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De Joaquín Edwards Bello. Amarga verdad
Por Joaquín Edwards Bello
Publicado en La Nación, 23 de febrero de 1945

Algunas personas dicen que van al cine nacional con el deseo de que triunfe. Otras personas confiesan que van al cine simplemente para entretenerse.

Es verdad, sería muy grato para todos el triunfo del cine nacional. Al caso, he oído citar a Benjamín Franklin, cuando apareció en la Corte francesa vestido con una tela ordinaria y declarando valientemente que en su nueva patria no las hacían mejores. De todas maneras, el cine no es un paño y pocas personas tomarían butacas para ver películas aburridoras, simplemente porque son nacionales. Hay otra manera de ser patriotas para con el arte de la pantalla, y ésta consiste en obrar con mayor inteligencia.

El cine es un arte, y no caben interpretaciones para evitar el dilema o se hace con artistas o no se hace.

Hasta ahora la mejor película nacional se llama Hollywood es así. Sin ser una maravilla, se acercó a la verdad, y algunas de sus escenas hubieran honrado al mejor cineasta norteamericano.

Esperábamos agradable sorpresa con Amarga verdad, a causa del contrato por la Chile Film del admirable y fogueado director Borcosque. El hecho de que este director hubiera madurado en el clima cinematográfico de Buenos Aires nos permitía ilusionarnos. En efecto, de Argentina nos llegaron películas hermosas y entretenidas, como El inglés de los guesos; Los martes  orquídeas; Su mejor alumno, y tantas otras.

Pero el señor Borcosque no es el mismo. Lo han cambiado. Nos parece que al llegar aquí se desligó de cierta tutela artística, no muy conocida del público, y que en los talleres argentinos tiene la importancia de esos hombres providenciales, que en las naciones influyen sin bombo, y que llaman Ministros sin Carteras.

Insisto en que la armazón, o andamio de la película, inclusive el tema, se desploman verticalmente si carecen de una emoción central, a manera de columna vertebral interna.

En la última película nacional hay de todo para que sea película, y no es película. Se trata de una falsa película, como un cuadro falso, como un billete falso, como cualquiera cosa que pretende ser, y no es. En pocas palabras, tiene los medios y la apariencia de las películas grandes, pero no es película grande, ni mediana ni pasable. Eso no es cine. No es invención de vida auténtica en ningún momento, ni siquiera por el riquísimo decorado. El piso de mármol de ese palacio, que nadie sabe por qué es palacio, suena como madera. Ese té que sirve la madre a su hijo es falso, con su porcelana de museo, y su mozo de opereta. No hay una sola escena en que el espectador crea reconocer vida cotidiana. No aparece por ninguna parte el rumor solemne y caricioso de la vida vulgar; no hay la poesía de la vulgaridad, lo cual es desconcertante para este país, que es todo pobreza y medianía, y cuyo espíritu no se podría encontrar fuera de lo vulgar.

En Norte América supieron encontrar la grandeza de lo vulgar en la novela Babbit, y en la película Mi Pueblo, de Wilder. No hay un detalle en Amarga verdad de esos que hacen pasar por la espalda del espectador una corriente temblorosa que halaga y permanece bajo la osamenta.

Por lo demás, el sonido, muy bien; el decorado, regio; el maquillaje, perfecto; el vestuario, maravilloso. Pero faltó gracia.

No, no. Este no es Borcosque. Lo han cambiado en la aduana.

J.E.B.

Articulo publicado originalmente en
La Nación, 23 de febrero de 1945
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90 min.
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