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Crónica de estrenos: "El Relegado de Pichintún"
Por Revista Vea
Publicado en Revista Vea, 25 de Agosto de 1943.

La versión cinematográfica de una exitosa farsa festiva, original de Gustavo Campaña, estrenada a comienzos de este año en el escenario del Teatro Imperio, ha servido a José Bohr para entregar al público chileno su segunda producción, realizada para el sello “Chilargen”, bajo el título de “El relegado de Pichintún”.

“El relegado de Pichintún” no necesitó salir del Imperio a los estudios cinematográficos. Bien pudo llevarse a la cámara del Teatro Imperio-como dijo un colega-y filmar allí los tres actos de esta obra.

ARGUMENTO.-El tema que sirve de base a “El relegado de Pichintún” es el mismo que vimos en José Bohr, el Imperio. No se ha cambiado ni un ápice. Aunque sus realizadores creyeron sacarle mayor partido en el lienzo, sucedió lo contrario. La obra teatral esm mejor que a versión cinematográfica. Los diálogos son demasiado extensos, deslavados. Los chistes y situaciones cómicas no tienen relieve y el público ríe porque se trata de una película cómica, y hay que reírse. Ni siquiera se hizo un mal guión para darle más movilidad y ritmo cinematográfico a la obra. La película resulta lenta, cansadora, monótona. No es lo que todos esperábamos. Aquel tema del relegado alemán que llega a un lejano pueblo sureño y es confundido por el ingenuo gobernador con un alto personero del gobierno es conocido hasta por los niños de las escuelas.

TECNICA.-Lo mejor es el sonido. Es nítido, parejo, brillante, aunque a ratos se malogra por la precipitación que parece haberse tenido al rodar las escenas. La fotografía, aunque tiene sus aciertos, es, en general, obscura y sin relieve. Se nota la inquietud del cameraman por sacar el mayor partido posible, aplicando una técnica diferente a a que hasta ahora e habíamos conocido a Ricardo Younis; pero, desgraciadamente, todo ese esfuerzo se malogró y el resultado fue unas fotos obscuras, a veces fuera de foco, que en nada superan a las que conocimos en “Pal otro lado”. Error grande fue el de no filmar ningún exterior. Toda la acción transcurre dentro de los estudios. La iluminación es deficiente.

INTERPRETACION.-En los carteles de propaganda se destacó a grande caracteres la participación de Ana González (La Desideria), como estrella del film. Aunque Ana González cumple una labor meritoria, está sobria, natural y medida, no llena las exigencias del público, sus chistes son demasiado repetidos. Estuvo mejor en “Pal otro lado”. Rolando Caicedo, en su papel de don Gervasio, el sordo gobernador de “Pichintún”, está gracioso. Logra hacer reír. José Bohr, en su interpretación de Otto Heinrick von Block, el “alemán de la radio”, está demasiado caricaturesco. Habla con acento francés, en lugar de alemán. Alejandro Lira, como Filiberto Verdejo, es uno de los mejores. Sobrio, natural y bien puesto en su papel Ester López está mal. No representa el tipo de personaje en que pensó Gustavo Campaña cuando creó a doña Hortensia Verdejo. Mirella Latorre no tiene lucimiento y fotografía mal. Gabriel Araya es una revelación como el panadero llorón. Jorge Sallorenzo estaba más gracioso en las tablas. Perdió mucho en la versión cinematográfica. A pesar de todo, gusta, y es el que mpás hace reír. Alberto Closas fue una decepción. Es el punto más bajo del reparto. No fue capaz de sacarle partido a un paoel tan corto como el suyo.

DIRECCION.-José Bohr descuidó los detalles no supo mover a sus personajes, no adaptó al cine una bra que había sido concebida para las tablas. La dirección es mediocre. Bien pudo haber demostrado tres años o dos días, eso no le importa al público. “El relegado de Pichintún” es un mal film y una buena comedia cómica. Ha cumplido con su propósito de hacer reír al público, pero no ha dejado nada para la historia del cine chileno. Es una película que hubiera estado bien para esos tiempos en que el cine nacional estaba comenzando a andar; pero ahora ya la cinematografía ha dejado de ser un laboratio de experimentación. “El relegado de Pichintún” tiene un alto valor comercial y un valor artístico negativo. Es una lástima.

Articulo publicado originalmente en
Revista Vea, 25 de Agosto de 1943.
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