actuación en “Un hombre de la calle” no es definitiva.

Al comienzo y en muchas escenas de la producción que comentó el actor teatral campea por sus fueros que Lucho Córdoba, con su conocida colección de gestos ya clásicos, su natural desparpajo y su comunicativa simpatía.

Pero el intérprete cinematográfico no tarda en aparecer. En los últimos tambores de la cinta-los mejor logrados-Córdoba es un mimo capaz de codearse, y con ventaja, con Pepe A rias o Sandrini. En la última escena, su rostro adquiere una cabal expresión artística, y aunque no habla, cuanta emoción, cuan resignedo y contenido dolor en el hombre que viene de la calle y que vuelve a ella después de hablar vivido la ilusión de un uento de hadas, seguido ahora por su perro, el único amigo que no habrá de traicionarlo…

En cuanto a Olvido Leguía, muéstrase cinematográfica en todo su papel. Su labor es, sin disputa el trabajo más cumplido y más sinceramente entregado en”Un hombre de lacalle”. No es el más brillante, por eso no llegará al gran público en toda su fuerza y expresión.

Ingrata labor la de una madre que ha olvidado sus deberes, que Blanca Negri. Su Lolita, respira cautivante simpatía por todos los poros. Canta y como sabe hacerlo. A su voz fresca y bien timbrada se suman esa gracia, ese donaire y ese salero que le son tan propios.

Blanca Negri cautivará desde su primera presentación y esas canciones que escribió para ella el compositor de rando que es Fernando Lecaros, serán bien pronto populares.

Con Blanca Negri cuenta la cinematografía chilena con una dama joven capaz de cantar bien  y de actuar mejor. A diferencia de otras, ella no se ha quedado en la letra de una canción…

A su notable temperamento añade un desplante único ante la cámara. No dudamos que el porvenir le reserva un brillante camino cinematográfico.

Rubens de Lorena reedita su éxito de “Verdejo gasta un millón”. Fotografía bien, muy bien, se muestra más aplomado. Su Gustavo Santillán es un vividor de buena ley, elegante, especie de cinico y trotamundos, muy seguro en sus parlamentos, de una mimica muy atinada. Haría cumplido honor a cualquier cinematografía, fuera española, mejicana o argentina. Es una palabra, un actor aunténtico, de múltiples recursos. Guardamos de Esther López un muy grato recuerdo. Hace años, cuando actuaba en el Teatro Santiago, la aplaudimos noche a noche. La hemos perdido de vista, pero la sabemos una figura querida y popular del teatro chileno. En el film que comento, su labor es episódica. Acaso este un tanto teatral. El papel que le correspondió es caricaturesco. No podía dar ella más. Pero la simpatía que despierta su solo nombre le asegura el beneplácito de un auditorio que sabe que ella ha dado a las tablas, lo mejor de sí misma.

Jorge Quevedo, sobrio, atinado. Magnífico el papel de Rita, la sirviente. Hermosa voz de la niñita Elizabeth. Araya Smart. Muy bien “La chilenita” en la boite.  Excelente la fugaz y religiosa silueta de José Mariscal.

CONSIDERACIONES FINALES

El público que asista a las exhibiciones de “Un hombre de la calle”, ignora todo el esfuerzo que supone la realización de la película.

Cuántas veces en esas frías tardes de este invierno llegaba yo a los Estudio V.D.B., cuyas puertas jamás se han cerrado a los críticos chilenos, ni a nadie, y veía la dura y esforzada tarea la de Liguoro, de Vivado, de Beier. Allí la esposa de Liguoro cumplía su misión en las tareas del maquillaje con una dedicación y constancia admirables. Torti confeccionaba sus decorados y Enrique Soto, al pie de la cámara, trabajaba sin descanso. Allí todo era acción y movimiento. Los reflectores se multiplicaban. Sus luces tenían algo de demoniaco. Perto toda esta tarea titánica, ha tenido un florecimiento feliz: se ha obtenido la primera película chilena digna de este nombre.

Eugenio de Liguoro y sus colaboradores pueden estar satisfechos. Con “Un hombre de la calle” nace para la cinematografía chilena ese día que tanto esperábamos y que tanto soñábamos.

 

Miguel Munizaga Iribarren             

                                                                                                                                                                                                                                                                                 

 

Articulo publicado originalmente en
Diario Ilustrado, 28 de Julio de 1942.
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